La fama y la grandeza
Hace unos años, Roberto Díaz Herrera, primo del general Torrijos, publicó un artículo en el que decía que éste fue “ El más internacional de los panameños”. Y yo publiqué otro en el que decía que eso era verdad: “Durante su dictadura se hizo famoso, y a nosotros nos conocieron mucho en el extranjero por las cosas que él estaba haciendo en Panamá. Igual ocurrió en Uganda con Idi Amín, con Somoza en Nicaragua, con Trujillo en la República Dominicana, con Pérez Jiménez en Venezuela. Eso ocurrió, y ocurre siempre con los dictadores: que cuando se refieren a su país, es su nombre el que acude a la mente de todo el mundo. Recuerden que Noriega fue mundialmente conocido durante su dictadura. ¿Cuál de los dos fue más famoso?
Pero es que la fama es una cosa, y la grandeza es otra. Los periódicos y todo el mundo hablan de los que sobresalen, en cualquier cosa, incluso en el narcotráfico y en las vilezas más grandes. Una vez leí que el presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, estaba en un estadio viendo un juego de béisbol; y todos lo miraban. Pero poco después, apareció en el mismo estadio el famoso hampón Al Capone; y todos dejaron de ver a Coolidge, y veían y aplaudían al más famoso gángster del mundo…
Ahora podríamos preguntar: ¿Hay algún panameño de quien se hable más en el mundo que de Manuel Antonio Noriega? Pero, por eso, no vamos a decir que es el más grande de los panameños…
Para seguir hablando de estas diferencias, alguien me preguntó en el café si la política de ayer era mejor que la de hoy; y yo le respondí que no sabía cuál era mejor, porque son cosas diferentes. Creo sinceramente que la política ha sido siempre sucia, pero ha habido épocas en que ha sido menos sucia que en otras.
Hablando de políticos de ayer y de hoy, me parece que hoy no hay estadistas de la talla de Belisario Porras, Harmodio Arias, Ricardo J. Alfaro ni Enrique Jiménez. Hablando del Dr. Harmodio Arias, recordé unas palabras que escribió el presidente Franklin D. Roosevelt en sus memorias: (Escribo de memoria): “Entró en mi despacho (de la Casa Blanca) un hombre insignificante y delgaducho; pero a medida que me explicaba sus objetivos patrióticos, ese hombrecito se me fue agigantando. Nunca podré olvidar al presidente Harmodio Arias de Panamá…”
Sí mis amigos, la fama es una cosa y la grandeza es otra.