La fundación del 15 de agosto
El presente artículo tiene como primordial propósito despejar una duda que se cierne sobre el origen fundamental de la ciudad de Panamá. Luego de casi cinco siglos de aquel decisivo acontecimiento, cumplido el 15 de agosto de 1519, se lee y se escucha equivocadamente anotar: "Fundación de Panamá la Vieja". O se cae en el error por desconocimiento de nuestra verdadera historia o por imprecisión lingüística.
A mi juicio, el 15 de agosto es la fecha de fundación de la ciudad de Panamá. Así, sin mayores adjetivos de "vieja" o "nueva". Es la génesis del conglomerado de españoles que nace, el primer establecimiento a orillas del Océano Pacífico que había sido "descubierto", puesto al servicio de España y de toda Europa unos años antes, en 1513. Evidentemente, el nuevo establecimiento restaba importancia y terminaría por anular a Santa María la Antigua del Darién, sita en la otra vertiente del Istmo.
Pedrarias Dávila se empecina en el nacimiento de Panamá y hace caso omiso de las opiniones contrarias que desaconsejan tal decisión. El sitio insalubre, de marismas, de población flotante y que amenaza con ser un asentamiento fugaz, no arredra al Gobernador segoviano. De su férrea voluntad e inapelable decisión, Panamá tiene que surgir y estará llamada a desempeñar un papel clave en el sistema comercial, en las rutas de y hacia el Viejo Mundo, en el acopio de tesoros, en la apertura del primer camino transcontinental, en la afluencia de extranjeros de numerosas latitudes. Panamá fue y sigue siendo la urbe hija de don Pedro Arias de Avila, a quien ni siquiera la propia Corona doblega cuando ha de tomar determinaciones que, a la postre, le dan la razón.
Y así estuvo Panamá 152 años en el sitio original cumpliendo una función clave en el desenvolvimiento del mundo americano. Allí habría continuado por indefinidos tiempos a no ser por el ataque de los piratas de Morgan. Su final ocurrió el 28 de enero de 1671. Pero el espíritu de Pedrarias velaba sobre ella. La misma ciudad habría de resurgir a pocas millas de distancia y restablecida en 1673.
No quiero restar méritos al capitán Antonio Fernández de Córdoba. El refunda la misma ciudad con el mismo nombre, con las mismas instituciones administrativas civiles, eclesiásticas y militares, con los mismos habitantes y- como me decía el Dr. Humberto Girón-, incluso con las mismas piedras que fueron trasladadas al nuevo lugar escogido para su renacimiento.
De tal suerte que el 15 de agosto se funda la ciudad de Panamá sin mayores aditamentos. La vieja y la nueva componen una ciudad única, indivisible que se prolonga en el tiempo y en el espacio. Admito que la reubicación salva a Panamá de perecer para siempre. No se trata de dos ciudades distintas como magistralmente lo puntualizó hace ya varias décadas don Luis García de Paredes.
Cuando Fernández de Córdoba recibe desde el Consejo de Indias la orden de la mudanza y reconstrucción de Panamá, las autoridades españolas no tienen en mente erigir otra ciudad, sino imprimirle un impulso tal al fenecido primer emplazamiento que Panamá pueda resurgir para seguir el destino trascendental a que fue llamada desde el primer instante de su nacimiento. En nuestros días se verifica a plenitud aquella visual, aquel camino secular que hace de Panamá una ciudad singular entre los conglomerados humanos De estirpe hispánica. Desde la eternidad o donde esté, Pedrarias puede contemplar su Panamá, la antigua que se integra en la moderna y ambas enrumbadas hacia un futuro que toca a las puertas del siglo XXI.
Dejémonos ya de imprecisiones cuando se habla o se escribe la historia. Los medios de comunicación tienen que crear conciencia nacional, identidad bien cimentadas y formar la opinión de las nuevas generaciones cuando de nuestras raíces se trata.
Una sola es la ciudad de Panamá, la que idearon Pedrarias y sus valerosos capitanes, fundada aquel remoto día de la Asunción de 1519.
La unidad indiscutible de la ciudad es un símbolo de la unidad de la Nación, de su territorio, de sus gentes en la diversidad de sus expresiones y procedencias, de los propósitos y metas que nos trazamos para el porvenir.
Una sola Panamá, la de 1519 y la de 1673. Una sola también la que columbra las épocas futuras. Es necesario sustentarnos más y mejor en la historia. Sólo ella puede explicar lo que somos en función del pretérito. La única ciudad de Panamá tipifica este axioma.
A mi juicio, el 15 de agosto es la fecha de fundación de la ciudad de Panamá. Así, sin mayores adjetivos de "vieja" o "nueva". Es la génesis del conglomerado de españoles que nace, el primer establecimiento a orillas del Océano Pacífico que había sido "descubierto", puesto al servicio de España y de toda Europa unos años antes, en 1513. Evidentemente, el nuevo establecimiento restaba importancia y terminaría por anular a Santa María la Antigua del Darién, sita en la otra vertiente del Istmo.
Pedrarias Dávila se empecina en el nacimiento de Panamá y hace caso omiso de las opiniones contrarias que desaconsejan tal decisión. El sitio insalubre, de marismas, de población flotante y que amenaza con ser un asentamiento fugaz, no arredra al Gobernador segoviano. De su férrea voluntad e inapelable decisión, Panamá tiene que surgir y estará llamada a desempeñar un papel clave en el sistema comercial, en las rutas de y hacia el Viejo Mundo, en el acopio de tesoros, en la apertura del primer camino transcontinental, en la afluencia de extranjeros de numerosas latitudes. Panamá fue y sigue siendo la urbe hija de don Pedro Arias de Avila, a quien ni siquiera la propia Corona doblega cuando ha de tomar determinaciones que, a la postre, le dan la razón.
Y así estuvo Panamá 152 años en el sitio original cumpliendo una función clave en el desenvolvimiento del mundo americano. Allí habría continuado por indefinidos tiempos a no ser por el ataque de los piratas de Morgan. Su final ocurrió el 28 de enero de 1671. Pero el espíritu de Pedrarias velaba sobre ella. La misma ciudad habría de resurgir a pocas millas de distancia y restablecida en 1673.
No quiero restar méritos al capitán Antonio Fernández de Córdoba. El refunda la misma ciudad con el mismo nombre, con las mismas instituciones administrativas civiles, eclesiásticas y militares, con los mismos habitantes y- como me decía el Dr. Humberto Girón-, incluso con las mismas piedras que fueron trasladadas al nuevo lugar escogido para su renacimiento.
De tal suerte que el 15 de agosto se funda la ciudad de Panamá sin mayores aditamentos. La vieja y la nueva componen una ciudad única, indivisible que se prolonga en el tiempo y en el espacio. Admito que la reubicación salva a Panamá de perecer para siempre. No se trata de dos ciudades distintas como magistralmente lo puntualizó hace ya varias décadas don Luis García de Paredes.
Cuando Fernández de Córdoba recibe desde el Consejo de Indias la orden de la mudanza y reconstrucción de Panamá, las autoridades españolas no tienen en mente erigir otra ciudad, sino imprimirle un impulso tal al fenecido primer emplazamiento que Panamá pueda resurgir para seguir el destino trascendental a que fue llamada desde el primer instante de su nacimiento. En nuestros días se verifica a plenitud aquella visual, aquel camino secular que hace de Panamá una ciudad singular entre los conglomerados humanos De estirpe hispánica. Desde la eternidad o donde esté, Pedrarias puede contemplar su Panamá, la antigua que se integra en la moderna y ambas enrumbadas hacia un futuro que toca a las puertas del siglo XXI.
Dejémonos ya de imprecisiones cuando se habla o se escribe la historia. Los medios de comunicación tienen que crear conciencia nacional, identidad bien cimentadas y formar la opinión de las nuevas generaciones cuando de nuestras raíces se trata.
Una sola es la ciudad de Panamá, la que idearon Pedrarias y sus valerosos capitanes, fundada aquel remoto día de la Asunción de 1519.
La unidad indiscutible de la ciudad es un símbolo de la unidad de la Nación, de su territorio, de sus gentes en la diversidad de sus expresiones y procedencias, de los propósitos y metas que nos trazamos para el porvenir.
Una sola Panamá, la de 1519 y la de 1673. Una sola también la que columbra las épocas futuras. Es necesario sustentarnos más y mejor en la historia. Sólo ella puede explicar lo que somos en función del pretérito. La única ciudad de Panamá tipifica este axioma.