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La educación sexual


En un país con una de las más altas tasas de familias monoparentales, en donde en la mayoría de las que están encabezadas por ambos progenitores, los dos trabajan, y en que muchos padecen la tragedia de un transporte público que les roba un cuarto de su vida, rodando en autobuses desvencijados y descoordinados, la escuela ha pasado a complementar, cuando no a reemplazar, a la familia. Desde hace mucho tiempo, la educación escolar ha rebasado los aspectos académicos para pasar a la integralidad de una educación para la vida.
La educación sexual no es, pues, un elemento excéntrico de dicha educación, sino uno que está en el eje de la vida humana. Podemos debatir sobre contenidos y metodologías de la enseñanza sobre la sexualidad humana y la reproducción; pero pretender que no sea materia de la labor educativa es retrotraernos al oscurantismo.
El debate público y necesario sobre los contenidos y las metodologías debe ser, además, leal. Leal a la verdad y al objeto de la actividad docente, que es el educando. La extrapolación de los contenidos de la Guía del Educador como si estuvieran en los libros de texto de los estudiantes, es un ataque desleal y desinformador que quita autoridad moral a quienes la esgrimen como fundamento de su posición.
Es lógico que una Guía para el Educador contenga casos previsibles, aunque extraordinarios, con los que se pueda encontrar el docente y le sugiera cursos de acción para no agravar la perplejidad o confusión del estudiante. Es legítimo cuestionar la respuesta sugerida, pero plantear que ni siquiera debe presentar el caso hipotético es pretender tapar el sol con un dedo. El dedo acusador de los que atacan el programa, debe voltearse y cuestionar a sus poseedores. ¿Es que estas cosas no suceden en el Panamá de hoy? ¿Acaso no es mejor que el educando tenga una autoridad formativa a quien recurrir, que mantenerse en el abuso indebido o en la culpa inocente de la víctima que se cree responsable de su situación?
Este necesario debate debe enfocarse en el cómo, ya que el por qué es harto conocido. La familia panameña promedio es disfuncional e incompleta. La escuela oficial panameña es un retrato del anacronismo y de la mediocridad que encadena a nuestros hijos a la pobreza material, intelectual y espiritual. Mientras nos ponemos de acuerdo en cómo salvar a la familia y la educación nacional, nuestros hijos siguen teniendo instintos reproductivos y, sin referentes válidos, seguirán reproduciendo este modelo fracasado.

101 años de Panamá América

 
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