La esperanza conquista la indiferencia en América Latina
A PESAR DE QUE el mundo cada día nos ofrece múltiples razones para adoptar una visión pesimista, podemos aprovechar el aniversario 60 de UNICEF para reconocer el potencial de los seres humanos para mejorar la vida de los niños, niñas y adolescentes.
Teniendo en cuenta que gracias a nuestros esfuerzos colectivos en América Latina y el Caribe se erradicaron la viruela y la poliomelitis, se eliminó el sarampión y se redujeron considerablemente otras enfermedades inmuno-prevenibles, asimismo los gobiernos de la región han venido reformando sus legislaciones mediante el reconocimiento de los derechos humanos de la infancia, y los índices de inscripción de educación primaria han alcanzado el 95%.
Esos logros reflejan el importante avance hecho para el bienestar de los niños, y aunque UNICEF de ninguna manera reivindica la exclusividad de dichos éxitos, sí es orgulloso de sus numerosas campañas de promoción y abogacía, así como de sus programas de inmunización, salud y protección de la infancia a nivel global y regional. Sin embargo, a pesar de estos progresos, nos enfrentamos hoy con un desafío: ¿Cómo nos aseguramos que estos logros no sean sólo sustentables, pero que los niños de la región estén de verdad preparados física y mentalmente para las crecientes complejidades del mundo contemporáneo? ¿Cómo la infancia puede sobrevivir y competir en este siglo, cuando 8,8 millones de niños sufren de desnutrición crónica con consecuencia en su desarrollo intelectual y físico, cuando 82 millones de niños menores de cinco años no completan su programa de inmunización anual, o cuando tres de cada cinco estudiantes en la escuela primaria alcanzan el quinto grado?
La región progresó meritoriamente en las últimas décadas, pero cómo se justifican los índices de disparidades económicas más altos del mundo cuando 41 millones de niños menores de 12 años y 15 millones de adolescentes entre 13 y 19 años viven en condiciones de pobreza extrema. Estos datos son mucho más preocupantes cuando hablamos de exclusión social, ya que las poblaciones indígenas y afrodescendientes son las más vulnerables y las más pobres entre las pobres de la región.
Todos estos retos son desalentadores, así como lo es la idea de que más de dos millones de personas en la región viven con el VIH/SIDA. El resultado de esta enfermedad es un número creciente de niños huérfanos, de 54,000 en 1990, a más de 750,000 el año pasado. Pero, tenemos una ventaja que no teníamos hace 60 años.
Hoy sabemos que podemos mejorar el mundo. Tenemos las evidencias. Sabemos que cuando los ciudadanos se preocupan, cuando el gobierno se concentra y se genera una determinación colectiva y universal, grandes cosas son posibles.
Cuán trágico sería si nosotros daríamos por acabada nuestra labor y creyéramos que las soluciones se dan por sí mismas. Pero no es así.
Debemos convencer al sector privado y a los gobiernos a renovar la lucha a favor de los derechos de la infancia, y esto merece un compromiso concreto.
Lo último que podemos hacer es quedarnos con los brazos cruzados y no hacer nada.
(*) Director Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe.
Teniendo en cuenta que gracias a nuestros esfuerzos colectivos en América Latina y el Caribe se erradicaron la viruela y la poliomelitis, se eliminó el sarampión y se redujeron considerablemente otras enfermedades inmuno-prevenibles, asimismo los gobiernos de la región han venido reformando sus legislaciones mediante el reconocimiento de los derechos humanos de la infancia, y los índices de inscripción de educación primaria han alcanzado el 95%.
Esos logros reflejan el importante avance hecho para el bienestar de los niños, y aunque UNICEF de ninguna manera reivindica la exclusividad de dichos éxitos, sí es orgulloso de sus numerosas campañas de promoción y abogacía, así como de sus programas de inmunización, salud y protección de la infancia a nivel global y regional. Sin embargo, a pesar de estos progresos, nos enfrentamos hoy con un desafío: ¿Cómo nos aseguramos que estos logros no sean sólo sustentables, pero que los niños de la región estén de verdad preparados física y mentalmente para las crecientes complejidades del mundo contemporáneo? ¿Cómo la infancia puede sobrevivir y competir en este siglo, cuando 8,8 millones de niños sufren de desnutrición crónica con consecuencia en su desarrollo intelectual y físico, cuando 82 millones de niños menores de cinco años no completan su programa de inmunización anual, o cuando tres de cada cinco estudiantes en la escuela primaria alcanzan el quinto grado?
La región progresó meritoriamente en las últimas décadas, pero cómo se justifican los índices de disparidades económicas más altos del mundo cuando 41 millones de niños menores de 12 años y 15 millones de adolescentes entre 13 y 19 años viven en condiciones de pobreza extrema. Estos datos son mucho más preocupantes cuando hablamos de exclusión social, ya que las poblaciones indígenas y afrodescendientes son las más vulnerables y las más pobres entre las pobres de la región.
Todos estos retos son desalentadores, así como lo es la idea de que más de dos millones de personas en la región viven con el VIH/SIDA. El resultado de esta enfermedad es un número creciente de niños huérfanos, de 54,000 en 1990, a más de 750,000 el año pasado. Pero, tenemos una ventaja que no teníamos hace 60 años.
Hoy sabemos que podemos mejorar el mundo. Tenemos las evidencias. Sabemos que cuando los ciudadanos se preocupan, cuando el gobierno se concentra y se genera una determinación colectiva y universal, grandes cosas son posibles.
Cuán trágico sería si nosotros daríamos por acabada nuestra labor y creyéramos que las soluciones se dan por sí mismas. Pero no es así.
Debemos convencer al sector privado y a los gobiernos a renovar la lucha a favor de los derechos de la infancia, y esto merece un compromiso concreto.
Lo último que podemos hacer es quedarnos con los brazos cruzados y no hacer nada.
(*) Director Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe.