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La ignorancia económica de nuestros líderes


El vicepresidente Al Gore piensa que el presidente Clinton es "uno de los mejores directores de la economía en la historia de Estados Unidos", pero eso sólo muestra lo muy poco que ambos saben de economía.
Una economía de libre mercado no necesita ningún director y si lo tiene deja de ser una economía libre. La misma idea de un presidente dirigiendo la economía es una afrenta a todos los ciudadanos y a lo que Estados Unidos representa.
A pesar de toda esa mitología gubernamental que las escuelas públicas nos enseñan, la economía no es una máquina inestable que requiere a un sabio y benévolo director, con las manos en los controles. La economía es la gente -usted y yo- tratando pacíficamente de lograr mejoras materiales a través de la producción y el intercambio. A través de esas actividades producimos un estupendo, autorregulado y ordenado proceso que nos beneficia a todos.
Cuando usted entiende eso, se da cuenta que un director económico es necesariamente un entrometido, metiendo su nariz en nuestros negocios, dictando condiciones en nuestros intercambios voluntarios y castigando a aquellos celosos de su libertad.
Podría argumentar que el Sr. Clinton es incapaz de dirigir bien su propia vida, pero eso tiene poco que ver en el asunto. Nadie, por bien que sepa conducir su propia vida tiene la capacidad de dirigir las nuestras. Y como dijo Adam Smith hace muchos años, la última persona a quien le debemos confiar tal poder es aquella que aspira a tenerlo.
La realidad es que el Sr. Clinton nos ha dado valiosas muestras de su ignorancia económica. Recientemente propuso gastar unos cien millones de dólares para fomentar las exportaciones de Estados Unidos. Dijo que la actual recesión en Asia ha reducido las compras de productos estadounidenses y amenaza con producir despidos aquí. Su paquete de estímulos protegería esos empleos y crearía otros nuevos.
El dinero iría al Ex-Im Bank, que no es un banco sino una agencia gubernamental que usa dinero de los contribuyentes para ayudar a grandes compañías en la venta de sus productos, con descuentos, en el extranjero y así poder ganarle a sus competidores. La lógica es que nos podemos enriquecer regalando nuestra riqueza. Esa es una típica lógica de los gobiernos.
Los defensores del Ex-Imp Bank argumentan que sin éste no se lograrían ventas importantes como las de aviones comerciales. Y el resultado hubiera sido el despido de personal en empresas como Boeing. Podemos asumir que se trata de exageraciones y que de todas maneras se hubieran logrado esas ventas.
Pero aun si eso fuera verdad, tal posición no es válida porque toma en cuenta sólo los efectos visibles de las actividades del Ex-Im Bank. Y los efectos escondidos son demasiado importantes para ser ignorados. Si el presidente Clinton le da 100 millones de dólares a algunas corporaciones, son 100 millones de dólares menos que nosotros, los contribuyentes, tenemos para gastar como queramos. Hubiéramos invertido parte de ese dinero y el resto lo hubiéramos gastado en consumo, creando utilidades para otras empresas y nuevos puestos de trabajo. Nosotros, esas empresas y la gente que hubiesen contratado salimos todos perdiendo cuando el presidente Clinton "estimula las exportaciones".
La lección es que el gobierno no puede intervenir en la economía para favorecer a todos los ciudadanos. Lo único que consigue la intervención gubernamental es favorecer a determinados intereses especiales a cuenta de todos los demás. En una economía libre, nuestros intereses coinciden totalmente sólo en el ámbito de la paz civil y la protección de la libertad. Fuera de eso, hay infinidad de intereses encontrados. El mercado maneja amistosamente la interacción de todos esos intereses encontrados. El gobierno jamás lo logra.
Puede que el Sr. Clinton sea un estupendo director de intereses especiales, pero es un infame economista.

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