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La guerra: ¡Horror de horrores!


Los humanos tenemos la enfermiza fascinación de disfrutar de espectáculos tétricos; así he estado desde que se inició otra maldita guerra. Repentinamente, algo que vi en la pantalla me hizo despertar de la hipnosis del televisor. Ello ocurrió cuando CNN mostró las horrorosas escenas de un hospital en Bagdad. Se trataba de un pobre niño de unos 4 ó 5 años de edad, quien lloraba desesperadamente. Tenía su pequeño cráneo totalmente vendado y lloraba, lloraba de dolor, lloraba de miedo, lloraba pidiendo el consuelo de algún ser querido. De pronto, cuando observé esa pobre imagen de sufrimiento, primero por humanidad y luego porque esa carita me recordaba la de uno de mis pequeños nietos (tengo 14), mi alma se inundó de una profunda y dolorosa sensación de compasión.
Dos lágrimas asomaron en mi rostro sin que las pudiera contener, lágrimas que me quemaban las mejillas. No aguanté más y desvié mi mirada del televisor. Unos segundos más tarde, volví a prestar atención a CNN. La escena ahora era igualmente horrible. Escuché tremendas detonaciones acompañadas por unas horribles bolas de fuego color naranja brillante, seguidas por enormes columnas de humo. La ciudad de Bagdad parecía estar envuelta en llamas; algo volvió a impresionarme tanto, que sentí un escalofrío por la espalda. ¿Porqué me encontraba tan emotivo? ¿Qué recuerdo del pasado me traían esas lágrimas y esas bolas de fuego anaranjado?
222 En verdad, debiéramos los panameños meditar sobre nuestras realidades y orar porque la guerra termine pronto, antes que arrastre a la humanidad a otros conflictos.
¡Oh sí! Ya lo recuerdo; fue la noche del 20 de diciembre de 1989, la noche que falleció mi querido y anciano padre, Pedro José Ameglio (97), q.e.p.d.. Allí estábamos algunos familiares, mis hermanos Pedro, Jorge y Leonardo, y tres de mis hijos, Francisco, Juan y Marco. Yo regresaba de un viaje de negocio en Estados Unidos. Después de recoger mi equipaje, en el camino del aeropuerto hacia la ciudad, los hijos me comunicaron la infausta noticia. No lo podía creer, mi padre era longevo; pensábamos que estaría con nosotros algunos años más. El Señor dispuso llevárselo, se lo llevó rápido como él quería morir. Al llegar a la casa, besé y abracé el cadáver de mi padre. "Papá, te fuiste sin despedirte", le dije acongojado, y empezaron a rodar por mis mejillas esas candentes lágrimas que queman. ¿Quién dice que los hombres no lloran?
Un poco más tarde, cerca de la medianoche, oímos fuertes explosiones y corrimos al balcón a ver qué ocurría. Desde allí observamos horrorizados unas enormes bolas color naranja brillante, seguidas por imponentes columnas de humo negro. Eran las mismas bolas de fuego que tanto horror me causaron al mirarlas por medio de CNN. Aquella noche, la impresión fue tal que de momento olvidamos nuestro difunto, pero unas palabras de Marco me volvieron a la realidad: ¡Papi, mira qué noche escogió el nonno (abuelo) para viajar a la eternidad!
Volviendo a la guerra, contrastan esos violentos sucesos con la tranquilidad que aquí disfrutamos. En verdad, debiéramos los panameños meditar sobre nuestras realidades y orar porque la guerra termine pronto, antes que arrastre a la humanidad a otros conflictos.
Por último y lo más importante, debemos agradecer al Todopoderoso por la paz que reina en nuestro país. Reconozcamos y aprovechemos también las oportunidades que aquí se nos brindan. Sólo unidos podremos enrumbar nuestro pequeño país por los caminos del progreso que todos añoramos. ¡Seamos positivos!
Acabo de cumplir 75 años, y sigo viendo mi país como lo que es y como lo veía mi padre hasta el último de sus días cuando afirmaba: "¡Panamá es una tacita de oro!"

101 años de Panamá América

 
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