La fe mueve montañas
La Iglesia Católica ha escrito en la últimas tres décadas una brillante página de resistencia ante la barbarie, de entereza ante un proceso de cambios dramáticos que en ningún momento contribuyeron a elevar el nivel de vida de la población cubana.
Ya en 1960, el régimen de Castro definió su autoritarismo antireligioso, cuando expulsó de la Isla a un grupo de prominentes sacerdotes y obispos encabezados por Monseñor Eduardo Boza Masvidal, todos salieron a bordo del vapor español "Covadonga" y ninguno de ellos escapó a las amarguras espirituales y a las físicas limitaciones del destierro. Ahora escuchamos en la televisión a Castro en su "mea culpa" señalar, que la revolución jamás agredió a la Iglesia Católica ni a ninguna otra!
El cierre de los templos más conspicuos, la persecución de los creyentes, el silencio elocuente de la jerarquía, la exaltación a Cardenal de Jaime Ortega, son episodios de una confrontación heroica entre los prelados y los agentes de la represión oficial. En ese ambiente tenso ha sobrevivido nuestra Iglesia en Cuba.
Apenas se abrieron algunos templos, la feligresía regresó a escuchar la palabra de sus pastores. La fe no había decaído ni sufrido mengua. Está entera, cabal, latente a flor de piel, con los intervalos de alguna presencia de Monseñor Echegaray, empeñado en que la Iglesia no renuncie a su protagonismo en la transición cubana hacia la libertad. A la Habana llegó en su momento, sin ningún despliegue publicitario Monseñor Jean Louis Tauran, el tercer hombre en el organigrama del Vaticano. Tauran declaró entonces que su viaje serviría para considerar junto a las autoridades cubanas, "cómo mejorar las relaciones con la Iglesia".
Fuentes eclesiásticas de la capital cubana admitieron que se había logrado alguna mejoría, mas, en privado subrayaron que aún faltaba en sectores oficiales "comprensión cabal" del papel de la Iglesia, que no puede ser sólo litúrgico. "También ha de ser social".
Las perspectivas estaban bien claras: en noviembre del "96, tuvo lugar la Cumbre de la Alimentación en Roma, bajo los auspicios de la FAO y Fidel Castro fue invitado a participar en el evento. La gestión de Tauran se proyectó en dos etapas: 1) Lograr una audiencia de Fidel Castro con el Sumo Pontífice en su despacho privado del Vaticano. 2) De esa entrevista, saldría, como en efecto salió, la aceptación formal de Juan Pablo II para visitar Cuba durante 199798.
Ambos acontecimientos de gran interés mundial darían a la Iglesia un especial toque conciliatorio, una capacidad y una eficacia mediadora, de la cual han carecido los políticos y los mandatarios latinoamericanos, que jamás supieron concretar un calendario evolutivo que sin disminuir la imagen de Castro pusiera celeridad al proceso interno, que no puede estar supeditado a sueños ni quimeras, sino que necesitará, por lo menos, un quinquenio para consolidar las estructuras democráticas emergentes.
La Iglesia esperó que se efectuasen las elecciones presidenciales en Estados Unidos, de manera que el Presidente Clinton, de ser reelecto, pudiera volcar toda su autoridad para cancelar la pesadilla cubana que se ha prolongado a pesar de las discrepancias fundamentales de Washington.
Nueve presidentes de Estados Unidos han recitado el discurso ritual del totalitarismo cubano y de sus violaciones a los Derechos Humanos. Unicamente John F. Kennedy en 1961, se atrevió a la acción concreta del desembarco en Playa Girón, que sirvió de coyuntura para que Castro definiera su ideología marxistaleninista y reforzara sus vínculos con Moscú.
De Eisenhower a Clinton hay todo un valle de lágrimas, de tensiones acumuladas, de guerra de palabras inútiles, ante un régimen divorciado de todo principio, que echó por la borda los esquemas de la solidaridad continental y la teoría del Tratado de Asistencia Recíproca de Rio de Janeiro (1954), sobre la agresión de potencias extrahemisféricas a cualquiera de nuestros países. La OEA resultó gravemente golpeada, con hematomas y contusiones, cuyas laceraciones parecen no haber cicatrizado aún. Washington enredado en telaraña de sus contradicciones puso la música de fondo a la sinfonía wagneriana del Robin Hood, surgido de las entrañas mismas del Caribe.
El inmovilismo norteamericano y el discurso retador de Castro crearon la mística de los años 60, barrida por los acontecimientos de 1989 (caída del Muro de Berlín, desintegración del bloque soviético y del Pacto de Varsovia). En los días que corren, las místicas de las conquistas revolucionarias y las excelencias del Partido Unico, se transformaron en testimonios de la obsolescencia intelectual de un marxismo que cayó en la decrepitud aceleradamente. La Iglesia ocupa su puesto. Los mecanismos de la apertura empiezan ya a funcionar.
Quizás, donde fallaron los patriotas enriquecidos de Miami y la verborrea anticomunista no presentó credenciales en el campo de batalla, la autoridad moral de nuestra Iglesia logre el cambio inevitable de Cuba. Nadie hubiera visualizado que el Vicario de Cristo tendría una tarea tan relevante en la Isla de José Martí.
Ya en 1960, el régimen de Castro definió su autoritarismo antireligioso, cuando expulsó de la Isla a un grupo de prominentes sacerdotes y obispos encabezados por Monseñor Eduardo Boza Masvidal, todos salieron a bordo del vapor español "Covadonga" y ninguno de ellos escapó a las amarguras espirituales y a las físicas limitaciones del destierro. Ahora escuchamos en la televisión a Castro en su "mea culpa" señalar, que la revolución jamás agredió a la Iglesia Católica ni a ninguna otra!
El cierre de los templos más conspicuos, la persecución de los creyentes, el silencio elocuente de la jerarquía, la exaltación a Cardenal de Jaime Ortega, son episodios de una confrontación heroica entre los prelados y los agentes de la represión oficial. En ese ambiente tenso ha sobrevivido nuestra Iglesia en Cuba.
Apenas se abrieron algunos templos, la feligresía regresó a escuchar la palabra de sus pastores. La fe no había decaído ni sufrido mengua. Está entera, cabal, latente a flor de piel, con los intervalos de alguna presencia de Monseñor Echegaray, empeñado en que la Iglesia no renuncie a su protagonismo en la transición cubana hacia la libertad. A la Habana llegó en su momento, sin ningún despliegue publicitario Monseñor Jean Louis Tauran, el tercer hombre en el organigrama del Vaticano. Tauran declaró entonces que su viaje serviría para considerar junto a las autoridades cubanas, "cómo mejorar las relaciones con la Iglesia".
Fuentes eclesiásticas de la capital cubana admitieron que se había logrado alguna mejoría, mas, en privado subrayaron que aún faltaba en sectores oficiales "comprensión cabal" del papel de la Iglesia, que no puede ser sólo litúrgico. "También ha de ser social".
Las perspectivas estaban bien claras: en noviembre del "96, tuvo lugar la Cumbre de la Alimentación en Roma, bajo los auspicios de la FAO y Fidel Castro fue invitado a participar en el evento. La gestión de Tauran se proyectó en dos etapas: 1) Lograr una audiencia de Fidel Castro con el Sumo Pontífice en su despacho privado del Vaticano. 2) De esa entrevista, saldría, como en efecto salió, la aceptación formal de Juan Pablo II para visitar Cuba durante 199798.
Ambos acontecimientos de gran interés mundial darían a la Iglesia un especial toque conciliatorio, una capacidad y una eficacia mediadora, de la cual han carecido los políticos y los mandatarios latinoamericanos, que jamás supieron concretar un calendario evolutivo que sin disminuir la imagen de Castro pusiera celeridad al proceso interno, que no puede estar supeditado a sueños ni quimeras, sino que necesitará, por lo menos, un quinquenio para consolidar las estructuras democráticas emergentes.
La Iglesia esperó que se efectuasen las elecciones presidenciales en Estados Unidos, de manera que el Presidente Clinton, de ser reelecto, pudiera volcar toda su autoridad para cancelar la pesadilla cubana que se ha prolongado a pesar de las discrepancias fundamentales de Washington.
Nueve presidentes de Estados Unidos han recitado el discurso ritual del totalitarismo cubano y de sus violaciones a los Derechos Humanos. Unicamente John F. Kennedy en 1961, se atrevió a la acción concreta del desembarco en Playa Girón, que sirvió de coyuntura para que Castro definiera su ideología marxistaleninista y reforzara sus vínculos con Moscú.
De Eisenhower a Clinton hay todo un valle de lágrimas, de tensiones acumuladas, de guerra de palabras inútiles, ante un régimen divorciado de todo principio, que echó por la borda los esquemas de la solidaridad continental y la teoría del Tratado de Asistencia Recíproca de Rio de Janeiro (1954), sobre la agresión de potencias extrahemisféricas a cualquiera de nuestros países. La OEA resultó gravemente golpeada, con hematomas y contusiones, cuyas laceraciones parecen no haber cicatrizado aún. Washington enredado en telaraña de sus contradicciones puso la música de fondo a la sinfonía wagneriana del Robin Hood, surgido de las entrañas mismas del Caribe.
El inmovilismo norteamericano y el discurso retador de Castro crearon la mística de los años 60, barrida por los acontecimientos de 1989 (caída del Muro de Berlín, desintegración del bloque soviético y del Pacto de Varsovia). En los días que corren, las místicas de las conquistas revolucionarias y las excelencias del Partido Unico, se transformaron en testimonios de la obsolescencia intelectual de un marxismo que cayó en la decrepitud aceleradamente. La Iglesia ocupa su puesto. Los mecanismos de la apertura empiezan ya a funcionar.
Quizás, donde fallaron los patriotas enriquecidos de Miami y la verborrea anticomunista no presentó credenciales en el campo de batalla, la autoridad moral de nuestra Iglesia logre el cambio inevitable de Cuba. Nadie hubiera visualizado que el Vicario de Cristo tendría una tarea tan relevante en la Isla de José Martí.