default

La educación y el discurso sobre la pobreza


De los tesoros mayores que tiene la sociedad panameña, la educación, pero soto todo, el sistema escolar, representa el más valioso. Este sistema que se ha vertebrado con el decurso histórico de la nación panameña, y que forma parte de la fisonomía cultural y política del país, con sus fortalezas y debilidades, es el baluarte en el que se pueden afincar las mayores oportunidades de bienestar personal y de progreso económico y social. Teniendo como eje central la formación integral de la persona y la capacidad que esta alcance para construir su proyecto personal de vida (o como diría Paulo Coelho, su leyenda personal), la educación es más que unos conocimientos y unos medios para transmitirlos y adquirirlos. Es igualmente, más que un espacio donde "guardar", "sentar" y "disciplinar" a los alumnos, mujeres y hombres de hoy y del mañana. Representa una definición del porvenir deseado y una voluntad de construir juntos, Estado y sociedad, este futuro.
El discurso actual parece haber perdido la dirección y el sentido de la educación y la trascendencia que esta tiene. Mientras que el debate (si es que existe) está centrado en cómo brindar servicios educativos y los recursos para hacerlo, la sociedad está demandando definiciones acerca de qué educación ofrecer, para qué ciudadanas y ciudadanos y qué tipo de sociedad. La educación del futuro no será necesariamente una reproducción ampliada del pasado istmeño, porque esto equivale a dar más de lo mismo, en un mundo y una sociedad, completamente distintos, en que todo cambia y los saberes se renuevan a una velocidad vertiginosa. Alguien dijo una vez, deme un molino de viento y le devolveré la Edad Media, a lo que otra persona razonó, entrégueme una máquina de vapor y le mostraré la era industrial. Los que piensan volver a los esquemas del pasado o estancar la educación en el presente, parecen desconocer que la misión de la educación es, ante todo, anunciar la alborada de una nueva época y ser parte sustantiva de su desenvolvimiento.
Un análisis de la ponencias, reflexiones y promesas del recién pasado CADE 2000, en favor de la lucha por la pobreza, muestra como uno de los pocos elementos reveladores de las posibilidades de éxito de esta cruzada, la conveniencia de dedicar inteligencia, recursos y voluntad política a la educación. Es cierto que la educación por sí misma no produce desarrollo, pero cualquier intento de reducir la miseria y hacer progresar el país al margen de la educación, está condenado al fracaso. Se pudo escuchar en ese foro, que la solución del problema de la pobreza no se encuentra sólo en aportar más financiamiento, sino en aprovechar apropiadamente los recursos que posee el país y, especialmente, reducir la pésima distribución del ingreso que existe en la sociedad. Significa contar con una visión de la educación que queremos y de adoptar una estrategia consistente y sostenible para lograrla. Debe interpretarse como poner la mayor atención y los mejores medios educativos en los sectores más pobres y en los grupos socialmente más vulnerables.
Esta visión requiere de políticas y estrategias educativas focalizadas, para compensar los desajustes socioculturales de estos grupos y reducir rápidamente la enorme brecha social que amenaza la democracia y la convivencia humana sin conflictos. Es preciso actuar con sentido interinstitucional, dejando las clásicas "capillas" personales e institucionales, para construir la gran "catedral" que cobije las esperanzas y satisfaga las necesidades de todos, particularmente de las personas que menos tienen. Educación para la pobreza no significa dar una educación mediocre, accesible a todos los hijos e hijas de las familias que no pueden pagar por sus estudios. Tampoco significa proveer una educación diferenciadora en torno a la procedencia social o los roles que ejercen las personas en la sociedad (obreros, campesinos, gerentes, patronos, intelectuales, profesionales,...) o del papel que en torno al género le tiene señalada la sociedad (hombres y mujeres) o del origen geográfico del estudiantado (formación según la región: agrícola, ganadera, industrial, pesquera, comercial,...).
Se busca una nueva educación que apunte desarrollar la capacidad de conocer y crear, que provea una cultura básica y unos conocimientos específicos, son pocas asignaturas, debidamente articuladas, para comprender su entorno particular, la sociedad y el mundo en que vive, así como los nuevos modos de vida económica y social. Una educación que se oriente a hacer y emprender. Donde el conocimiento tenga una finalidad práctica y sea útil para quien aprende; que provea competencias que faciliten su inserción en el trabajo y empleos cambiantes, una conducta honesta, un pensamiento creativo y una actitud colaborativa y solidaria. Una educación para ser uno mismo. Que permita aprender a vivir con mayor autonomía y juicio crítico; que facilite la participación en la construcción de un proyecto local y social común, fortaleza la responsabilidad personal y las aptitudes para evaluar alternativas y tomar decisiones. Que fomente el liderazgo, el respeto por los derechos de las personas, la sensibilidad por los problemas sociales y valore el sentido estético y científico en todas las expresiones naturales y humanas.
Una educación que reconozca y valore la diversidad (étnica, cultural y lingüística), pero que también contribuya a construir la nacionalidad multiétnica y multicultural, bajo el principio que podemos lograr la unidad en la diversidad, en un mundo crecientemente globalizado (sólo es plural lo que permanece unido). Es por ello que los fines educativos y un currículo nacional adecuado a las particularidades e identidades regionales y culturales, podría ayudar más a lograr este objetivo que una educación básica diferenciada, que a la postre puede consolidar más el círculo vicioso de la pobreza, que el círculo virtuoso del bienestar.
En un mundo en el que la irreverencia se entroniza negando algunos pilares sagrados de la justicia social, la equidad, la cultura y la paz, se hace necesario acudir al legado de los grandes maestros y maestras panameños para conjurar esta actitud. Invoquemos a Justo Arosemena, Manuel José Hurtado, Octavio Méndez Pereira, José Dolores Moscote, Ester Neira de Calvo, Gumersinda Páez, Sara Sotillo, Vicente Bayard, Ricaurte Soler, Ovidio De León, Otilia de Tejeira, Francisco Céspedes y otros. Logremos que estos espíritus del progreso, iluminen el camino para ir al encuentro de la nueva educación.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América