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La gran decepción


Teniendo en cuenta que desde que se inició el actual episodio inflacionario, aproximadamente en agosto de 2006, el costo de los alimentos y bebidas se ha incrementado, de acuerdo a datos de la Contraloría General de la República, en cerca del 32%, mientras que el valor de la canasta básica alimenticia del Ministerio de Economía y Finanzas mostró para el mismo período un aumento de 29%, no es de extrañar que una buena parte de la población asalariada tuviera puestas sus esperanzas en la posibilidad de un aumento salarial decretado por el gobierno. Se trata, desgraciadamente, de una esperanza que cae bajo el peso de la decepción que produce la reciente decisión gubernamental sobre el tema.

Para comenzar es una disposición excluyente ya que al referirse exclusivamente al salario mínimo, deja sin ninguna compensación por el efecto de la inflación a los cerca de 746 mil asalariados que tienen un salario superior al mínimo, así como a los 448 mil trabajadores no asalariados del país. También, por razones inexplicables, se excluyeron de los beneficios decretados a todos los empleados públicos que apenas ganan el salario mínimo. En segundo lugar, es un incremento insuficiente para prácticamente la totalidad de los empleados que reciben el salario mínimo. Esto queda claro si se tiene en cuenta que el incremento promedio decretado por el gobierno, que alcanza al 18.7%, se encuentra entre 10 a 14.3 puntos porcentuales por debajo de lo que, de acuerdo a las propias cifras oficiales, sería necesario para apenas subsanar el incremento en el costo de los alimentos. El gobierno con su decisión ha condenado a los asalariados a asumir una pérdida permanente y muy significativa en su nivel de consumo alimentario. Más aún, la reiterada inacción del gobierno para controlar los precios de los bienes básicos llevará a que este magro aumento termine en las manos de los comerciantes especuladores.

En tercer lugar, dada la forma en que se diseñó el mecanismo, donde en cada una de las dos zonas se tienen cerca de 50 salarios mínimos distintos, ha venido a generar una mayor diferenciación entre asalariados, aún cuando estos tengan las mismas necesidades y ejerzan trabajos y esfuerzos semejantes. Es así por ejemplo que un trabajador de un supermercado que realice una tarea similar a la de un conserje de un edificio tendrá un incremento que apenas alcanza a un poco más de la mitad del que recibe este último. Es inconcebible, además, que algunos trabajadores del campo reciban un aumento salarial que no llega ni siquiera al 5%. Esto provocará la presencia de incentivos perversos que se expresarán, entre otras cosas, en la aceleración de la migración campo ciudad. Todo esto nos lleva a concluir que el actual gobierno, más allá de lo que presenta su estridente propaganda de corte comercial, carece de la sensibilidad social y del manejo conceptual necesario para solucionar los graves problemas que sufre la población.

101 años de Panamá América

 
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