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La falta de confianza


Sucede que, entre mis recuerdos de infancia está escuchar a mis abuelos y la gente de su tiempo hablar de la palabra empeñada que valía más que cualquier documento escrito y firmado. Bastaba con que una persona de bien dijera algo, para que fuera creído por todos; había confianza en esa persona; había confianza en que esa persona haría lo correcto y lo mejor para el país y las mayorías.
No sé por qué razón, en los tiempos actuales esto ha cambiado tanto hasta poder decir que predomina la desconfianza y la incredulidad. El comportamiento de ciertas personas se ha arraigado en la mente de la humanidad hasta llegar a pensar que nadie es capaz de hacer lo correcto, que no se puede confiar en las actuaciones de las personas, aunque sean honorables, porque detrás de lo que hace, tal vez hay algo escondido que no es del todo honesto.
En el campo financiero y en el político se ve muy a menudo. En el primero se dice que hay que cuidarse de todos porque cualquiera "te traba" en la más ínfima transacción; se escucha decir que, del que menos se espera ha tenido una mala actuación en el campo empresarial que, inclusive, le va creando fama de tracalero.
Hoy hay que andar con los ojos bien abiertos en lo que se dice y lo que se escucha; antes podíamos darnos el lujo de ser más románticos, porque no había que tener demasiado cuidado en que no te comieran.
En la política nadie confía en los políticos, nadie da credibilidad a sus palabras, porque cree la gente que detrás de ellas está la trampa y la malicia con que actúan en el medio político. Si se discute el Fondo Fiduciario, nadie cree posible encontrar cuatro personas que lo manejen con honestidad y que se despilfarra el dinero como se hizo con COFINA (por ejemplo). Si se anuncia que se construirá una carretera, piensan en cuál será la coima que le toca al Ministro de turno; si alguien cede un pedazo de terreno para construir un hospital, dicen que lo dio porque eso le valoriza el resto de la tierra que le queda. Y así es todo: nadie cree en la buena voluntad de los demás.
¿Es que acaso vivimos en un mundo tan materialista que primero están los propios intereses y luego los de la humanidad? Pareciera que primero es lo material, para lo cual no escatimamos los medios con tal de lograr los fines; que fuera más importante los logros económicos que los morales.
Hace unos días le pregunté a un joven empresario, cómo actuaría él con un amigo de muchos años, desde la adolescencia, y sentí un gran dolor cuando me respondió: no confiaría en él. Me pareció que ese joven había perdido algo que nosotros tuvimos, que no ha tenido lo que nos sobró en nuestras vidas: confianza en los demás, tranquilidad en la actuación de los demás. Tal vez no deba ser así, pero si una amiga o amigo me dicen algo, lo creo a pie juntillas y sin lugar a duda de sus actuaciones para conmigo.
Es una verdadera lástima que el mundo moderno sea un mundo de canibalismo, un mundo en que cada uno se come al otro, por lo menos trata, y que hay que vivir como en la selva, tratando de salvarse de los demás animales.
Existen parejas que no se tienen confianza mutua, que cada uno tiene sus propias cuentas y lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Me parece tan triste ver la sociedad actual llena de escollos, de recelos y dudas aún entre padres e hijos. Esto es producto del comportamiento de las personas que ha llevado a este núcleo social a ser un barco en el cual nadie duerme cuidando sus bienes para que otros no se los arrebaten. No se puede prestar ni un libro porque no te lo devuelven. Y la gente se hace egoísta, se encierra en sí mismo sin importarle con los demás. Y la gente no ve a la humanidad como sus hermanos, sino como a sus enemigos. Y hemos llegado a un estado en que nos centramos en lo nuestro y el resto del mundo que se caiga sin importarnos cómo quedan. Hay lugares en que ni siquiera se conocen los vecinos que viven puerta con puerta. ¡Qué lástima!

101 años de Panamá América

 
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