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La fórmula Bachelet para el transporte



La presidenta chilena Michelle Bachelet no se cruzó de brazos tras cumplirse un mes de tranques y manifestaciones callejeras en protesta por el pésimo servicio del recién instalado sistema de buses articulados en Santiago, similar al que se apresta el Gobierno Nacional a implementar en la capital panameña.
Observando la evolución del problema directamente sobre el terreno, advertimos que la principal queja de los usuarios era básicamente la insuficiencia y el incumplimiento de los horarios, acostumbrados como estaban a la puntualidad del metro Santiago, el cual por sí solo resultaba insuficiente para servir a la inmensa mayoría de los seis millones de habitantes de la capital de Chile. Pero también está la queja de los automovilistas particulares y gente que vive en el centro de la ciudad, que estiman insuficientes las actuales vías para dar cabida a los largos articulados que observamos de dos y hasta tres tramos, cada uno mayor que alguno de nuestros "diablos rojos"; y eso pese a que Santiago tiene calles muy anchas.
La presidenta Bachelet acudió entonces a un enjambre de asesores, tras lo cual adoptó una medida eficaz que terminó con las protestas. Forzó a las concesionarias a lanzar de inmediato a las calles centenares de cómodos y nuevos vehículos, entre medianos y grandes, todos cuadrados, silenciosos y no contaminantes, de modo que ayudaran a los articulados a salir de la emergencia; y, al mismo tiempo, amplió con nuevas redes el área de cobertura de los articulados en la medida que el ancho de las vías lo permitiera; y cuando no, las hizo cubrir con otros buses menos grandes. ¿Qué hay ahora en Santiago? Un eficiente sistema de transporte público multimodal, compuesto por el metro subterráneo, por buses articulados y otros convencionales (grandes, medianos y pequeños) en la superficie; todos nuevos, respaldados por una red vial de primer mundo que incluye, entre otros, un túnel bajo el río Mapocho, que corre a lo largo de gran parte de su lecho, como si se tratara de nuestro Matasnillo que, igual que aquél, serpentea por media ciudad.
Si el actual esfuerzo resultara insuficiente, tienen los chilenos la alternativa de añadir más ramales al metro, construir más calles, ensanchar las actuales y construir su propio monorriel sobre pilotes. ¿Y nosotros? Peleando aún con los "diablos rojos".

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