La educación como proyecto o propiedad
Feyerabend afirma que el pensamiento occidental se encuentra contaminado por el dualismo griego basado en la confrontación de los opuestos. Distinto al pensamiento oriental donde los contrarios son parte integral de un mismo todo. Así tenemos que para nosotros el mal se contrapone al bien, la razón excluye a la fe, el alma al cuerpo y lo público a lo privado.
Vale la pena reflexionar sobre el tema. Mi conclusión es que tal paradigma nos lleva a una guerra ideológica, donde por lo general la “victoria” de uno elimina los argumentos positivos del otro impidiendo la integración de las ideas que enaltecen la disputa, o mejor aún, que desechan lo inútil y erróneo de ambas.
La confrontación de los contrarios ha llegado al paroxismo actual de la mano del periodismo. En mi opinión la función del periodista, y la del historiador, no debe limitarse a confrontar y relatar los hechos objetivamente, como un simple fotógrafo de la realidad, sino a interpretarla y enriquecerla con una visión más profunda y amplia, de modo tal que esa realidad revele su lado oculto o desconocido. Aunque en este caso el filósofo vienés nos advierte: “Cambiar la realidad sin conocerla puede llevarnos a cometer el error de repetirla”. Es lo que sucede cuando se desconoce el problema de la educación o cuando ésta se encara bajo el perimido paradigma maniqueo y sin sentido de lo privado contra lo público.
Entiendo como educación pública la que dentro de un sistema democrático imparte el Estado, único responsable de la administración, coordinación y control de un proyecto educativo nacional -aceptado por la mayoría- que entre sus fines primordiales se oriente a la formación e integración del individuo en la sociedad. Educación privada es la que se imparte en centros -subvencionados o no por el Estado- cuyos propietarios persiguen otros fines particulares o sectoriales independientes o paralelos al proyecto nacional. Así sucede con las escuelas religiosas, las pertenecientes a comunidades culturales o las especializadas en las diferentes disciplinas técnicas o humanísticas o con las empresariales encargadas de capacitar y formar a sus empleados para satisfacer su propia demanda.
Confrontar cuál de los dos sistemas es superior no tiene sentido porque ninguno debiera excluir al otro. Es obvio que tendrá mejores posibilidades el que posea más y mejores recursos humanos, económicos y pedagógicos y cuyos educandos tengan un mejor nivel psicofísico y estén dedicados a estudiar a tiempo completo en un ambiente confortable y seguro.
Quienes hemos tenido el privilegio de formarnos en ambos sistemas y hemos pasado por todo el ciclo educativo hasta culminar con la docencia, sabemos muy bien lo imprescindible que es la integración coparticipativa en el desarrollo del individuo orientado hacia la sociedad donde ha de desempeñarse, aplicando en ella los programas básicos de información y los de formación humanística, profesional y técnica adquiridos. Una educación moderna debiera enfatizar especialmente, en la generación continua de la argamasa que contenga los principios históricos y culturales de la nación. Principios que fomenten la sociedad con la que se sueña, sin excluir o desmeritar a individuos y valores de otras culturas que la estimulen y enriquezcan.