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La esperanza y los dos Panamá


Ser panameño parece que implica tener que acostumbrarse a dos realidades contradictorias, a vivir en una especie de claroscuro que permea de una u otra forma el sueño visionario de un país libre y democrático, abierto al mundo, en donde la justicia y la equidad deberían ser los rasgos distintivos de una sociedad orgullosa de su condición de panameñidad.

No podemos ampararnos en una actitud evasiva y dejar de ver las injusticias a que estamos sometidos; el encarecimiento de la vida nos hace a la mayoría más pobres, los actos de corrupción, los oídos sordos de quienes deben dar respuesta al pueblo, la delincuencia, la violencia y su secuela de inseguridad, el pésimo servicio de salud que recibimos, el transporte público y su rapto de la dignidad del panameño, alejan cada vez más ese sueño del Panamá mejor.

Sin embargo, hay signos que nos invitan a la esperanza: por un lado, los héroes anónimos que trabajan para erradicar el analfabetismo, los ecologistas que luchan a contracorriente por legar a las futuras generaciones un planeta más habitable, los miles de voluntarios que emprenden y desarrollan campañas solidarias en pro de los hospitales, para combatir la desnutrición y el trabajo infantiles, los que defienden la democracia con plena convicción, los que impulsan la resocialización de los menos favorecidos... Por otro lado, están los deportistas: Saladino, Barría, Castillo, Jiménez, Chemito, Jones, Pelenchín y Córdoba; los artistas que brillan en el panorama nacional e internacional desde escritores, pintores y músicos, pasando por Los Rabanes, Los Gaitanes, Nigga, hasta los ídolos latinoamericanos Anne, Manuel y Margarita, ésta última logrando una movilización de masas sorprendente. Todos ellos nos recuerdan al Panamá que sí queremos. Este Panamá, lastimosamente, convive con ese otro, el de los helicópteros hundidos, de los rellenos en el mar, de los durodólares, de los salarios infames en la Asamblea Nacional de diputados, de los juegos de antaño perdidos, de las concesiones precisamente a quienes más tienen, del juega vivo, de los pases de factura de la especulación de la tierra, de la electricidad más cara de la región. Ese Panamá de la democracia en peligro, de los millones de dólares mal invertidos en educación; el de los pactos secretos y del oportunismo... Definitivamente, ése no es el que queremos. Como tampoco el del pesimismo, ni mucho menos el de la pasividad.

Tenemos que quedarnos con ese otro que, en la multiplicidad de nuestra propia idiosincrasia, nos presenta modelos de esfuerzo, tesón y talento; que nos permita creer que aún queda por construir un Panamá mejor. Dice el poeta mexicano Octavio Paz, que nunca se da tanto como cuando se da esperanza, y eso hay que agradecérselo a nuestros héroes contemporáneos.

101 años de Panamá América

 
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