La educación en Panamá
A la ministra Doris Rosas de Mata le sobran visión para comprender los problemas y voluntad política para solucionarlos. Lo que nos tememos es que no disponga de los medios legales y políticos adecuados. Lo primero, por las menguadas competencias de su Ministerio como consecuencia de la descentralización. Lo segundo, por la hegemonía de ciertos partidos que todavía se enseñorean en pretender usar la gestión gubernamental para sus propios beneficios. De momento, la ministra está decidida a sacar adelante el año escolar, con o sin recursos. Es una exigencia de su responsabilidad política y del cumplimiento de sus funciones. La reducción de las horas lectivas de idiomas y matemáticas ha sido disparatada. Sobre las ciencias se planean ciertas modificaciones pero es ineludible la incorporación de computadoras en el aula de clase. Y acerca de la cultura, es obvio la degradación que ha sufrido, por lo que merece ser abordado con el arma de la razón.
La reforma de la educación y la modernización de las aulas de clases son quizá los retos principales. De la decisión y capacidad del Ministerio depende bastante. Pero mucho más de la exigencia y del buen sentido de la sociedad. La escuela se nutre del ambiente social en el que vive. Recogemos los frutos podridos de viejas torpezas filosóficas y pedagógicas. Sin superar éstas, todo está perdido.
La educación es, como afirmó Harmodio Arias Madrid en un mensaje presidencial, la segunda necesidad del pueblo. La educación es la experiencia de la grandeza de una sociedad. Es una preparación para la vida, no un preámbulo del mercado laboral. La educación no se basa en el desarrollo de la espontaneidad instintiva del niño, sino que ha de forjar un ideal de hombre. Ni la escuela, ni el instituto, ni la universidad, pueden regirse por los criterios mercantiles de las empresas. Su modelo es Sócrates, no Ford.
El aprendizaje y la enseñanza no es un juego. Conviene desterrar del aula todo lo aburrido y odioso, más no el esfuerzo y el fomento de la excelencia. La universidad no es un centro de capacitación profesional sino una forma de vida, una comunidad de estudiantes y profesores para la búsqueda de la verdad y la experiencia de la cultura. La educación, forja del ideal humano y cimiento de la ciudadanía; es algo demasiado serio para dejarlo exclusivamente en manos de autoridades y políticos.
Lo malo es que muchos de los falsos conceptos sobre la educación están tan arraigados que, probablemente, ni la mayoría absoluta será suficiente para desarraigarlos. Pero, no es el momento para que la ministra se deje llevar por la pasión y pierda el norte. De momento, y en espera de tiempos mejores, el problema se reduce a alfabetizar Panamá, como paso esencial, antes de emprender tareas mayores.
La reforma de la educación y la modernización de las aulas de clases son quizá los retos principales. De la decisión y capacidad del Ministerio depende bastante. Pero mucho más de la exigencia y del buen sentido de la sociedad. La escuela se nutre del ambiente social en el que vive. Recogemos los frutos podridos de viejas torpezas filosóficas y pedagógicas. Sin superar éstas, todo está perdido.
La educación es, como afirmó Harmodio Arias Madrid en un mensaje presidencial, la segunda necesidad del pueblo. La educación es la experiencia de la grandeza de una sociedad. Es una preparación para la vida, no un preámbulo del mercado laboral. La educación no se basa en el desarrollo de la espontaneidad instintiva del niño, sino que ha de forjar un ideal de hombre. Ni la escuela, ni el instituto, ni la universidad, pueden regirse por los criterios mercantiles de las empresas. Su modelo es Sócrates, no Ford.
El aprendizaje y la enseñanza no es un juego. Conviene desterrar del aula todo lo aburrido y odioso, más no el esfuerzo y el fomento de la excelencia. La universidad no es un centro de capacitación profesional sino una forma de vida, una comunidad de estudiantes y profesores para la búsqueda de la verdad y la experiencia de la cultura. La educación, forja del ideal humano y cimiento de la ciudadanía; es algo demasiado serio para dejarlo exclusivamente en manos de autoridades y políticos.
Lo malo es que muchos de los falsos conceptos sobre la educación están tan arraigados que, probablemente, ni la mayoría absoluta será suficiente para desarraigarlos. Pero, no es el momento para que la ministra se deje llevar por la pasión y pierda el norte. De momento, y en espera de tiempos mejores, el problema se reduce a alfabetizar Panamá, como paso esencial, antes de emprender tareas mayores.