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La guerra: de bombas, de información y otras


¿Cómo va el partido?... Mal, para ambos lados. Los dos están perdiendo: Kabul, la capital afgana que ya estaba destrozada en dos terceras partes de su infraestructura, está siendo reducida a cenizas. Militarmente hablando, las grandes bombas inteligentes para destruir lo están haciendo admirablemente. Están acabando con el resto de esas paredes y muros viejos, que por miles de años han sido sacudidos por guerras. Si han o no matado jefes talibanes, es harina de otro costal
El embajador Talibán en Pakistán, ya toda un estrella de televisión, sale a cada rato, y le saca la lengua a los gringos para mantenerse en condiciones, todo el tiempo acompañado del Mulá Omar. Pero, el mismo día, CNN, un poco obligada por la censura velada de prensa por razones militares, nos dice en la voz de sus corresponsales en la línea del frente: "Aviones de Estados Unidos (EU) bombardearon por 12" día la capital afgana y las ciudades de Kandahar, etc., penetrando en sus ruinas y arruinándolas más...". En ese sentido, el triunfo de occidente (todos nosotros se supone) es determinante. ¿Y esa es toda la guerra? Para nada. Hay otros factores, veamos:
Con unas docenas de personas que resultaron positivas al ántrax y una media docena, lamentablemente, de fallecidos por el mal, pareciera que EU, e incluso nuestros países, viviese una epidemia de ántrax, y es tal la psicosis colectiva occidental que francamente bin Laden y otros secuaces deben estar muertos de la risa, por lo menos antes de que los maten las bombas o los "Rangers" que piensan (bastante) ir a buscarlo. La guerra psicológica, aunque la lanzan de ambos lados, la están ganando sobradamente los terroristas.
Se dieron el tupé de dejar sin sesiones el Congreso de Estados Unidos un par de días. ¿Nos imaginábamos eso antes de aquel fatídico 11 de septiembre?... Para nada. Y hay una guerra peor, por una razón mucho peor: la de la ignorancia. Cuando veo programas, como el de este pasado domingo 21 de octubre, en el canal SUR, en un panel de análisis de Bolivia (lástima que no anoté el nombre del conductor, con barba, fabuloso), me siento orgulloso de ser latinoamericano: mucho más profundidad, mucho más rescate en la discusión generosa de los antecedentes históricos, culturales, filosóficos, religiosos, políticos, sociales, de toda esa trama. Un panelista de formación marxista, penetrante, y un intelectual cristiano de sólida base académica, nos hicieron transitar por un recorrido magistral de ese choque cultural-filosófico que vivimos desde hace miles de años. Entre otras frases inmensas en sus explicaciones, nos recordaron que: "los grandes cambios de la sociedad mundial han avenido a nosotros con enormes guerras y matanzas, como la de los españoles y portugueses en la masacre infinita de indígenas en la América"; y que ese Oriente, que vemos con turbantes, moscas, niños y ancianos andrajosos y muertos de hambre, nos están recordando la tremenda injusticia de un desarrollo industrial y tecnológico, que si no en todo, en buena parte se hizo con el saqueo de las colonias orientales por los imperios occidentales...". Pero, se concluía sabiamente, no es el tiempo de eslogan marxistas de que "todos los vicios del mundo se deben al capitalismo salvaje" como le llamaba un gran Papa, ni tampoco de que "todos los terroristas del mundo sean árabes e islámicos".
Nos decían esos panelistas, inmensamente cultos frente a la superficialidad común y casi generalizada de los programas que nos mandan de EU (no del todo, porque he escuchado tremendos catedráticos de Estados Unidos exponiendo, que ya casi los sacaron de escena), que "este no es tiempo de ; es tiempo de pensar, de cambios individuales antes de estar pidiendo que cambie el mundo, de hacer ajustes a nuestras vidas, de revisiones a lo interno, y de cada uno de nosotros, antes de criticar a Bush o a bin Laden, que veamos la viga en nuestros ojos en vez de mirar la paja en el ojo ajeno. Esa viga de nuestros ojos, nos pueden hablar de cosas, aparentemente tan triviales y sencillas como estas preguntas: ¿Cómo va la guerra de la incomunicación con nuestros hijos, hermanos, vecinos?... ¿Qué hacemos además de darnos rapidito y con escasa calidez las manos en los momentos de la paz en la misa, por fortalecer nuestra relación comunitaria?...¿Cuánto le pagamos a nuestras empleadas y cuántas horas trabajan al día?... ¿Damos paso a los peatones cuando vamos en nuestros carros bien refrigerados y los vemos, agitados y tensos, buscar uno de esos buses, descuidados y horribles...? Etc. Y esa guerra es la guerra diaria, la que probablemente todos estemos perdiendo. Si las cosas siguen así, ¿de repente da lo mismo que se acabe el mundo o que siga existiendo esta guerra permanente entre nosotros. Pero, ojo, si podemos cambiar el mundo; si cambiamos un poquito nosotros, el resto vendrá por añadidura, como dijo ese Hombre que no queremos voltear a ver, a pesar de que todos lo llevemos en nuestras camisetas.

101 años de Panamá América

 
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