La historia se repite
En la película “Lo que el viento se llevó” se presenta una escena que no por ser novelesca dejó de tener cierto valor histórico. La cinta cinematográfica empieza cuando los grandes terratenientes del sur de Estados Unidos discuten sobre la absolución de la esclavitud decretada por Lincoln; y se hablaba de declarar la guerra al norte, y hasta de independencia de la Unión estadounidense.
En esos momentos piden la opinión a un hombre que acababa de llegar del norte y tenía una gran experiencia mundana por su modo de ver las cosas en el país; se trataba del personaje Rhett Butler, quien preguntó si el Sur tenía fábricas de armamentos y de equipos bélicos para resistir una guerra que podría durar años; y que si al fin podrían ganarla a los del norte que sí estaban preparados.
En eso entra en escena un joven (casi un adolescente) que reta el personaje a un duelo, diciéndole que era un cobarde y que trataba de desalentarlos...Rhett Butler se retiró, y el muchacho dijo: “Sabía que era un cobarde...”; pero el dueño de la casa le replicó por lo bajo: “No quiso abusar de ti, es el mejor tirador del sur”.
Y se declaró la guerra contra el norte; y el muchacho gritaba jubiloso: “¡Vamos a la guerra, vamos a la guerra!”
Después de los primeros combates, reportaron que entre los muertos estaba el pobre muchacho, pero que no había muerto en combate sino de una extraña enfermedad nerviosa (léase miedo).
Dicen que la historia se repite; y yo he querido ver en ese pobre muchacho la reencarnación del severo patricio romano Catón el Censor, aquel que se obsesionó con la idea de que Cartago debía ser destruida.
Delenda est Cartago, palabras con las que terminaba todos sus discursos cualquiera que fuera su asunto. Y Cartago, la floreciente y poderosa ciudad fundada por los fenicios en Africa, fue destruida por los romanos, casi para complacer al Censor por sus repetidos discursos apasionados.
Se sabe, psicológicamente hablando, que desde la época de las cavernas, la debilidad, el egoísmo, la brutalidad de los hombres, hicieron estragos como las pestes y el hambre.
La voluntad destructiva del hombre es ilimitada...Los hombres siempre son los mismos.
Saltándonos siglos, llegamos a nuestros días. Ahí los Bush, padre e hijo, desde el país más poderoso del planeta, obsesionados con destruir a Bagdad. No pudieron, sobre todo el junior, probar que el tirano de Bagdad preparaba formidables armas de destrucción masiva contra su país, ni que había estado involucrado en el horrendo crimen del 11 de Septiembre. De nada sirvió la campaña pacificadora de las Naciones Unidas ni la opinión de los sabios de la tierra: Bagdad debe ser destruida...Convertido en un Catón redivivo decía: ¡Delenda est Bagdad!
Los Bush no veían otra solución que destruir las ciudades donde se ocultaban sus enemigos (Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein).
¿Cuándo se apagará el incendio que Bush provocó en Irak? “Un acto de justicia permite cerrar un capítulo; un acto de venganza escribe un capítulo nuevo”, dice una periodista estadounidense.
La historia se repite ...sí, y la estupidez también.
Ahora sólo falta que Bush muera de miedo, como el pobre muchacho de Lo que el viento se llevó.
“Nada hay tan peligroso como un amigo estúpido”.
(La Fontaine)
En esos momentos piden la opinión a un hombre que acababa de llegar del norte y tenía una gran experiencia mundana por su modo de ver las cosas en el país; se trataba del personaje Rhett Butler, quien preguntó si el Sur tenía fábricas de armamentos y de equipos bélicos para resistir una guerra que podría durar años; y que si al fin podrían ganarla a los del norte que sí estaban preparados.
En eso entra en escena un joven (casi un adolescente) que reta el personaje a un duelo, diciéndole que era un cobarde y que trataba de desalentarlos...Rhett Butler se retiró, y el muchacho dijo: “Sabía que era un cobarde...”; pero el dueño de la casa le replicó por lo bajo: “No quiso abusar de ti, es el mejor tirador del sur”.
Y se declaró la guerra contra el norte; y el muchacho gritaba jubiloso: “¡Vamos a la guerra, vamos a la guerra!”
Después de los primeros combates, reportaron que entre los muertos estaba el pobre muchacho, pero que no había muerto en combate sino de una extraña enfermedad nerviosa (léase miedo).
Dicen que la historia se repite; y yo he querido ver en ese pobre muchacho la reencarnación del severo patricio romano Catón el Censor, aquel que se obsesionó con la idea de que Cartago debía ser destruida.
Delenda est Cartago, palabras con las que terminaba todos sus discursos cualquiera que fuera su asunto. Y Cartago, la floreciente y poderosa ciudad fundada por los fenicios en Africa, fue destruida por los romanos, casi para complacer al Censor por sus repetidos discursos apasionados.
Se sabe, psicológicamente hablando, que desde la época de las cavernas, la debilidad, el egoísmo, la brutalidad de los hombres, hicieron estragos como las pestes y el hambre.
La voluntad destructiva del hombre es ilimitada...Los hombres siempre son los mismos.
Saltándonos siglos, llegamos a nuestros días. Ahí los Bush, padre e hijo, desde el país más poderoso del planeta, obsesionados con destruir a Bagdad. No pudieron, sobre todo el junior, probar que el tirano de Bagdad preparaba formidables armas de destrucción masiva contra su país, ni que había estado involucrado en el horrendo crimen del 11 de Septiembre. De nada sirvió la campaña pacificadora de las Naciones Unidas ni la opinión de los sabios de la tierra: Bagdad debe ser destruida...Convertido en un Catón redivivo decía: ¡Delenda est Bagdad!
Los Bush no veían otra solución que destruir las ciudades donde se ocultaban sus enemigos (Noriega, Bin Laden, Sadam Hussein).
¿Cuándo se apagará el incendio que Bush provocó en Irak? “Un acto de justicia permite cerrar un capítulo; un acto de venganza escribe un capítulo nuevo”, dice una periodista estadounidense.
La historia se repite ...sí, y la estupidez también.
Ahora sólo falta que Bush muera de miedo, como el pobre muchacho de Lo que el viento se llevó.
“Nada hay tan peligroso como un amigo estúpido”.
(La Fontaine)