La democracia y la mayoría silenciosa
En el mundo occidental apreciamos la Democracia Liberal como la forma más evolucionada de la organización humana. Sus variantes norteamericana y europea sirvieron de modelo a las nacientes repúblicas de la América hispana. Lamentablemente, en la mayoría de nuestros países lo que salió fue una mala caricatura. En los períodos en donde no hemos estado gobernados por tiranos, hemos visto las formas democráticas sin la sustancia de sus instituciones vitales. Es lógico, pues, que cada tanto tiempo nuestras democracias colapsen cargadas de corrupción, ineficiencia y caos. Esto es lo que se ha llamado Democracias Iliberales, en donde existe el proceso de votaciones y consultas populares, y hasta el abuso de éstas, pero no las demás instituciones liberales que le dan sostenibilidad.
Bolivia es un caso patético de disolución institucional en donde el caos se ha apoderado del país y se vislumbra una guerra civil acompañada de una terrible hambruna. Los reportes que hemos recibido de extranjeros que aún están en Bolivia, informan de barricadas en todos los accesos a las ciudades y de bandolerismo, lo anterior produce por consiguiente escasez de alimentos, agua y, aunque parezca paradójico, gas para cocinar; además de terror y destrucción de los procesos productivos que permiten la subsistencia de los bolivianos. Muchos de ellos no están de acuerdo con lo que hacen las turbas, pero tienen temor de expresarlo.
Afortunadamente en Panamá las aguas están regresando a su cauce. Ya se ha entablado un diálogo y se espera que tarde o temprano se llegue a un acuerdo para terminar con el conflicto. Las partes parecen reconocer que ninguna de las dos posiciones extremas es sostenible. Los obreros deben comprender que no es realista esperar que se derogue la Ley 17. El Gobierno debe comprender también que la Ley no puede quedar tal y como está. Ambas partes deben estar conscientes, a su vez, que no representan a esa mayoría silenciosa que no está satisfecha con la ley, pero que, al mismo tiempo, no desea debilitar el orden democrático. Ha sido un tránsito muy duro y accidentado; esperemos que haya valido la pena.
Bolivia es un caso patético de disolución institucional en donde el caos se ha apoderado del país y se vislumbra una guerra civil acompañada de una terrible hambruna. Los reportes que hemos recibido de extranjeros que aún están en Bolivia, informan de barricadas en todos los accesos a las ciudades y de bandolerismo, lo anterior produce por consiguiente escasez de alimentos, agua y, aunque parezca paradójico, gas para cocinar; además de terror y destrucción de los procesos productivos que permiten la subsistencia de los bolivianos. Muchos de ellos no están de acuerdo con lo que hacen las turbas, pero tienen temor de expresarlo.
Afortunadamente en Panamá las aguas están regresando a su cauce. Ya se ha entablado un diálogo y se espera que tarde o temprano se llegue a un acuerdo para terminar con el conflicto. Las partes parecen reconocer que ninguna de las dos posiciones extremas es sostenible. Los obreros deben comprender que no es realista esperar que se derogue la Ley 17. El Gobierno debe comprender también que la Ley no puede quedar tal y como está. Ambas partes deben estar conscientes, a su vez, que no representan a esa mayoría silenciosa que no está satisfecha con la ley, pero que, al mismo tiempo, no desea debilitar el orden democrático. Ha sido un tránsito muy duro y accidentado; esperemos que haya valido la pena.