La distribución de la riqueza
Una de las peores sandeces que se repite como dogma indiscutible, alimentado por la CEPAL y alguna que otra agencia de las Naciones Unidas, multiplicado un millón de veces por algunas ONGs, donde enquistan algunos exiliados del sueño marxista, es el de la distribución de la riqueza.
Por algún artilugio que sólo ellos entienden, si es que entender es inventar o sacar del aire, suelen decir que hoy la distribución de la riqueza es peor que antes, porque el mayor rico tiene varias veces más que el mayor pobre y porque el número de los últimos aumenta mientras que el de los primeros disminuye.
Aunque nunca se han tomado la molestia de explicar con mediano rigor matemático de dónde sacan las cifras, se las arreglan para incluirlas en cuanto informe de organismos internacionales tengan oportunidad de acceder.
Aquello no tiene base científica. Nunca la tuvo. Lo importante para ellos es sembrar el “slogan”, esto es el veneno del concepto “distribución de la riqueza”. Para empezar, en nuestro sistema no existe aquello de distribución de nada. Es un mito. El mundo entero, salvo Cuba y Korea del Norte, vive bajo reglas por las cuales cada quien es dueño de lo suyo. Lo que es ajeno no es de los demás y punto.
¿Egoísta? Puede ser, pero es el único sistema que permite crear riqueza, empleos, oportunidades y progreso. Todavía no se ha inventado otro mejor, lo que nos permite recordar a Mario Vargas Llosa y a su “Manual del Perfecto Idiota latinoamericano”. Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y él, hacen polvo el embuste.
Ellos explican que nuestros males no se originan en la “distribución de la riqueza”, sino en trunque de oportunidades que para los que menos tiene el hecho de que una casta de políticos corruptos tome los poderes públicos para robar, llenarse de privilegios y esquilmar a los contribuyentes y demás ciudadanos, desalentando las inversiones.
Si la frondosa burocracia no abusara de los papeleos, las multas y los impuestos, la gente podría crear más empresas, acceder a la banca, ser pequeña propietaria, contratar empleados y crecer. Como dice Vargas Llosa y los suyos, “Ninguna tara genética impide que nuestros pobres dejen de serlo” y pone como ejemplo, a los exiliados de Miami, que llegando a un lugar de manglares y caimanes, “con una mano adelante y otra atrás” construyeron un emporio. ¿Cuál es la diferencia? Que aquél es un país de instituciones sólidas y oportunidades, de reglas claras y sin privilegios, en el que todo aquel que se esfuerza para tener “lo suyo”, cumpliendo la ley, lo obtiene, mientras crea riqueza y abre espacio a otros, al amparo de autoridades y leyes serias.
Por algún artilugio que sólo ellos entienden, si es que entender es inventar o sacar del aire, suelen decir que hoy la distribución de la riqueza es peor que antes, porque el mayor rico tiene varias veces más que el mayor pobre y porque el número de los últimos aumenta mientras que el de los primeros disminuye.
Aunque nunca se han tomado la molestia de explicar con mediano rigor matemático de dónde sacan las cifras, se las arreglan para incluirlas en cuanto informe de organismos internacionales tengan oportunidad de acceder.
Aquello no tiene base científica. Nunca la tuvo. Lo importante para ellos es sembrar el “slogan”, esto es el veneno del concepto “distribución de la riqueza”. Para empezar, en nuestro sistema no existe aquello de distribución de nada. Es un mito. El mundo entero, salvo Cuba y Korea del Norte, vive bajo reglas por las cuales cada quien es dueño de lo suyo. Lo que es ajeno no es de los demás y punto.
¿Egoísta? Puede ser, pero es el único sistema que permite crear riqueza, empleos, oportunidades y progreso. Todavía no se ha inventado otro mejor, lo que nos permite recordar a Mario Vargas Llosa y a su “Manual del Perfecto Idiota latinoamericano”. Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y él, hacen polvo el embuste.
Ellos explican que nuestros males no se originan en la “distribución de la riqueza”, sino en trunque de oportunidades que para los que menos tiene el hecho de que una casta de políticos corruptos tome los poderes públicos para robar, llenarse de privilegios y esquilmar a los contribuyentes y demás ciudadanos, desalentando las inversiones.
Si la frondosa burocracia no abusara de los papeleos, las multas y los impuestos, la gente podría crear más empresas, acceder a la banca, ser pequeña propietaria, contratar empleados y crecer. Como dice Vargas Llosa y los suyos, “Ninguna tara genética impide que nuestros pobres dejen de serlo” y pone como ejemplo, a los exiliados de Miami, que llegando a un lugar de manglares y caimanes, “con una mano adelante y otra atrás” construyeron un emporio. ¿Cuál es la diferencia? Que aquél es un país de instituciones sólidas y oportunidades, de reglas claras y sin privilegios, en el que todo aquel que se esfuerza para tener “lo suyo”, cumpliendo la ley, lo obtiene, mientras crea riqueza y abre espacio a otros, al amparo de autoridades y leyes serias.