La hipótesis Martinelli
No se trata de lo que diga públicamente el Primer Mandatario, ni de lo que piense en privado. Se trata de la manera cómo su equipo de gobierno justifica una serie de acciones. Es la manera en que sus acólitos, sus simpatizantes, representan el país. La hipótesis es muy sencilla: el país estaba tomado por la corrupción y por eso no se pueden respetar formalismos ni procedimientos, por muy constitucionales que sean; así que hay que priorizar la acción de “limpieza” en las oficinas del Estado. ¡Qué pena que haya que forzar un poco la manera correcta de hacerlo! Desde este punto de vista, el que llame la atención sobre el abuso en el ejercicio del poder que se pudiera estar cometiendo hoy, se ha convertido en un aliado de la corrupción. Estas dos simplezas, digámoslo sin ambages, son gravemente dañinas para la democracia. Los problemas de corrupción solo se corregirán con el estricto cumplimiento del Estado de derecho. La justicia se hace caso por caso y tras el largo y difícil camino de recorrer todas las etapas de un proceso judicial. No hay atajos cuando se trata de hacer justicia. También es muy importante reclamar, como lo hicimos durante el gobierno anterior –y todos los anteriores- la libertad de opinar en sentido diferente al que expresan las autoridades, sin ser objeto de descalificaciones de ningún tipo. El país debe resistir la caída en el silencio que producen las tácticas del miedo y las estrategias de intimidación que se ponen en práctica desde el sillón del Estado.