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La envidia


Desde mi infancia, nuestros padres y tutores, nos educaron en un ambiente familiar, donde nunca reinase la envidia en nuestras mentes y corazones; también se nos inculcó que tratáramos de que no nos envidiasen, aunque viviéramos humildemente. Sin ninguna presunción ni fantochería, podemos resaltar que sobre la faz de la tierra prevalecen dos clases de seres humanos: los buenos y los malos. Pertenecemos a la primera categoría.
La envidia como un cáncer, lacra o deformidad social de nuestros tiempos, se ubica como una actitud cretina, al reemplazar hipócritamente por el vocablo "Competencia"; eso conlleva a la falta de una auténtica autoestima, a unas negativas relaciones interpersonales e intrapersonales, y a una entronización de un egoísmo y una bajeza propia de "las culebras de patio hediondo", en la mayoría de los casos es un pecado inconfesable u oculto. Quien lo manifiesta exteriormente, no merece ser considerado hijo de Dios. En su gran obra de comentarios bíblicos titulada "Satanás Anda Suelto", Alfred Lindsay (1953- ) afirma lo siguiente: "He visto al diablo en los ojos del envidioso, mentiroso, egoísta y cizañero". La envidia es un vicio, un desequilibrio de la conciencia y mente, propio de las personas viles, chocarreras, chusmáticas y chismógrafas. Lo más grave del caso es que los envidiosos son ingratos, embaucadores y defienden a capa y a escapa a la hipocresía, la cual se constituye en moral convencional de nuestra sociedad. Si se transfiere en una competencia, debemos erradicarla por una modalidad progresista, como es la ayuda mutua fraternal (la sociedad del mutuo dar, es la más perfecta y civilizada).
El envidioso, alentado en su espíritu por el demonio "Leviatán", vive amargado, frustrado, y con un ímpetu sadomasoquista; le tiene odio al mérito y a la abnegación. Los envidiosos poseen una masa encefálica provista de estiércol; se vislumbran como "figuritas" para simular el asqueroso y despreciable estigma de todos los tiempos. En el siglo V A.C., Sócrates de Atenas se constituye como precursor de la "Autocrítica", con su famosa frase "Conócete a ti mismo"; en base a esto, y con una ilación lógica de las ideas, podría sustentarse que una de las alternativas, para creer en Dios, es tener conciencia de sí mismo. El envidioso no se analiza a sí mismo.
La envidia es propia de los lumpen (parias o parásitos sin toma de conciencia), y de los infames personajes que ocultan el nefasto vicio ético, psicológico y social, con una presunción amargada; esto lo observamos hasta en los artistas de la farándula nacional e internacional. El envidioso obsoleto sólo posee en su mentalidad la hipócrita competencia y superación, para sobrepujar a los demás, ocultando en su ego personal una especie de complejo. Solamente vive para su "efímero confort material"; sobrevive a expensas de dos extremos: sufriendo por el triunfo o mérito de alguien o algunos, o por la alegría manifiesta o secreta del mal o desgracia de nuestro semejante.
¡Anhelamos en la eternidad de las ideas, una comunidad mundológica reestructurada y alejada de viles intenciones como la envidia, la hipocresía y el egoísmo retrógrado!.

101 años de Panamá América

 
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