La decadencia del discurso político
En el artículo de la semana pasada, de responsabilidad compartida con mi hermano Ramiro, desarrollamos críticas a eso que se ha dado en llamar “el discurso de la clase política criolla”. Estas críticas se centraron en lo subliminal del discurso político, resaltando la inobjetividad, transitando éste por la mediocridad y superficialidad, la falta de transparencia, etc.
También resaltamos el irrespeto que se hace a la inteligencia de nuestro pueblo cuando, al ser pronunciados tales discursos, se advierte la falta de métodos y de metas. Agradecemos a los muchos de nuestros lectores las felicitaciones enviadas a nuestro correo electrónico y dejamos claro que no escribimos para agradar o desagradar, alegrar o entristecer; dejamos bien claro que nuestro pensamiento no está alienado o subordinado a ningún otro interés que no sea el de despertar la conciencia de nuestros conciudadanos. Despertar que traduce el desarrollo de las formas o maneras de pensar de nuestros hombres y mujeres, lo cual, al final de cuentas, significa la superación del ser un homo sapiens (hombre que sabe) para pasar a un nivel superior -homo fabere, es decir, hombre que además de ser consciente que “sabe”, también construye. Se trata de la comprensión humana destinada a la funcionabilidad del saber, esto es, poner el conocimiento al servicio de alguien o de algo y en plena adecuación a los fines primarios y también supremos del hombre: vida, paz, seguridad, sosiego doméstico, justicia, bienestar común, dignidad humana, desarrollo y progreso individual y social, libertad, etc..
Esto lo decimos, a propósito, de que uno de nuestros lectores, al parecer seguidor de la corriente filosófica conocida como el estructuralismo o, tal vez, de los lingüísticos ingleses, es del concepto que nuestro ensayo “Fábula Milesia” deviene en una preclara defensa de lo que se conoce como el argumento ad hominem; que “el contenido del mensaje no se estabiliza ni desestabiliza en función del sujeto que lo expone o profiere” y, finalmente, que “hemos ocultado el ser defensores de alguna especie de autoritarismo”. Lo único que lamentamos es que nuestro crítico no nos haya revelado su identidad como sí lo han hecho quienes tuvieron a bien darnos algunas palmadas de felicitaciones. Sin embargo, y en respuesta al “crítico”, precisa señalar que tanto los estructuralistas como los analíticos del lenguaje incurren en el grave desacierto de encausar toda su elaboración teorética al amparo y abrigo de una lógica eminentemente formal. Hemos dicho, casi hasta la saciedad, que este tipo de lógica causa mucho daño al conocimiento real y verdadero, pues se satisface o complace quedándose sólo en las formas, en el fenómeno, y no desentraña el noúmeno, esto es, la esencia o sustancia de una idea o concepto.
La lógica dialéctica o material, como también se la conoce, no se deja guiar por la apariencia de las cosas, sino que persigue, insistente y permanentemente, determinar o desentrañar la esencia. Esto es lo que en filosofía se denomina lo “eidético”.
En lo referente a que hemos hecho mención al argumento ad hominem, es importante advertir, junto a Chain Perelman, que “Las posibilidades de argumentación dependen de lo que cada uno está dispuesto a conceder, de los valores que reconoce, de los hechos sobre los que señala su conformidad; por consiguiente, toda argumentación es una argumentación ad hominem o ex concessis. En cambio, si a la argumentación ad hominem, se le opone con frecuencia la argumentación ad rem - la primera relativa a la opinión y la segunda referente a la verdad o a la cosa misma -, obedece a que se olvida que se debe admitir la verdad en cuestión. En términos de nuestra teoría -sigue diciendo Perelman - la argumentación ad rem corresponde a una argumentación supuestamente válida para toda la humanidad razonable, es decir, ad humanitatem. Esta sería un caso particular, pero eminente, de la argumentación ad hominem”. (Perelman, Chain. Tratado de la Argumentación - La Nueva Retórica, Edit. Gredos, Madrid, España, 1989, p. 184).
En otras palabras, los argumentos ad hominem siempre son tildados de pseudoargumentos, dado que persuaden manifiestamente a ciertas personas; no obstante, quienes tratan con tal desprecio a este tipo de argumento son quienes creen, precisamente que, la única argumentación verdadera es la que se dirige al auditorio universal y quien defiende tal tipo de argumento -el universal- cree estar llamado a ser el representante auténtico y exclusivo de ese auditorio. He allí el error en el que incurre nuestro crítico. Pues es de lugar advertir que aún cuando Schopenhauer calificara el argumento ad hominem de artificio, lo cierto es que con mucha frecuencia se confunde este tipo de argumento con el argumento ad personam, es decir, con un ataque contra la persona del adversario. Este es el segundo error de nuestro crítico, confundir argumento ad hominem con argumento ad personam.
Aterrizando: nosotros no hacemos otra cosa que atacar la falacia del discurso político criollo, que en su forma y contenido es común en Latinoamérica y otras latitudes. No permitimos el discurso demagógico, el cual es una degradación perversa de la democracia. No atacamos al hombre político en su comprensión ontológica, sino al “politiquero”, a la mediocridad que arrastra y que de modo vilipendioso utiliza, con dolo y fraude, para persuadir a cientos de miles de mentes ingenuas en nuestra Patria. No cabe duda alguna que sì es importante el argumento ad hominem, pues no puede abandonarse la mínima, poca, mucha o extrema importancia que se le dé al gestor o interlocutor político cuando se trata de analizar el discurso polìtico.
La relación sujeto y objeto determina el conocimiento. Si no somos capaces de interpretar a los interlocutores del discurso político en nuestro medio, permaneceremos postrados, rindiendo culto y adoración a la improvisación, la mediocridad, a la total ausencia de sinceridad; pero sobre todo, a la mentira que se pasea a lo largo y ancho de nuestro territorio, pretendiendo cautivar a hombres y mujeres buenos de esta Patria.
También resaltamos el irrespeto que se hace a la inteligencia de nuestro pueblo cuando, al ser pronunciados tales discursos, se advierte la falta de métodos y de metas. Agradecemos a los muchos de nuestros lectores las felicitaciones enviadas a nuestro correo electrónico y dejamos claro que no escribimos para agradar o desagradar, alegrar o entristecer; dejamos bien claro que nuestro pensamiento no está alienado o subordinado a ningún otro interés que no sea el de despertar la conciencia de nuestros conciudadanos. Despertar que traduce el desarrollo de las formas o maneras de pensar de nuestros hombres y mujeres, lo cual, al final de cuentas, significa la superación del ser un homo sapiens (hombre que sabe) para pasar a un nivel superior -homo fabere, es decir, hombre que además de ser consciente que “sabe”, también construye. Se trata de la comprensión humana destinada a la funcionabilidad del saber, esto es, poner el conocimiento al servicio de alguien o de algo y en plena adecuación a los fines primarios y también supremos del hombre: vida, paz, seguridad, sosiego doméstico, justicia, bienestar común, dignidad humana, desarrollo y progreso individual y social, libertad, etc..
Esto lo decimos, a propósito, de que uno de nuestros lectores, al parecer seguidor de la corriente filosófica conocida como el estructuralismo o, tal vez, de los lingüísticos ingleses, es del concepto que nuestro ensayo “Fábula Milesia” deviene en una preclara defensa de lo que se conoce como el argumento ad hominem; que “el contenido del mensaje no se estabiliza ni desestabiliza en función del sujeto que lo expone o profiere” y, finalmente, que “hemos ocultado el ser defensores de alguna especie de autoritarismo”. Lo único que lamentamos es que nuestro crítico no nos haya revelado su identidad como sí lo han hecho quienes tuvieron a bien darnos algunas palmadas de felicitaciones. Sin embargo, y en respuesta al “crítico”, precisa señalar que tanto los estructuralistas como los analíticos del lenguaje incurren en el grave desacierto de encausar toda su elaboración teorética al amparo y abrigo de una lógica eminentemente formal. Hemos dicho, casi hasta la saciedad, que este tipo de lógica causa mucho daño al conocimiento real y verdadero, pues se satisface o complace quedándose sólo en las formas, en el fenómeno, y no desentraña el noúmeno, esto es, la esencia o sustancia de una idea o concepto.
La lógica dialéctica o material, como también se la conoce, no se deja guiar por la apariencia de las cosas, sino que persigue, insistente y permanentemente, determinar o desentrañar la esencia. Esto es lo que en filosofía se denomina lo “eidético”.
En lo referente a que hemos hecho mención al argumento ad hominem, es importante advertir, junto a Chain Perelman, que “Las posibilidades de argumentación dependen de lo que cada uno está dispuesto a conceder, de los valores que reconoce, de los hechos sobre los que señala su conformidad; por consiguiente, toda argumentación es una argumentación ad hominem o ex concessis. En cambio, si a la argumentación ad hominem, se le opone con frecuencia la argumentación ad rem - la primera relativa a la opinión y la segunda referente a la verdad o a la cosa misma -, obedece a que se olvida que se debe admitir la verdad en cuestión. En términos de nuestra teoría -sigue diciendo Perelman - la argumentación ad rem corresponde a una argumentación supuestamente válida para toda la humanidad razonable, es decir, ad humanitatem. Esta sería un caso particular, pero eminente, de la argumentación ad hominem”. (Perelman, Chain. Tratado de la Argumentación - La Nueva Retórica, Edit. Gredos, Madrid, España, 1989, p. 184).
En otras palabras, los argumentos ad hominem siempre son tildados de pseudoargumentos, dado que persuaden manifiestamente a ciertas personas; no obstante, quienes tratan con tal desprecio a este tipo de argumento son quienes creen, precisamente que, la única argumentación verdadera es la que se dirige al auditorio universal y quien defiende tal tipo de argumento -el universal- cree estar llamado a ser el representante auténtico y exclusivo de ese auditorio. He allí el error en el que incurre nuestro crítico. Pues es de lugar advertir que aún cuando Schopenhauer calificara el argumento ad hominem de artificio, lo cierto es que con mucha frecuencia se confunde este tipo de argumento con el argumento ad personam, es decir, con un ataque contra la persona del adversario. Este es el segundo error de nuestro crítico, confundir argumento ad hominem con argumento ad personam.
Aterrizando: nosotros no hacemos otra cosa que atacar la falacia del discurso político criollo, que en su forma y contenido es común en Latinoamérica y otras latitudes. No permitimos el discurso demagógico, el cual es una degradación perversa de la democracia. No atacamos al hombre político en su comprensión ontológica, sino al “politiquero”, a la mediocridad que arrastra y que de modo vilipendioso utiliza, con dolo y fraude, para persuadir a cientos de miles de mentes ingenuas en nuestra Patria. No cabe duda alguna que sì es importante el argumento ad hominem, pues no puede abandonarse la mínima, poca, mucha o extrema importancia que se le dé al gestor o interlocutor político cuando se trata de analizar el discurso polìtico.
La relación sujeto y objeto determina el conocimiento. Si no somos capaces de interpretar a los interlocutores del discurso político en nuestro medio, permaneceremos postrados, rindiendo culto y adoración a la improvisación, la mediocridad, a la total ausencia de sinceridad; pero sobre todo, a la mentira que se pasea a lo largo y ancho de nuestro territorio, pretendiendo cautivar a hombres y mujeres buenos de esta Patria.