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La guerra: olor, sabor, dolor


Antes era solo a los varoncitos a quienes nos deslumbraban colocándonos revólveres de juguetes en navidades. Para las niñas, muñequitas, platos y tacitas, para su femineidad de madres y amas de casa potenciales. Hoy vemos los rostros frecuentes de niñas y mujeres jóvenes en el negocio negro y diabólico de la guerra.
Ayer, a la guerra, dolorosa siempre, se podía ir por ideales, por banderas, amor a la tierra, y por ello ese oficio o necesidad significó honor, gloria, duelo simbólico, respetado y respetable. Hoy, rufianes desalmados, de cuello y corbata unos, aprendices de mercenarios otros, traficantes todos del dolor ajeno, negocian con armas y drogas, envolviendo con su tufo apestoso, llenos de codicia, a sociedades enteras que nos hemos quedado paralizados, sin respuestas básicas. Todo por esa desalmada manera de hacer dinero a como dé lugar. Esos hijos de Satanás no tienen nacionalidad, se juntan sin importarles razas, edades, nacionalidades. Corrompen y sobornan a cualquiera que no tenga el suficiente balance espiritual; porque las lecciones de ética de padres y abuelos valen cada vez menos, ante la máquina de dólares.
Cuando los informes recientes nos traen la noticia de que hubo ya una fugaz escaramuza, no por lo breve menos significativa, entre nuestros policías y alguna banda de mercenarios, colombianos en apariencia; no podemos menos que dar nuestra opinión, en este Panamá en que nadie se cree ni la señal de la cruz que se haga otro, no importa de qué bando político sea. No le creemos a nadie, no nos creemos ni nosotros.
A los 16 años toqué una ametralladora de origen checoslovaco en las aulas frías de Lima, dentro de un colegio militar. Me pareció tremenda esa Z-B-30, que hoy debe estar en museos, frente a la capacidad de fuego y liviandad de las armas modernas. Un helicóptero de combate de nueva generación, como los que masacraron en 1989 a humildes panameños engañados por un general que militarmente no llegaba ni a cabo en valor, ese artefacto aéreo tiene el poder de fuego de una compañía de fusileros standard.
Por ello, cuando leo que a una escuadra (o como le llamen hoy en la aparente psicosis antimilitaristas hipócrita -porque les encantan los uniformes gringos) de policías nacionales medio entrenados en una ACAPOL (o como le digan) hechos para perseguir carteristas en Calidonia o poner boletas de tránsito; que esos humildes panameños, mal pagados y adiestrados intercambian fuego con unos narcoguerrilleros, me ocasiona honda preocupación y dolor. Porque quiere decir que ya la guerra no está en el otro lado, en el colombiano, está aquí mismo. Y lamentablemente a esa señora despiadada, la muerte diabólica no le gusta que le despidan cuando llega. Esos hombres, seguramente en su mayoría gentes entre 20 y 30 años, con las ilusiones frescas todavía, con madres, novias e infantes aguardándolos, no están listos para esas faenas ; gracias a Dios. Y ojalá que jamás estuviesen listos para ello. Lamentablemente como los ministros y directores altos, ni los jefes uniformados grandes, van a la línea de peligro, porque los políticos y estrategas se quedan atrás, ellos pronto tendrán que ingresar a probar y sufrir el sabor y dolor de esa cosa, espeluznante, pero atrayente, aterradora, y al mismo tiempo, embriagadora.
La patrulla de 14 unidades se topó a cien metros, frente a frente, a distancia de un Smith and Wesson, a siete paramilitares, dicen la nota de prensa. No llevaba revólveres y toletes. Esos "policías pata-podrías", hechos para vigilar delincuentes en la muy indefensa ciudad, no portaban pito y tolete, llevaban, dice la información periodística que es la única que casi tenemos, Lanzacohetes RPC-7, ese artefacto que nos heredaron los americanos, del arsenal oriental que quedó dando vueltas, porque es de menos calidad que el de ellos; además de armas automáticas de guerra. Ese RPG-7, anticuado hoy, sirve no obstante para el combate anti personal (matar gente) y el anti-blindado (contra tanques o cocodrilos viejos de cuero duro). "Después de tres a cinco minutos de disparos los paramilitares huyeron", nos reporta nuestro cálido corresponsal de guerra, furibundo antimilitarista, pero seguramente al borde de un acto erótico ante ese tipo de aventuras, donde su niño emocional (y el de cualquiera), se vuelven otra vez infante cerca de los juguetes de guerra. Del mismo modo que se emocionan los del FER marchando con bandas militares. Y, dolorosamente, así comienzan esas cosas, esas guerras; y cuando nos acostumbramos a ellas, como en Colombia y Venezuela, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Perú y otras patrias hermanas, estamos absolutamente perdidos. Hoy, una "bobería de esas en que ni muertos ni heridos se suscitaron". Mañana tres cuerpos de policías pobres en bolsas negras. La conmoción momentánea, la presidencia y el ministro en el cortejo, abrazando a las madres, esposas y hermanas desgarradas. Y más allá, pasado el pasado mañana, ya no es noticia. La muerte diaria se convierte en tu huésped permanente. "En Colombia cualquier refriega de diez muertos para abajo ni siquiera lo reportamos", me explicaba una periodista catriboliada. ¿Por qué? -le pregunté. "Hay varias razones: para mí, hay tantos muertos al día en esas vainas, que periodísticamente hablando perdería mi tiempo, porque no convenzo al editor. Por otra parte, si buscamos la excusa, le damos mayor notoriedad a los narcoguerilleros. Y en Colombia, si bien no creemos en el show de Pastrana y su paz, tampoco creemos en ninguna ideología guerrillera, ni en santificaciones o satanizaciones de nadie. Todo es el mismo guacho. Caos"...Esa fue la contestación. ¿Está eso muy lejos de Panamá?... No lo creo.
¿Y a dónde quiere ir usted señor?... Podrían preguntarme con razón los lectores. A ningún lado por lo pronto. Yo soy el que no sabe a donde va eso. ¿Necesidad de gringos?... No necesariamente. Ni tampoco de rechazar un acuerdo moderno, digno, respetuoso y responsable, tipo España, amoldado a nuestra realidad. Lo que sí creo, lo que sí postulo es que en vista de que estamos encantados de ser democracia de verdad, tengamos alguna soberanía de verdad. Que no espanten a nuestros niños de las escuelas de la frontera darienita y kuna esos forajidos. Y para ello, no bastan revólveres y machetes. Porque lo que cargan de aquel lado es mucho más grueso, sofisticado, en una guerrilla irreverente que porta celulares y chequeras para comprar no sólo coca y armas, sino almas. De los más pintados. Y encorbatados. Todos, absolutamente todos, no sólo los funcionarios, tenemos el deber de enrolarnos moralmente en el ejercicio nacional contra ese vómito que nos llega de afuera, y que pretende adoptar nuestra nacionalidad.
Larguemos esa guerra de aquí, ya. No la dejemos que entre. Sin politiquerías baratas.

101 años de Panamá América

 
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