La enfermedad de los pobres
EN 1986, el entonces director de la Organización Mundial de la Salud, el doctor H. Mahler, dijo que había 10 millones de personas infectadas con el VIH. Veinte años después, la cantidad mundial de seropositivos asciende a 42 millones, diez veces superior a la tasa de crecimiento demográfico. "En los 45 países más afectados, se prevé que entre el 2000 y 2020, 68 millones de personas fallecerán de forma prematura como consecuencia de este flagelo."
El doctor Gerald Stine en su libro AIDS Update 2003, señala: "la historia del VIH/sida está llena de sobresalientes logros científicos". Pero, ¿qué se ha conseguido? Los antirretrovirales (ARV) han prolongado la vida de centenares de miles personas. No obstante, en menos de un año se hizo patente que la terapia combinada de tres fármacos no podía eliminar el virus. Sin embargo un informe de ONUSIDA dice que el tratamiento con una combinacion de ARV ha permitido que los seropositivos vivan vidas más largas, sanas y productivas. En los países desarrollados la terapia cuesta entre 10 y 15 mil dólares anuales y en algunos países en vías de desarrollo se están ofreciendo copias genéricas por 300 dólares anuales o menos. Los que no reciben el tratamiento son los que lo necesitan con más urgencia: los indígenas, las mujeres y los pobres. El doctor Stine resume la situación con estas palabras: "El sida es una enfermedad de la pobreza".
La enfermedad y el estar enfermo pueden ser vividos e interpretados desde una triple dimensión: como realidad social, como transgresión de la norma, y como castigo y marginación. El tener o no la enfermedad es lo de menos. Ocurre a veces, que las personas infectadas o que se sospechan que lo están, se las rechaza en los centros de asistencia sanitaria, no se les concede cobertura en las empresas aseguradoras o se les prohíbe la entrada en otros países.
Algunos hasta han sido asesinados al descubrirse su estado de salud. Igualmente hay un gran número de seropositivos que desconocen que lo son y no quieren someterse a la prueba del sida por el estigma que esto conlleva: se les niega vivienda y empleo, los amigos y familiares les rehuyen.
Además, tiene un impacto negativo en el comercio y en la industria. Al aumentar el número de trabajadores infectados, las empresas experimentan un descenso en la producción.
En cuanto a las mujeres, niños y adolescentes, los más vulnerables ante esta enfermedad, debido a la promiscuidad y a tradiciones culturales, suelen reflejar desconocimiento y negación de la realidad del sida. Hay quienes aún culpan de la enfermedad a la brujería y recurren a la ayuda de hechiceros. Es lamentable la cantidad de niños huérfanos que deja. Porque además de perder a sus padres y la seguridad económica, estas criaturas tienen que soportar el estigma vinculado al síndrome. Muchos dejan de ir a la escuela y recurren a la prostitución.
Bien es cierto que, por ser la persona perfectible y defectible, necesita ayuda. El sujeto portador y sus familiares y amigos requieren de un adecuado apoyo psicológico para afrontar los miedos y las incertidumbres que esta enfermedad ha ido generando, individualmente y socialmente. En algunas ocasiones es necesario mostrarnos compresivos y consoladores, pero en otras tenemos que ser enérgicos con el paciente y familiares, por ser más propensos al desequilibrio emocional que los lleva a una baja autoestima.
Los comportamientos individuales y sociales, bajo el punto de vista afectivo como sexual y en la relación humana, se han visto afectados. El sexo no desaparecerá, pero el efecto y la espontaneidad en una relación interpersonal pueden verse truncados por todos los temores proyectados: el miedo a lo desconocido, a la sangre, al sexo, a la enfermedad, a la incapacidad, al abandono, a la soledad y a la muerte. Además, se ha contribuido a una actitud social alarmista y poco tolerante, entre ellos: la información y el tratamiento inicial, a veces confuso y ambivalente que de esta enfermedad se hizo en los medios de comunicación e incluso en los medios científicos.
Esta enfermedad, a su vez, ha agravado otros problemas por la carencia de normas morales claras. El simple hecho de advertir a los jóvenes adolescentes que no tengan relaciones sexuales no surte efecto.
Una encuesta llevada a cabo en un plantel educativo de nuestra ciudad, indicó que la tercera parte de los adolescentes de entre 12 y 17 años habían tenido relaciones sexuales y reflejaban falta de información en cuanto a la enfermedad.
Las conductas de riesgo están constituidas por homosexualidad, drogadicción, relaciones heterosexuales promiscuas y prostitución. Por tanto la prevención mediante preservativos no es eficaz al no modificarse las conductas de riesgo.
Y, por último, los científicos abrigan grandes esperanzas de encontrar una vacuna, aunque alcancen su objetivo, pasarán varios años antes de que la vacuna se fabrique, se pruebe y se demuestre su inocuidad para uso general.
Mientras tanto hay que seguir educando a la población, particularmente a la juventud, y fomentar el diálogo franco, Pero hago la observación que con todo y esto no se podrá lograr demasiado cuando ciertas costumbres y formas de vida están muy arraigadas y cuesta cambiarlas.
gemiliani@cwpanama.net
El doctor Gerald Stine en su libro AIDS Update 2003, señala: "la historia del VIH/sida está llena de sobresalientes logros científicos". Pero, ¿qué se ha conseguido? Los antirretrovirales (ARV) han prolongado la vida de centenares de miles personas. No obstante, en menos de un año se hizo patente que la terapia combinada de tres fármacos no podía eliminar el virus. Sin embargo un informe de ONUSIDA dice que el tratamiento con una combinacion de ARV ha permitido que los seropositivos vivan vidas más largas, sanas y productivas. En los países desarrollados la terapia cuesta entre 10 y 15 mil dólares anuales y en algunos países en vías de desarrollo se están ofreciendo copias genéricas por 300 dólares anuales o menos. Los que no reciben el tratamiento son los que lo necesitan con más urgencia: los indígenas, las mujeres y los pobres. El doctor Stine resume la situación con estas palabras: "El sida es una enfermedad de la pobreza".
La enfermedad y el estar enfermo pueden ser vividos e interpretados desde una triple dimensión: como realidad social, como transgresión de la norma, y como castigo y marginación. El tener o no la enfermedad es lo de menos. Ocurre a veces, que las personas infectadas o que se sospechan que lo están, se las rechaza en los centros de asistencia sanitaria, no se les concede cobertura en las empresas aseguradoras o se les prohíbe la entrada en otros países.
Algunos hasta han sido asesinados al descubrirse su estado de salud. Igualmente hay un gran número de seropositivos que desconocen que lo son y no quieren someterse a la prueba del sida por el estigma que esto conlleva: se les niega vivienda y empleo, los amigos y familiares les rehuyen.
Además, tiene un impacto negativo en el comercio y en la industria. Al aumentar el número de trabajadores infectados, las empresas experimentan un descenso en la producción.
En cuanto a las mujeres, niños y adolescentes, los más vulnerables ante esta enfermedad, debido a la promiscuidad y a tradiciones culturales, suelen reflejar desconocimiento y negación de la realidad del sida. Hay quienes aún culpan de la enfermedad a la brujería y recurren a la ayuda de hechiceros. Es lamentable la cantidad de niños huérfanos que deja. Porque además de perder a sus padres y la seguridad económica, estas criaturas tienen que soportar el estigma vinculado al síndrome. Muchos dejan de ir a la escuela y recurren a la prostitución.
Bien es cierto que, por ser la persona perfectible y defectible, necesita ayuda. El sujeto portador y sus familiares y amigos requieren de un adecuado apoyo psicológico para afrontar los miedos y las incertidumbres que esta enfermedad ha ido generando, individualmente y socialmente. En algunas ocasiones es necesario mostrarnos compresivos y consoladores, pero en otras tenemos que ser enérgicos con el paciente y familiares, por ser más propensos al desequilibrio emocional que los lleva a una baja autoestima.
Los comportamientos individuales y sociales, bajo el punto de vista afectivo como sexual y en la relación humana, se han visto afectados. El sexo no desaparecerá, pero el efecto y la espontaneidad en una relación interpersonal pueden verse truncados por todos los temores proyectados: el miedo a lo desconocido, a la sangre, al sexo, a la enfermedad, a la incapacidad, al abandono, a la soledad y a la muerte. Además, se ha contribuido a una actitud social alarmista y poco tolerante, entre ellos: la información y el tratamiento inicial, a veces confuso y ambivalente que de esta enfermedad se hizo en los medios de comunicación e incluso en los medios científicos.
Esta enfermedad, a su vez, ha agravado otros problemas por la carencia de normas morales claras. El simple hecho de advertir a los jóvenes adolescentes que no tengan relaciones sexuales no surte efecto.
Una encuesta llevada a cabo en un plantel educativo de nuestra ciudad, indicó que la tercera parte de los adolescentes de entre 12 y 17 años habían tenido relaciones sexuales y reflejaban falta de información en cuanto a la enfermedad.
Las conductas de riesgo están constituidas por homosexualidad, drogadicción, relaciones heterosexuales promiscuas y prostitución. Por tanto la prevención mediante preservativos no es eficaz al no modificarse las conductas de riesgo.
Y, por último, los científicos abrigan grandes esperanzas de encontrar una vacuna, aunque alcancen su objetivo, pasarán varios años antes de que la vacuna se fabrique, se pruebe y se demuestre su inocuidad para uso general.
Mientras tanto hay que seguir educando a la población, particularmente a la juventud, y fomentar el diálogo franco, Pero hago la observación que con todo y esto no se podrá lograr demasiado cuando ciertas costumbres y formas de vida están muy arraigadas y cuesta cambiarlas.
gemiliani@cwpanama.net