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La herencia fatal de dos caudillos


Un tanto interesados en el desenlace del juicio al Presidente de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, los panameños no hemos puesto atención al final indignante del balaguerato en República Dominicana.
Siempre sujeto a las trapisondas de dos ancianos caudillos que están convencidos de que la República Dominicana es el rancho "J.B" propiedad de Joaquín Balaguer y de Juan Bosch, estos dos caudillos han gravitado sobre el destino de Quisqueya con una obstinación abominable.
Excluidos de nuevas maniobras fraudulentas por la enmienda constitucional que eliminó la reelección y limitó a dos años el mandato espurio del más viejo de los dos ancianos, Balaguer, aceptaron el Acuerdo de Santo Domingo, metieron en su texto la segunda vuelta y se trazaron un plan conjunto para bloquear de todas maneras a José Francisco Peña Gómez, de 59 años, enfermo y cargando con la que pareciera su derrota final.
Pues bien, Balaguer volcó en los meses que le quedaban todos los recursos del Estado en la campaña electoral, dejó de cumplir obligaciones, contrajo nuevas deudas, y pretendió que el nuevo mandatario Leonel Fernández Reyna aceptara un informe, una rendición de cuentas amañadas para despedirse con una etiqueta de falsa honestidad.
Balaguer abandonaba todas las noches su residencia en la Avenida Máximo Gómez, regalo del generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva, y se dirigía al Palacio Nacional para recibir los saldos del ingreso diario que le proporcionaban el Director de Aduanas y el Director de Rentas Internas, anotaba en un cuaderno las cifras y repartía el dinero entre las instituciones públicas y los contratistas privados y también entre los grupos de adulones que hacían cola en su antedespacho reclamando prebendas. Esta era la metodología administrativa y el concepto del manejo de los fondos públicos de este nonagenario sin amnistía posible.
Desde esta semana, un asistente presidencial lleva cuidadosamente la lista de las audiencias en un pequeño salón, adjunto al despacho de Fernández.
El informe sobre las empresas estatales, publicado a grandes titulares es una página grotesca, que quema a indignación y al enjuiciamiento de toda la corte celestial que detentó el poder hasta aquel viernes 16 de agosto.
"Los corsarios han pasado por la Corporación Dominicana de Empresas del Estado" dicen algunos diarios, las radioemisoras y los canales de TV se dan por enterados al cabo de los años del saqueo sistematizado de la pandilla que se consolidó desde la década de los 60 con una brutal represión que costó la vida de más de un centenar de jóvenes idealistas que luchaban por un cambio profundo en las estructuras coloniales de su país.
Para justificar las coimas, comisiones o como querramos llamarlas, se consignaba la compra de un mismo producto por varias veces. Los aviones de la Compañía Dominicana de Aviación fueron vendidos tres o cuatro veces. Los préstamos que se gestionaban en el exterior para la adquisición del equipo necesario, que permitiría la ampliación del suministro eléctrico en razón del aumento del consumo, se esfumaron en más de una ocasión, yendo a parar a los bolsillos del círculo íntimo conocido como el "Anillo Presidencial".
El procurador general Abel Rodríguez afirmó que "se acabó la componenda, el amiguismo, el apoyo a la delincuencia; todo eso se acabó".
El país acumuló en la francachela del arranque más de 13 mil millones de dólares de deudas, declarado de alto riesgo para financiamientos y préstamos de cualquier tipo y como si fuera poco, el joven mandatario sólo cuenta con un senador y apenas 12 diputados, minoría alarmante que no le dará mucha tregua para la aprobación de las medidas urgentes que reclama el pueblo hambreado, sin esperanzas de Quisqueya.
Tan grave es la crisis que muchas instituciones oficiales como Recursos Hidráulicos no disponen de un peso para pagar su planilla de personal.
Fernández Reyna se precipitó al pacto de la victoria, olvidando que en toda su carrera Balaguer jamás tuvo un gesto solidario, ni apoyó a nadie. El, siempre él. Vivió y morirá en primera persona. Habrá que alumbrar la capital que soporta apagones de 12 horas diarias hace muchísimo tiempo. Que dotar de un nuevo acueducto a la ciudad primada de América, para terminar con el suministro de agua contaminada de residuos fecales, que incrementar las unidades del transporte colectivo y reformar integralmente todos los niveles de la educación, y de la rudimentaria agricultura.
Además, tendrá que enfrentar unas Fuerzas Armadas acostumbradas al contrabando y los negocios turbios, que alimentaban la incondicional lealtad que sirvió de sustentación a este régimen abominable. El Caribe no escapa a la turbulencia, a la oleada cíclica de los bribones y los demagogos. En República Dominicana, la herencia fatal de Juan Bosch con su fingida oposición y la rapacidad y el cinismo senil de Joaquín Balaguer tendrán que ser sancionados por los tribunales de justicia, si es que el cambio anhelado por todos se va a concretar. A la cárcel, los rufianes, los simuladores, los prepotentes y los cínicos, que dejen el camino libre al renacer de nuestros pueblos caribeños.

101 años de Panamá América

 
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