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La democracia de los clanes


El título no tiene nada que ver con el libro del maestro Dr. Humberto Ricord, “Los clanes de la oligarquía”, obra esta que además de diagnosticar exhaustivamente las primeras seis décadas de historia político electoral, constituye una crítica científica de cómo los grupos económicos-oligarcas condujeron al país y al Estado, al caos, corrupción y a la antidemocracia. La Nación y el Estado están sacudidos por una serie de fenómenos, entre ellos, la corrupción, la maleantería de cuello blanco, la corrupción y la impunidad que amenazan la poca y relativa democracia. En vez de consolidarla, la retrotraen a aquellos tiempos que brillantemente nos describe el jurista Ricord.
Han ocurrido algunos hechos que el país y la clase gobernante, salvo pocas excepciones, no le dan la importancia necesaria. A guisa de ejemplo, la posición de un Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, de admitir un Recurso de Hecho, a contrapelo de la Constitución y que deja muy mal a la máxima rectora de la cuestión electoral; le exonera a una empresa de su obligación de pagar 22 millones al Estado, a todas luces ilegal y el caso Cemis-Asamblea Legislativa, virtualmente paralizado, pendiente en la Corte Suprema de Justicia. En nuestro país, la justicia constitucional, camina a paso de tortuga. No quisiéramos pensar, que el caso Afú en la Corte, se congelará, hasta que pasen las elecciones para escoger el nuevo Presidente de la Asamblea. El Estado moderno surgió muy a pesar de su correspondencia con el régimen de la propiedad privada, como un intérprete y representante formal de toda la sociedad. No se trata de una apariencia de representación, sino de algo real, y ello lo distingue de formaciones económicas anteriores, donde el Estado aparecía íntima y directamente vinculado a grupos estamentarios. En consecuencia, el Estado moderno apareció como uno, donde la molecularización pasó a ser cachivache histórico. El concepto económico de nación se institucionaliza.
Hoy, el Estado ha sufrido un retroceso histórico. La globalización y, en particular, su orientación neoliberal, lo ha llevado a desarraigarse de la nación. A lo interno de nuestros países latinoamericanos esta realidad ha dado forma a un tipo de Estado bastardo, cuya expresión concreta, da cuenta de gobiernos que no se sustentan en grupos o sectores sociales-económicos (con proyectos coherentes y estratégicos) sino en diversos clanes, donde se prioriza no el país, la patria, sino los intereses particulares y egoístas, que difieren de la concepción del Estado moderno descrito. Resulta entendible entonces, el porqué están abiertas amplias avenidas para la corrupción y la impunidad. No hay proyectos nacionales, ni democráticos. Rige el antivalor del poco me importa. Urge como tarea, recuperar un concepto real de Estado democrático, que comience a priorizar a la nación y sus gentes.
En fin, son muchos los aspectos, pero en esta entrega hemos mencionados algunos. Cuando se retome el tema, aportaremos algunos comentarios. Por ahora sólo espero y confío que las misma personas que nos dieron una ley enredada y burocrática, como lo es la Ley 56, no sean las mismas que la vuelvan a reformar, porque caeremos en lo actual y poco avanzaremos en este tema tan importante. La consulta debe ser a todos los sectores.
Así veo las cosas y así las cuento.
Y no es una exageración. El Panamá América penetró una de esas trochas, aunque no en su totalidad, ubicada cerca de la boca del río Punusa. Esta serpentea el río Tuira arriba, para llegar a Susugantí (en la cabecera del Tuira) aún en territorio darienita. Luego se llega al poblado de Agua Fría y de allí a los límites con Colombia, cordillera adentro. Desde ahí en adelante son sólo montañas y selva.
Al pasar Susugantí, se hacen 18 cruces del río del mismo nombre para llegar a Palo de la Letra, en plena cordillera. En esa área, cualquier grupo insurgente puede atacar.
Al principio del recorrido, aunque casi intransitable a pie, los árboles no eran tan grandes ni la vegetación tan espesa.
Pero a medida que se avanzaba, los árboles se hacían tan gigantescos que cerraban el paso a la luz del sol. Aunque era temprano en la mañana, parecía que se acercaba el ocaso.
Por esas trochas caminan familias enteras, con niños de meses en los brazos de los adultos. También son usadas por paramilitares, guerrilleros y aventureros suramericanos.
Cada cierto tiempo, hay que cruzar ríos sobre "puentes", que en realidad son troncos de árboles, que deben cruzarse manteniendo el equilibrio, para no caer al agua.
Según narraron los guías que condujeron al equipo por esos "caminos", ningún desplazado pernocta en el estrecho sendero, que generalmente ha sido abierto a punta de machete. Todos lo hacen introduciéndose en la selva, tratando de no dejar huellas ni ramas partidas, a fin de que los guerrilleros y paramilitares no encuentren su rastro, lo que podría significar una muerte segura y de la manera más horrenda.
En ocasiones, los guerrilleros encuentran a familias enteras en plena selva. Estas llevan algunos enseres para sobrevivir en ella. Entonces, los insurgentes les advierten que les dan media hora para que "desaparezcan" del lugar, o de lo contrario, los matan.
A los desplazados no les queda otra que dejar comida, zapatos, ropa o cualquier utensilio que llevaban, para salir en estampida por las trochas.
Muchos se arriesgan a tratar de llegar a su destino por el río, en balsas construidas con troncos de "balso", muy rudimentarias y mal amarradas.
¿Resultado? La destrucción de las precarias embarcaciones en los rápidos (chorros) de los ríos y, muchas veces, una muerte segura, de acuerdo con los guías.
Por esta trocha, en particular, un caminante adiestrado puede durar tres días en llegar a Colombia, especialmente ahora que la trocha se ha hecho más ancha, conforme pasan desplazados, guerrilleros y paramilitares.
Sin embargo, una familia con niños y mujeres demora entre ocho y 15 días para atravesarla.
"Los hombres lloran por el dolor de dejar sus tierras, los niños porque se pullan los pies con las espinas, y las mujeres por ver el sufrimiento de su familia", aseguró un guía. "Yo lo he visto", resaltó.
De esa manera han llegado decenas de colombianos que prefieren morir por la mordedura de una serpiente, de hambre o de sed en la selva, antes que ser masacrados por grupos irregulares de su país, que se enfrentan en una guerra que ha dejado de buscar ideales para saciar el hambre de violencia y genocidio que parece no satisfacerse nunca.
Muchos han llegado con Leshmaniasis, deshidratados, con parasitosis y otras enfermedades tropicales, incluso la malaria. Esos han tenido suerte, porque otros han quedado enterrados en la selva, sin una lápida que indique que allí está su cuerpo, ni un familiar que visite su tumba.

101 años de Panamá América

 
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