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La dignidad humana


La dignidad humana es comúnmente aceptada como el fundamento de los derechos humanos. Sin embargo, definir en qué consiste es un problema de difícil solución. Resulta curioso que algo de lo cual no tenemos una definición clara y precisa sea la base de los derechos humanos. Para la perspectiva religiosa occidental -la tradición judeo-cristiana-islámica-, la dignidad humana radica en su creación “a imagen y semejanza de Dios”. De acuerdo a esta visión, la dignidad humana consiste en su naturaleza metafísico-teológica. El hombre y la mujer tienen dignidad porque son criaturas divinas; ellas reflejan, en alguna manera, el bien y la belleza de la Deidad.
Una perspectiva filosófica de la dignidad humana, que ha devenido clásica y que subyace en la doctrina de los derechos humanos, fue la ofrecida por el filósofo alemán I. Kant. De acuerdo a Kant, la dignidad humana radica en su razón y voluntad. El ser humano es digno porque tiene autonomía racional y moral. Sin embargo, la idea kantiana del ser humano importa un problema. El ser humano kantiano niega los sentimientos y las emociones como elementos esenciales a su dignidad. No obstante, la dignidad humana es inconcebible sin apelar a los sentimientos o las emociones humanas.
Un interesante y sencillo experimento mental nos hace comprender mejor esto. Este lo ofrece el téorico político Robert Mcshea, citado en la reciente obra de Francis Fukuyama, El Fin del Hombre. “Supongamos que conocemos a dos criaturas en una isla desierta, ambas dotadas de la capacidad racional de un ser humano y, por lo tanto, capaces de mantener una conversación. Una posee la forma física de un león y las emociones de un ser humano, mientras que otra tiene la forma física de un ser humano y las características emocionales de un león. ¿Con cuál de las dos criaturas nos sentiríamos más cómodos? ¿Con cuál tendríamos más posibilidades de entablar una amistad o una relación moral? La respuesta, como indican los incontables libros infantiles con afables fábulas de leones parlantes, es con el león, porque las emociones típicas de la especie son más esenciales para nuestro sentido de la propia humanidad que la razón o el aspecto físico”.
A pesar de lo anterior, los sentimientos o emociones humanas no son tampoco suficientes para ofrecernos dignidad. Nuestros afectos o sentires pueden ser corruptos. Tal es el caso de los asesinos en serie o los violadores de niños - por indicar dos casos extremos de corrupción moral. Ellos no sólo actúan por voluntad propia y según cálculos racionales, sino por deseos perversos. Así, pues, ni la razón, la voluntad o los sentimientos -juntos o separados- bastan para otorgarnos dignidad. Perfectamente podemos ser “diablos libres y racionales”, esto es, actuar voluntaria y racionalmente según malos sentimientos.
Así, pues, según todo lo expuesto, no podemos afirmar consistentemente que la dignidad humana radique sólo en la posesión de las facultades de razón, voluntad, o sentimientos. Parece ser que se requiere algo más. ¿Qué puede ser entonces ese algo que le concede dignidad al ser humano, ya que la mera posesión de voluntad, razón o sentimientos -separadamente o en conjunto - no pueden conferirnos suficiente dignidad.
Es mi parecer que la noción de dignidad humana no puede comprenderse adecuadamente si no analizamos antes el concepto de “dignidad”, separando -al menos temporalmente- su característica “humana”.
El uso del término “dignidad” indica una valoración que hacemos acerca de algo. Cuando decimos que algo es “digno”, estamos realizando una valoración, aprecio, o estimación. Y todo valorar, estimar, o apreciar es fundamentalmente sentir algo como bueno. Toda valoración auténtica radica en sentir algo como bueno. Comprendido esto, al afirmar que el ser humano es digno o que tiene dignidad no nos referimos a un atributo o propiedad misteriosa e intangible, de la cual sólo puedan dar fe las religiones. La dignidad humana denota algo muy concreto y real. Se refiere al bien que sentimos con relación a nosotros mismos. Así, pues, la dignidad humana indicaría aquel bien o bienes que son característicos a la especie humana, en distinción a otras especies y seres.
Ahora bien, si podemos hablar de una “dignidad humana”, que radica esencialmente en un bien o bondad que sentimos en ella, ¿no podemos hablar igualmente de una “indignidad humana”, es decir, del mal o maldad que los seres humanos son también capaces de manifestar? Efectivamente, la dignidad humana está siempre acechada por la indignidad que encuentra su origen o fuente en lo malo que puede expresar nuestra especie. En este sentido afirmamos que la dignidad humana no es algo dado de una vez y para siempre. Ni que siempre permanezca igual o que no se pierda. Podemos hacernos dignos o indignos en la medida que expresamos el bien o el mal que somos capaces de hacer.
La dignidad humana es así también una aspiración, un ideal, al cual podemos tender o renunciar. De acuerdo a lo anterior, afirmar la dignidad humana como el fundamento de los derechos humanos es proponer una aspiración o ideal moral universal de lo que los seres humanos quieren para sí mismos.

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