La dignidad política
EL DICCIONARIO DE la Real Academia Española de la Lengua describe la "dignidad" así: "Decoro de las personas en la manera de comportarse".
La falta de "dignidad" aunada a la corrupción imperante, desafortunadamente, bastante generalizada, es lo que ha llevado a la clase política panameña al desprestigio en el que hoy está sumida.
Los políticos, con excepciones por supuesto, han ido perdiendo credibilidad y no han tomando en cuenta que la dignidad, además del carisma, forma parte de las cualidades que tienen los líderes. Su integridad es lo que los hace grandes. Es penoso el contemplar cómo algunos, en su mediocridad, dicen hoy una cosa y mañana otra sin el menor sonrojo. Quieren justificar con sus acciones contradictorias que el fin justifica los medios. Cuán equivocados están esos personajes de nuestra "fauna política". Van, por fortuna, despareciendo con gran rapidez. La historia está repleta de ellos, son de cortísima trayectoria en la vida política del país. Así como emergieron, por accidente o por una situación coyuntural, desaparecen de la escena nacional sin dejar huellas ni recuerdos que perduren. En la decadencia moral en que poco a poco hemos ido cayendo los principios han estado dando paso a la conveniencia, aunque ella sea muy efímera. Vemos a muchos "líderes" darse abrazos a las pocas horas de haberse atacado. Esto ya es algo muy común en nuestro medio.
Si bien hay que tener flexibilidad y no estar atado al pasado, se tienen que mantener la dignidad por encima de todo. La falta de ella y la inmunidad que lleva a la corrupción han sido las mayores causas de la carencia de credibilidad que tiene la clase política.
Panamá ha tenido pocos caudillos. Porras, Chiari, Torrijos, entre otros. Uno de ellos fue, sin duda, el Dr. Arnulfo Arias. No voy a ser un panegírico de sus virtudes, ni un señalador implacable de sus defectos. Para uno y para otro sobran admiradores y adversarios. Me voy a referir sólo a una de sus cualidades: la "dignidad". Arnulfo Arias, aparte de sus equivocaciones, mantuvo su dignidad permanente. No transó ni se sometió, por beneficios o ventajas temporales, a situaciones que había adversado. En una ocasión, en medio de una de sus últimas campañas política se recuerda la expresión de un distinguido político, que anteriormente lo había adversado, cuando contestándole a un nuevo copartidario del líder panameñista que le preguntó: "¿No le parece que el Dr. Arias está muy cambiado?". El, con respuesta cortante, le manifestó: "No, los cambiados somos nosotros".
Es necesario que los políticos entiendan que sólo ellos, con sus acciones, pueden restablecer la credibilidad que han ido perdiendo, entre otras cosas, por la falta de dignidad, de honradez, de principios y de la corrupción que, por su participación o por complacencia, se han hecho cómplices.
Los políticos pasan y los estadistas perduran, al igual que sus doctrinas y enseñanzas. Se es lo uno o lo otro. La dignidad, como la honradez, se tiene o no se tiene. Se nace con ellas.
La falta de "dignidad" aunada a la corrupción imperante, desafortunadamente, bastante generalizada, es lo que ha llevado a la clase política panameña al desprestigio en el que hoy está sumida.
Los políticos, con excepciones por supuesto, han ido perdiendo credibilidad y no han tomando en cuenta que la dignidad, además del carisma, forma parte de las cualidades que tienen los líderes. Su integridad es lo que los hace grandes. Es penoso el contemplar cómo algunos, en su mediocridad, dicen hoy una cosa y mañana otra sin el menor sonrojo. Quieren justificar con sus acciones contradictorias que el fin justifica los medios. Cuán equivocados están esos personajes de nuestra "fauna política". Van, por fortuna, despareciendo con gran rapidez. La historia está repleta de ellos, son de cortísima trayectoria en la vida política del país. Así como emergieron, por accidente o por una situación coyuntural, desaparecen de la escena nacional sin dejar huellas ni recuerdos que perduren. En la decadencia moral en que poco a poco hemos ido cayendo los principios han estado dando paso a la conveniencia, aunque ella sea muy efímera. Vemos a muchos "líderes" darse abrazos a las pocas horas de haberse atacado. Esto ya es algo muy común en nuestro medio.
Si bien hay que tener flexibilidad y no estar atado al pasado, se tienen que mantener la dignidad por encima de todo. La falta de ella y la inmunidad que lleva a la corrupción han sido las mayores causas de la carencia de credibilidad que tiene la clase política.
Panamá ha tenido pocos caudillos. Porras, Chiari, Torrijos, entre otros. Uno de ellos fue, sin duda, el Dr. Arnulfo Arias. No voy a ser un panegírico de sus virtudes, ni un señalador implacable de sus defectos. Para uno y para otro sobran admiradores y adversarios. Me voy a referir sólo a una de sus cualidades: la "dignidad". Arnulfo Arias, aparte de sus equivocaciones, mantuvo su dignidad permanente. No transó ni se sometió, por beneficios o ventajas temporales, a situaciones que había adversado. En una ocasión, en medio de una de sus últimas campañas política se recuerda la expresión de un distinguido político, que anteriormente lo había adversado, cuando contestándole a un nuevo copartidario del líder panameñista que le preguntó: "¿No le parece que el Dr. Arias está muy cambiado?". El, con respuesta cortante, le manifestó: "No, los cambiados somos nosotros".
Es necesario que los políticos entiendan que sólo ellos, con sus acciones, pueden restablecer la credibilidad que han ido perdiendo, entre otras cosas, por la falta de dignidad, de honradez, de principios y de la corrupción que, por su participación o por complacencia, se han hecho cómplices.
Los políticos pasan y los estadistas perduran, al igual que sus doctrinas y enseñanzas. Se es lo uno o lo otro. La dignidad, como la honradez, se tiene o no se tiene. Se nace con ellas.