La entrada en Jerusalén
Era el mes de Nisán. El libro del Éxodo ordenaba que en este mes se escogiera el cordero pascual y que dentro de cuatro días se llevara a un lugar donde había de ser sacrificado. En el domingo de Ramos, el cordero era elegido por el pueblo de Jerusalén, el día viernes se le sacrificaba.
El Señor pasó su último sábado en Betania, en compañía de Lázaro, y sus hermanas. Ahora circulaba la noticia de que nuestro Señor se dirigía a Jerusalén. Como preparación para su entrada, Jesús envió a dos de sus discípulos a una aldea cercana, donde les dijo encontrarían un pollino atado en el que ningún hombre se había sentado todavía y si le preguntaban porqué lo desataban tendrían que responder: porque el Señor lo ha menester. (Lc.19,31).
Una gran muchedumbre salió a su encuentro en la cual había de todo, gente sencilla, extranjeros que habían acudido a la fiesta, y sobre todo las autoridades vigilantes durante la fiesta para evitar insurrecciones.
Es evidente que a Jesús no le complacían ese tipo de manifestaciones multitudinarias como lo manifestó en ocasiones anteriores, él rechazaba el fácil entusiasmo del pueblo, huía de toda publicidad y siempre evitó todo cuanto fuera ostentación y exhibicionismo, incluso en cierta ocasión mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que El era el Cristo. (Mt. 16, 20). Antes reservado y parco, hoy alentaba ese entusiasmo. ¿A qué ese cambio de actitud?
Muchas veces habló de su "Hora". Había llegado su hora. El momento de hacer por última vez pública afirmación de sus pretensiones. Era un paso hacia el Calvario y hacia su ascensión al Cielo y establecimiento del reino de sobre la tierra.
Jerusalén, la ciudad real, era el lugar más indicado para que él hiciera su postrera proclamación. De dos manera atrajo la atención hacia su realeza: primera, por medio de una profecía conocida por el pueblo, la de Zacarías, que se cumplía: "He aquí que tu rey viene a ti, humilde, sentado sobre un asno" (Mt. 21,5). Y la segunda manera por los honores divinos que se le estaban tributando y que El aceptaba como propios.
Las palmas, tan a menudo usadas en toda la historia del pueblo judío para simbolizar victoria, como cuando Judas Macabeo entró en Jerusalén, daban testimonio de victoria, aún antes de quedar momentáneamente vencido.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén era símbolo de entrada triunfal de Cristo en la vida por su resurrección y un adelanto de la entrada triunfal de Cristo en la "Nueva Jerusalén", al fin de los tiempos.