La fe en la razón ¿es la razón de la fe?
Debemos preguntarnos si la confrontación entre la fe y la razón es una mera dificultad especulativa o puede en cambio desvelar resquicios donde una supla las deficiencias y limitaciones de la otra. Del mismo modo que una emulsión curativa resulta de la mezcla, pero no de la unión, entre el agua y el aceite; dos elementos distintos con propiedades que en principio se repelen, pero que bien agitados se convierten en un remedio útil.
La razón habla con el lenguaje de la lógica y se expresa -aunque no exclusivamente- por medio de la ciencia. La validez de sus argumentos depende del método empleado y de la interpretación de los hechos, así como de la claridad de sus conceptos. Su finalidad es encontrar la correspondencia de los hechos con la realidad (verdad científica). El problema es que para alcanzar sus fines debe escoger uno de muchos caminos y en ocasiones no siempre escoge el más correcto, para ello adecua o modifica su método ajustándolo a la realidad más cómoda. Decía Poincaré: “El Hombre moderno recurre a la causa y los efectos como el Hombre primitivo recurría a los dioses, para poner orden en el Universo. No porque sea el sistema más confortable a la verdad, sino por ser el más conveniente”.
Más allá de que sea o no verídico lo de la manzana de Newton, lo cierto es que el instinto o el “olfato” del investigador y su poder de observación, muchas veces desencadenan, guían o definen el proceso científico. Son muchos los ejemplos donde lo irracional le abre paso a la razón. La ciencia está poblada de numerosos hechos impredecibles, los cisnes negros de Nessim Taleb y cada uno de sus descubrimientos es, en cierta forma, una recreación.
En los sistemas lineales de causa y efecto, donde un germen con nombre y apellido causa una enfermedad determinada, la casualidad o el azar no tienen cabida. Pero en el sistema no lineal, pluricausal, que es el mayoritario, donde los efectos dependen de numerosas variables, la verdad científica se basa en la evidencia probabilística. Aquí la verdad es una probabilidad estadística, donde se afirma que tal evento es improbable -aunque no imposible- que ocurra por casualidad. De modo que en el campo de la ciencia empírica, no se puede despreciar aquello que es función de toda la actividad psíquica, racional e irracional (lógica o instintiva).
Aunque todo ser humano nace ateo, es un hecho axiomático (que no necesita demostración) la existencia comprobada en toda sociedad humana, del instinto de “lo sagrado” o hierofanía. Así como el instinto del placer induce a su satisfacción, lo sagrado tiende a calmar el temor a lo desconocido, poniendo orden en el universo y en la psique. Universo que la conciencia individual de la muerte hace finito, sometiéndose por ello a la conveniencia de un Ser protector. Tal como la ciencia se acomoda a la Verdad que la justifica.