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La Iglesia no se sabe confesar


Refiriéndose al escándalo que estremece la Iglesia Católica en Estados Unidos, el arzobispo José Dimas Cedeño ha criticado a los medios de comunicación extranjeros por resaltar los hechos negativos y omitir las acciones positivas de muchos de los sacerdotes. Aseguró el arzobispo que se ataca a la Iglesia en un intento de debilitarla porque defiende la familia y los pobres de la injusticia (El Panamá América 29 de marzo 2002).
Como he leído durante varios meses los reportajes y comentarios publicados por los diarios The New York Times, Boston Globe y Los Angeles Times, sobre los abusos sexuales incurridos por sacerdotes enfermos en Estados Unidos, puedo asegurarle al arzobispo que está equivocado. Aquellos diarios, los principales en reportar el desarrollo del escándalo, han transmitido las quejas de las víctimas tanto por el abuso sexual perpetrado por sacerdotes como por la política seguida por algunos obispos en las diócesis donde se dieron los actos porque permitió que los sacerdotes abusadores siguieran perpetrando sus infamias. Han presentado un cuadro balanceado en sus reportajes al incluir las palabras de los prelados y fieles que defienden la posición adoptada por los obispos involucrados, así como el hecho de que tan deplorable comportamiento se ha visto en otras religiones. Además, han publicado artículos de opinión, sobre el tema, escritos exclusivamente por columnistas católicos devotos.
Por lo menos desde 1986, en California, Florida, Louisiana, New York, Massachussetts, New Hampshire, New Mexico y Vermont, se han dado cientos de casos de sacerdotes y obispos enfermos que han abusado sexualmente de menores. Cuando los abusados se quejaron privadamente ante los obispos, dichos prelados llegaron a acuerdos secretos con las víctimas, pagándoles grandes sumas en compensación pero con la condición de que no revelaran ni el abuso ni las sumas que recibieron (se calcula que en los últimos 20 años han pagado más de $600 millones a las víctimas de abuso sexual). Además, los obispos han trasladado a los sacerdotes acusados de abuso sexual a otras diócesis o parroquias, sin informar al clero o a los nuevos parroquianos de su historial, permitiendo así que los enfermos continuaran impunemente con sus deplorables comportamientos. En New Mexico se descubrió en 1993 que, por mucho tiempo, varios sacerdotes habían abusado de menores pero el arzobispo nada había hecho ante las quejas de las víctimas y sus familias. Cuando uno de los abusados acusó a un sacerdote públicamente en la prensa, se destapó no solo este escándalo sino también el hecho de que el mismo arzobispo tenía desde hacía años relaciones sexuales con una joven de una de las mejores familias del estado.
La Iglesia es responsable por este escándalo por cuanto ha cometido varios errores tratando de proteger la reputación de la institución. El primer error fue ocultar el abuso sexual perpetrado por sacerdotes enfermos imponiendo silencio a las víctimas. El segundo error fue trasladar a los sacerdotes enfermos a otras parroquias y diócesis bajo circunstancias que les permitía seguir abusando de una juventud que confiaba en ellos. El tercer error lo están cometiendo ahora algunos prelados al tratar de desviar la responsabilidad que le incumbe a la Iglesia. Por ejemplo, el canciller de una diócesis trató de echar tierra a los abusos sexuales de un sacerdote enfermo alegando que se trataba solamente de una "indiscreción". Un obispo trató de justificar su propio comportamiento refiriéndose al ambiente de experimentación sexual que prevalecía en la década de los "70. En el Vaticano, en la conferencia de prensa del 21 de marzo cuando el cardenal Darío Castrillón Hoyos reveló las tres líneas en una carta de 22 páginas al clero del mundo en las cuales el Papa Juan Pablo II lamentaba el escándalo, a título personal el cardenal trató de culpar a la cultura estadounidense por los abusos sexuales de los sacerdotes, haciendo caso omiso al hecho de que las mismas denuncias se han hecho en Polonia, Francia e Irlanda (Maureen Dowd, The New York Times 24 de marzo 2002).
Aún cuando es cierto que la mayoría de los sacerdotes y miembros de la jerarquía eclesiástica admiten los errores cometidos por la Iglesia y los deploran tal como hizo el 26 de marzo el cardenal Roger Mahony de la arquidiócesis de Los Angeles, los prelados que desvían la atención no hacen sino demostrar que la Iglesia no se sabe confesar. Esta actitud de buscar chivos expiatorios no es nueva. En el siglo XIX, cuando el Papa perdió su poder temporal sobre grandes extensiones de la península italiana por cuenta de la unificación de dicho país, tanto el Vaticano como muchos prelados en Europa culparon de ello a los judíos, emprendiendo una salvaje campaña anti-semita (David I. Kertzer, The Popes Against the Jews).
No obstante, le aseguro al arzobispo Cedeño que los católicos no olvidamos los sacrificios por los pobres y los perseguidos que la mayoría de sus sacerdotes ha hecho y hace a diario, inclusive perdiendo por ello la vida. Es por ellos y debido a ellos que mantenemos la fe.

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