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La fiebre en las sábanas


La educación panameña es un sistema a punto del colapso. Lo demuestran los resultados de varias pruebas internacionales y nacionales aplicadas a los estudiantes. Igualmente, los exámenes de ingreso a las universidades públicas mayores, corroboran la no correspondencia entre lo que se enseña y lo que es necesario para proseguir estudios superiores.

La infraestructura escolar deteriorada, la violencia desenfrenada de grupúsculos estudiantiles que arremeten contra sus propios planteles, el asesinato o agresión a docentes, la desidia de la comunidad en el cuidado del patrimonio escolar, expuestos al vandalismo, la falta de una política educativa sostenida a lo largo de las varias administraciones del Estado, y el clima de intolerancia intelectual que priva en sectores de la dirigencia magisterial, son algunos indicadores de una situación ominosa a los que nuestra educación ha arribado.

Las causas de un fenómeno como éste no pueden ser sino variadas, profundas y complejas, y el simplismo retórico y maniqueo de responsabilizar de ello a un sector del sistema no hace sino exhibir flagrantemente su aviesa intención, el deseo inconfeso de añadir combustible a la lumbre, en lugar de proponer salidas y construir alternativas viables para superar esta hecatombe social.

Hemos sido testigos de esfuerzos frustrados en pro de una educación de calidad mediante la implantación de mecanismos que la experiencia internacional ha demostrado como idóneos. Adelantar una reforma curricular que ya no aguanta más dilaciones, y cuya realización efectiva conllevará cambios más que cosméticos en un entramado legal que no se sostiene en los tiempos que corren; cambiar el negativismo y la satanización del otro, del que no piensa como yo, frente al examen de las propuestas y de las innovaciones; aceptar la necesidad que se evalúe rigurosamente el trabajo docente y los resultados del aprendizaje, son otros tantos prerequisitos como lo es lograr un cambio dramático de las estructura y políticas del Ministerio de Educación.

Hacia allí deberían apuntar los llamados en pro de la modernización del sistema, de su puesta al día, y no al mismo discurso descalificador con el que se ha defenestrado todo intento de cambiar lo que todos sabemos que tenemos y debemos cambiar.

Los panameños deseamos una educación de calidad? y no la tenemos, en buena parte por los cantos de sirena de un pasado periclitado que nos lastra y nos mantiene en lo peor de ese pasado.

Queremos una educación que sea pertinente, relevante y equitativa, eficiente y eficaz, para todos, y a lo largo de toda la vida. Lograrla requiere adecuar los contenidos del currículo, modernizar la didáctica y las prácticas pedagógicas y andragógicas, incorporar nuevas tecnologías a la educación, hacer plural y múltiple las salidas y entradas del sistema de formación, entre otras muchas cosas? todas ellas más importantes que pedir a destiempo la cabeza de un ministro, pasando la factura por una derrota histórica en otra esfera del quehacer social.

Confiamos en que la sociedad no repita errores trágicos que nos vuelvan a hacer tirar el niño con el agua sucia de la bañera. Más bien confiamos que prive la cordura para construir lo que bien podemos construir si nos anima verdadero ánimo en pro del bien común de la nación panameña.

101 años de Panamá América

 
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