La dolarización de América Latina
Las reverberaciones de la preocupante crisis monetaria que azota Brasil, ha dado pie a quienes proponen muy a la ligera el desmantelamiento de los sistemas monetarios de las economías latinoamericanas, cual si fuera la panacea instantánea para conjurar devaluaciones crónicas y otros males hemisféricos.
En verdad, en América Latina y en el mundo entero existe en cierto sentido, una dolarización de hecho. El dólar es el parámetro de la referencia internacional, ya para evaluar las fortalezas y debilidades monetarias, ya para cuantificar la deuda externa, ya para sopesar la competitividad en el registro e intercambio de exportaciones e importaciones. Pero desmantelar un sistema propio para adoptar uno ajeno, sin los necesarios ajustes previos, es buscar el remedio en el recipiente y no en el contenido.
América Latina es una región de corrientes políticas volubles. Entre la década de los 60 y 70 surgió la teoría de la independencia económica, impulsada por sobre todo politólogos brasileños, entre ellos el actual presidente Fernando Hernrique Cardoso, propugnando el nacionalismo monetario e industrial. Pero ahora, con precipitación se quiere pasar al otro extremo, el de la dolarización y dependencia, sin reflexionar serenamente sobre las consecuencias que acarrearía y los cambios que comportaría, peligros sobre los cuales acaba de advertir severamente el presidente de la Reserva Federal, Allan Greenspan.
Deslumbrados por el repunte de la recuperación norteamericana, no advertimos que la estabilidad de una moneda como el dólar es reflejo de políticas generales sostenidas fundamentalmente en el desarrollo productivo. Una moneda es fuerte porque una economía se asienta no en cimientos precarios como las inversiones de capitales golondrinos sino en bases de desarrollo sostenido. Una nación pequeña puede adoptar el dólar, como podría ser el caso de Honduras, pero ello no la haría más sólida económicamente hablando. La fijación de paridades monetarias al nivel del dólar ha estimulado espejismos nacionalistas y ha incubado frustraciones.
La adopción de una moneda común, como vemos en el caso del euro de la Unión Europea, plantea disciplina y exigencias colectivas severas a los países integrados comercialmente, tales como adecuados niveles de desarrollo, desempleo, tasa estables del PIB, etc.
Podemos pensar en una moneda común cuando estructuremos esquemas integracionistas viables y dinámicos, más funcionales que la comunidad andina de naciones y menos frágiles que el Mercosur, ahora suspendido en hilo de araña por el rebrote del proteccionismo en Brasil. En la antesala del tercer milenio, debemos abandonar las divagaciones utópicas y empezar a transitar por los caminos de la realidad y el esfuerzo mancomunado.
En verdad, en América Latina y en el mundo entero existe en cierto sentido, una dolarización de hecho. El dólar es el parámetro de la referencia internacional, ya para evaluar las fortalezas y debilidades monetarias, ya para cuantificar la deuda externa, ya para sopesar la competitividad en el registro e intercambio de exportaciones e importaciones. Pero desmantelar un sistema propio para adoptar uno ajeno, sin los necesarios ajustes previos, es buscar el remedio en el recipiente y no en el contenido.
América Latina es una región de corrientes políticas volubles. Entre la década de los 60 y 70 surgió la teoría de la independencia económica, impulsada por sobre todo politólogos brasileños, entre ellos el actual presidente Fernando Hernrique Cardoso, propugnando el nacionalismo monetario e industrial. Pero ahora, con precipitación se quiere pasar al otro extremo, el de la dolarización y dependencia, sin reflexionar serenamente sobre las consecuencias que acarrearía y los cambios que comportaría, peligros sobre los cuales acaba de advertir severamente el presidente de la Reserva Federal, Allan Greenspan.
Deslumbrados por el repunte de la recuperación norteamericana, no advertimos que la estabilidad de una moneda como el dólar es reflejo de políticas generales sostenidas fundamentalmente en el desarrollo productivo. Una moneda es fuerte porque una economía se asienta no en cimientos precarios como las inversiones de capitales golondrinos sino en bases de desarrollo sostenido. Una nación pequeña puede adoptar el dólar, como podría ser el caso de Honduras, pero ello no la haría más sólida económicamente hablando. La fijación de paridades monetarias al nivel del dólar ha estimulado espejismos nacionalistas y ha incubado frustraciones.
La adopción de una moneda común, como vemos en el caso del euro de la Unión Europea, plantea disciplina y exigencias colectivas severas a los países integrados comercialmente, tales como adecuados niveles de desarrollo, desempleo, tasa estables del PIB, etc.
Podemos pensar en una moneda común cuando estructuremos esquemas integracionistas viables y dinámicos, más funcionales que la comunidad andina de naciones y menos frágiles que el Mercosur, ahora suspendido en hilo de araña por el rebrote del proteccionismo en Brasil. En la antesala del tercer milenio, debemos abandonar las divagaciones utópicas y empezar a transitar por los caminos de la realidad y el esfuerzo mancomunado.