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La impulsividad en el manejo


La información en la Semana Santa indica que, a nivel mundial, es en América Latina donde se produjeron más muertes y accidentes. En nuestro país, seis muertos comparados con los 127 de El Salvador y los 69 de Venezuela, podrían llenarnos de cierta satisfacción. ¡Vaya que actitud! Independientemente de la gran afluencia y la movilización que se produce en las carreteras del país, para la fecha que acabamos de celebrar, el problema sigue cobrando valiosas vidas, llevándose promesas y genios antes de tiempo.
Hasta la fecha han muerto 132 panameños y panameñas, según informes de Tránsito; lo que presagia que la fatalidad estaría por arriba de las 300 muertes por accidente para este año. ¡Triste pronóstico, el cual todos debemos contribuir a que no se convierta en una lamentable realidad!
Algunas estadísticas sirven para ilustrar el problema. Según datos de las autoridades de Tránsito, en los tres años comprendidos entre 1998 y el 2000 murieron 1423 (panameños y panameñas) por accidentes de tránsito, a nivel nacional. En el 2000, el 72% de las fatalidades se debieron a atropellos y colisiones, y el 28 % a vuelcos y choques; predominando, en términos generales, el atropello como la principal causa de fatalidad. Como información que llama la atención, en los primeros doce días del mes de septiembre de 2002, el 77% de las violaciones al reglamento de tránsito se dieron en el área metropolitana, ascendiendo el total a 5063.
¿Somos los panameños los que tenemos el mayor porcentaje de accidentes y violaciones al reglamento de tránsito? No. Según estadísticas mundiales, son los argentinos y los españoles los que, proporcionalmente, mueren más por accidentes de tránsito; siendo también el atropello la causa principal. Y, en Estados Unidos, son los ancianos y adultos mayores los que más mueren, por la misma causa, pero además es en este país donde más éxito ha tenido la campaña contra las drogas y la prevención de la ingesta de alcohol, reduciendo a un 13% el total de accidentes por esta causa.
Muchos estudios indican que la velocidad, el abuso en el consumo de alcohol y de drogas, así como la falta de precaución peatonal son las causas mayormente relacionadas con la muerte en las carreteras del mundo. (Google, Internet).
¿Será el conocimiento de estas estadísticas suficiente para que asumamos una actitud, una conducta preventiva y responsable cuando estamos al volante? Todo parece indicar que no es así.
El comportamiento que exhibimos cuando asumimos la función de conductor, sufre un cambio radical. No parece contar el nivel educativo ni la responsabilidad que demostremos en nuestro trabajo o en otras esferas de la vida.
Por ejemplo, el Jueves Santo, observaba cómo los mismos cristianos, minutos después de haber comulgado, se peleaban por alcanzar la salida del estacionamiento. Sus palabras y gestos hablaban por sí solos. No parecían ser las mismas personas que se daban la paz, diez minutos antes. Una vez que se cambia el papel, se sufre una metamorfosis completa. En la misma se destaca la prisa, la tensión, la agresividad, gran fragilidad del autocontrol, una anulación de la capacidad de razonamiento, lo cual se traduce en una tendencia a la transgresión de normas y a una pérdida del sentido de las proporciones.
Esta metamorfosis parece ocurrir en independencia de la edad, sexo, profesión y nivel de refinamiento cultural.
Una explicación para este cambio de conducta, puede radicar en una especie de activación interna instintiva, que despierta y dispara restos del pasado evolutivo de la humanidad, en cuanto a la ocupación y defensa de un espacio territorial del cual dependía la autonomía individual y de los colectivos ancestrales.
En consecuencia, una vez que el conductor se encuentra, manos al volante, parece invadirle, inconscientemente, el instinto de defensa territorial, el cual se traduce en conductas agresivas como ataques verbales y/o físicos, volcadas en la lucha por el predominio territorial; elementos éstos componentes de las conductas que fueron esenciales para la sobrevivencia de la especie en una etapa muy importante de la evolución social. Por ejemplo, si usted va conduciendo por la vía principal, puede ir conversando animadamente, con sus hijos, sobre la importancia de ser cortés y amable con los adultos. Pero si otro conductor se cruza en su carril de manera tan repentina, usted tratará de ganarle; y si logra emparejar su auto con el de él o ella, a aquella criatura le faltarán madres para rellenarlo de toda suerte de improperios. Los gestos y palabras serán todo menos corteses y amables; y si por causalidad la fila de autos se detiene, existe bastante probabilidad de salir del auto para retar al intruso. En ese momento no se trata del peligro en el cual aquél expuso su vida y la de sus hijos, se trata de la simple e inconsciente defensa territorial por la cual, después que pasó todo, aún está dispuesto a fajarse. Después se podría lamentar cuando advierta que el intruso era su hermano, su tío o el abuelo que le acababa de legar en testimonio un millón de dólares.
Sea como sea, la educación y la conciencia ciudadana parecen no ser suficientes resortes internos como para contener la irrupción del comportamiento tan irracional como peligroso que exhibimos cuando, en el barullo y en el fragor cotidiano de los tranques, somos objetos o sujetos de alguna infracción o colisión.
¿Es posible hacer algo contra este síndrome de la territorialidad? Las cifras de fatalidades y de lesionados permanentes y leves podrían llevarnos a examinar más detalladamente las condiciones que se exigen para otorgar una licencia de conducir.
Se me ocurre, por ejemplo, que el Tránsito debiera exigir, en todos los casos, pruebas de personalidad estrictamente controladas para todos los que deben renovar licencia; que se diese licencia provisional, por un período de un año, para los que por primera vez vayan a conducir, además de un curso de manejo defensivo, que incluya ejercicios y estrategias para el desarrollo del autocontrol. Si al término de este período probatorio no han tenido accidentes o faltas, entonces se procedería a extenderle la licencia definitiva. Que se eliminen los permisos para menores de edad, debido a la impulsividad observada en muchos de ellos; que se introduzca, con rigor obligatorio, el control antidoping para todos los conductores; y que se fortalezcan los programas de prevención en el manejo y de educación vial, los cuales, quizás, las compañías de seguro estarían muy anuentes a apoyar.
Pese a la hipótesis que he planteado, para explicar la conducta irracional que desplegamos cuando nos encontramos tras el volante, debo insistir que nunca será suficiente el esfuerzo y los recursos que se inviertan en la formación de una cultura vial, orientada a la prevención y enfocada a poner coto a la impulsividad y a la agresividad en el manejo, mismas que producen, anualmente, más muertes que el SIDA.
(anelpsi@hotmail.com)

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