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La gotera, la pesa de la tienda y las tarifas de electricidad


ESTE título, como algunos otros míos, pareciera escogido para llamar la atención uniendo cosas aparentemente inconexas, pero, en esta ocasión, como en las otras, bastará con seguir adelante para comprender la vinculación que hay entre las tres cosas.
De niño me divertía mucho cuando mi padre atribuía al "complejo de la gotera" la falta de iniciativa de quienes, en vez de buscarle solución a un problema, sencillamente lo soportan con resignación. El mejor ejemplo era el de un hombre que se sentaba en el amplio portal de su casa en las tardes, a ver pasar la gente o a dejar que el tiempo pasara.
Como el techo del portal era bastante viejo y permanentemente huérfano de reparaciones, cuando llovía aparecía una gotera justo encima de donde nuestro hombre se había sentado. Al sentir la gotera, se limitaba a mover el sillón para no mojarse. Con el tiempo, no quedó espacio en el portal donde no cayeran las necias goteras, y entonces, en vez de reparar el techo, optó por renunciar a la costumbre de sentarse allí.
Lo de la gotera era una comparación con la actitud de las autoridades que recurren a "soluciones" efímeras de los problemas que surgen, sin ocuparse de las causas ni de encontrarles remedio, y sin pensar siquiera en tomar medidas para evitar problemas afines o anejos.
Como recordarán los que ya eran adultos cuando había mecanismos para evitar la estafa menuda (porque para las grandes nunca los ha habido), la alusión a la pesa de la tienda recuerda la forma como respondían las autoridades a la queja de quien denunciaba que había menos de una libra en el cartucho de arroz que le habían cobrado como si fuera una libra. Muchas veces, por cierto, era la edad de las pesas y no el deseo de estafar lo que hacía que el tendero incurriera en la falta, pero como corresponde a todo lo que se vende conforme a una medición, las autoridades enseguida procedían a probar la pesa con una pesa buena para ver si realmente mostraba el peso correcto, y de no ser así, caía la multa y la conminación a repararla o comprar una nueva cuanto antes.
Pues bien, en el asunto de las tarifas de electricidad que nos han estado cobrando desde cuando, aduciendo la consabida falta de eficiencia de las empresas públicas, los globalizadores entregaron las utilidades públicas más rentables a capitales privados extranjeros cuya envidiable eficiencia se comprueba fácilmente con los desmedidos aumentos que han venido sucediéndose ostentosamente.
Las enormes ganancias que producen, exportadas en una sola vía (o en ONE WAY como decíamos en la escuela), representan un drenaje de capitales que se van para no volver y que nunca podrán contribuir al progreso ni al crecimiento de la economía nacional, pero eso no fueron lo único que no tomaron (o no quisieron tomar) en cuenta, porque, como era de esperar en nuestros globalizadores, no importan las estrecheces que en la gran mayoría de los hogares siguen causando los aumentos de la cuenta de luz. En eso de globalizar lo que importa no son los afectados, sino las doradas satisfacciones de sus ejecutores.
Sin embargo, como las cosas llegaron mucho más allá del abuso y de lo inconcebible, y son innumerables los hogares que ahora tienen que pagar dos y tres veces lo que pagaban en 1990, lo único que pudo emerger de los caletres administrativos fueron fallas en el Ente Regulador y ajustes en la incesante exigencia de alzas que las compañías distribuidoras siguen imponiendo alegremente, sin que se sepa por qué. Algunos, más perspicaces, pensaron en la dualidad de las cuentas por generación térmica y generación hidráulica y anunciaron que se harían investigaciones. Pero los aumentos se aprueban y la gente sigue dejando de poner carne en la estufa para poder pagar la luz de la cocina.
A nadie se le ocurrieron dos fórmulas realmente eficaces. La una, con efectos inmediatos, es obtener medidores nuevos, que no sean como los que usan las distribuidoras, y seguidamente llevar a cabo un programa de pruebas selectas en los hogares de los quejosos y también al azar.
Así se comprendería cómo es posible que el suscrito consuma hoy tres y cuatro veces lo que consumía en 1990, sin haber comprado ni un sólo foco nuevo, y cómo, en un mes de febrero, con la casa cerrada durante dieciséis días de hospitalización, la cuenta subió considerablemente porque marcaba un consumo mayor que en los otros meses.
La solución duradera, por cierto, obliga a recordar que, cuando era la Compañía del Canal la que generaba y distribuía electricidad, nunca había apagones y los precios eran realmente irrisorios en comparación con lo que son ahora. Por cierto, no está de más recordar igualmente que las utilidades públicas, como su nombre lo dice, son función del Estado y no de particulares. En efecto, durante la presidencia de Endara, si llegaba al Gabinete una sugerencia de privatización del IRHE y del INTEL, Jorge Rubén Rosas intervenía para advertir que eso sería inconstitucional, por lo que siguieron siendo públicas hasta caer en el ruedo frente a la embestida globalizadora que la constitución de un paisito no iba a frenar.
Soluciones hay. Lo que parece haberse acabado es lo que la liturgia tradicional denomina "hombres de buena voluntad".

101 años de Panamá América

 
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