La gran conjura del narcotráfico
En el informe anual, suscrito en París, el 24 de junio pasado, por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (ONUDC), se hacen importantes revelaciones respecto a uno de los máximos problemas contemporáneos.
Por este trascendental documento se conoce que, en la actualidad y en todo el planeta, 163 millones de personas consumen marihuana, 34 millones anfetaminas, ocho millones éxtasis, 14 millones cocaína y 15 millones opiáceos, entre ellas 10 millones heroína. A este número se debe añadir los centenares de millones de seres humanos que sufren indirectamente los ingratos efectos de estas substancias, por ser familiares de los adictos o inocentes víctimas de este colosal foco de corrupción y de violencia que atenta a los valores substanciales de la humanidad.
Sin excepción, las drogas son perjudiciales para los individuos y las sociedades, presentándose la cocaína y la heroína como las más devastadoras debido a sus componentes químicos y las conexiones que esta ruin industria posee a lo largo y ancho del mundo.
No existe país que se encuentre libre de este azote que nada respeta en su espeluznante accionar y que va, incluso, hasta el vientre materno, cuando la progenitora consume y afecta seriamente la salud física y mental del niño que está por nacer y al que, irresponsable y cruelmente, ya se le ha trazado un camino de pesadilla. ¿Cuál sería el destino de las nuevas generaciones con padres drogadictos? Solamente al abismo de la desventura, familiar y colectiva, conducen estas malhadadas prácticas.
En el informe en referencia, consta Colombia como el país responsable de las tres cuartas partes de la cocaína ilegal en el orbe, habiéndose multiplicado por cinco la producción al respecto, en el lapso comprendido entre 1993 y 1999.
La creciente presencia de heroína es otro elemento de infortunio. Estas informaciones son seriamente preocupantes, en especial para las naciones vecinas, por cuanto junto a la droga se encuentran la corrupción, que constituye el caldo de cultivo para su desenvolvimiento, y la violencia que, por décadas, desangra a la indicada República.
El narcoterrorismo colombiano es uno de los factores adversos de mayor peligrosidad, particularmente para Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y Brasil, cuyas fronteras han empezado a sentir la paulatina y silenciosa penetración de elementos indeseables que actúan en esas repudiables órbitas.
Las FARC se han convertido en otro cartel que tiene su propia industria para la elaboración y expendio de cocaína y heroína, no conformes con brindar protección armada a plantaciones ilegales y rutas prohibidas, a cambio del dinero turbio que, por toneladas, les proporcionan los narcotraficantes.
La heroína y la cocaína colombiana van a Europa, siendo España la puerta de entrada, por la facilidad idiomática y similitudes de otra índole entre Iberia y América Latina.
Igualmente, las conexiones con México son numerosas, especialmente de las pandillas que operan en Sinaloa, Colima, Hermosillo, Tamaulipas y Ciudad Juárez, que se valen de rutas no solamente aéreas, sino también marítimas, terrestres y fluviales, para llevar a cabo sus protervos objetivos, desde territorios sudamericanos hasta los que se localizan en Estados Unidos.
Con satisfacción, se debe resaltar que Bolivia y Perú han rebajado considerablemente la producción de cocaína. En años anteriores, ocupaban los primeros lugares en este incalificable negocio.
Algo que se vuelve necesario puntualizar es el galopante consumo de drogas ilícitas en Latinoamérica. Brasil ocupa un nada recomendable lugar, con los consiguientes efectos en el campo del delito y otras degradaciones. No obstante, los esfuerzos que efectúan los gobiernos para neutralizar al narcotráfico, cuya conjura va en contra de las comunidades nacional e internacional, este flagelo constituye plaga de incalculables dimensiones que, a su vez, genera otros devastadores fenómenos que impactan en la sana convivencia y en el presente y el futuro, singularmente de la niñez y la juventud, que son las más vulnerables a esas torvas y persistentes arremetidas de los apocalípticos jinetes de la droga.
Lo recomendable no es darse por vencidos, la sociedad no puede rendirse ante el crimen. Urge intensificar acciones conjuntas de los países para derrotar al narcotráfico, terrorífico mal de naturaleza transnacional, que se halla ligamentado a otras peligrosas lacras. Caso contrario, las lamentaciones serán estériles y tardías.
Por este trascendental documento se conoce que, en la actualidad y en todo el planeta, 163 millones de personas consumen marihuana, 34 millones anfetaminas, ocho millones éxtasis, 14 millones cocaína y 15 millones opiáceos, entre ellas 10 millones heroína. A este número se debe añadir los centenares de millones de seres humanos que sufren indirectamente los ingratos efectos de estas substancias, por ser familiares de los adictos o inocentes víctimas de este colosal foco de corrupción y de violencia que atenta a los valores substanciales de la humanidad.
Sin excepción, las drogas son perjudiciales para los individuos y las sociedades, presentándose la cocaína y la heroína como las más devastadoras debido a sus componentes químicos y las conexiones que esta ruin industria posee a lo largo y ancho del mundo.
No existe país que se encuentre libre de este azote que nada respeta en su espeluznante accionar y que va, incluso, hasta el vientre materno, cuando la progenitora consume y afecta seriamente la salud física y mental del niño que está por nacer y al que, irresponsable y cruelmente, ya se le ha trazado un camino de pesadilla. ¿Cuál sería el destino de las nuevas generaciones con padres drogadictos? Solamente al abismo de la desventura, familiar y colectiva, conducen estas malhadadas prácticas.
En el informe en referencia, consta Colombia como el país responsable de las tres cuartas partes de la cocaína ilegal en el orbe, habiéndose multiplicado por cinco la producción al respecto, en el lapso comprendido entre 1993 y 1999.
La creciente presencia de heroína es otro elemento de infortunio. Estas informaciones son seriamente preocupantes, en especial para las naciones vecinas, por cuanto junto a la droga se encuentran la corrupción, que constituye el caldo de cultivo para su desenvolvimiento, y la violencia que, por décadas, desangra a la indicada República.
El narcoterrorismo colombiano es uno de los factores adversos de mayor peligrosidad, particularmente para Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y Brasil, cuyas fronteras han empezado a sentir la paulatina y silenciosa penetración de elementos indeseables que actúan en esas repudiables órbitas.
Las FARC se han convertido en otro cartel que tiene su propia industria para la elaboración y expendio de cocaína y heroína, no conformes con brindar protección armada a plantaciones ilegales y rutas prohibidas, a cambio del dinero turbio que, por toneladas, les proporcionan los narcotraficantes.
La heroína y la cocaína colombiana van a Europa, siendo España la puerta de entrada, por la facilidad idiomática y similitudes de otra índole entre Iberia y América Latina.
Igualmente, las conexiones con México son numerosas, especialmente de las pandillas que operan en Sinaloa, Colima, Hermosillo, Tamaulipas y Ciudad Juárez, que se valen de rutas no solamente aéreas, sino también marítimas, terrestres y fluviales, para llevar a cabo sus protervos objetivos, desde territorios sudamericanos hasta los que se localizan en Estados Unidos.
Con satisfacción, se debe resaltar que Bolivia y Perú han rebajado considerablemente la producción de cocaína. En años anteriores, ocupaban los primeros lugares en este incalificable negocio.
Algo que se vuelve necesario puntualizar es el galopante consumo de drogas ilícitas en Latinoamérica. Brasil ocupa un nada recomendable lugar, con los consiguientes efectos en el campo del delito y otras degradaciones. No obstante, los esfuerzos que efectúan los gobiernos para neutralizar al narcotráfico, cuya conjura va en contra de las comunidades nacional e internacional, este flagelo constituye plaga de incalculables dimensiones que, a su vez, genera otros devastadores fenómenos que impactan en la sana convivencia y en el presente y el futuro, singularmente de la niñez y la juventud, que son las más vulnerables a esas torvas y persistentes arremetidas de los apocalípticos jinetes de la droga.
Lo recomendable no es darse por vencidos, la sociedad no puede rendirse ante el crimen. Urge intensificar acciones conjuntas de los países para derrotar al narcotráfico, terrorífico mal de naturaleza transnacional, que se halla ligamentado a otras peligrosas lacras. Caso contrario, las lamentaciones serán estériles y tardías.