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La impunidad es hija de la mala memoria


Ahora, como si todos fuéramos desmemoriados, nos dicen: "El futuro no puede ser prisionero de la memoria, aunque ésta siga viva y el recuerdo intacto". Vaya con la frase lapidaria, típica de la filosofía de "cliché" del new age o nueva era. La verdad, he pensado y repensado la frase, sin conseguir apartar, del pasado, del presente, ni del futuro a Heliodoro Portugal, Jesús Héctor Gallego, Floyd Briton, Dorita Moreno, Carlos Baúles y tantas otras personas asesinadas y desaparecidas.
"La impunidad es hija de la mala memoria", dice, con razón, el escritor uruguayo Eduardo Galeano. A él, he recurrido para analizar el sentido profundo y vital de la memoria, que algunos, se apresuran a dolarizar en el mercadeo de la politiquería. Si al Toro, con toda su maquinaria creadora y reproductora de miedo, con toda su montaña de publicidad, eso sí, pagada con plata del pueblo, le dijimos NO, ¿por qué íbamos a decir que sí al "new age" que nos invita al borrón y cuenta nueva.
Como si el absurdo fuese doctrina incuestionable, como si todos desconociéramos la historia y la memoria que en ella se revela, como si por arte de magia se pudieran borrar todas las alianzas realizadas por la Democracia Cristiana internacional con gobiernos militares, como si ellos mismos, no hubieran estado a la cabeza de represivos gobiernos en América latina y más allá del continente, como si la memoria no existiera, o la pudiéramos ocultar. Hay los que creen que la memoria se puede machacar, eso creyeron los que mataron al obispo Juan Gerardi, su gran pecado, hacer presente la memoria contenida en toda la historia de terror instaurada por los militares en Guatemala: 150 mil guatemaltecos asesinados, doscientos mil huérfanos, cuarenta mil viudas. El ejército y sus bandas paramilitares, son los responsables de 8 de cada 10 víctimas. Transcribo, y comparto con ustedes, lo que buscaba, y ahora encontré, a veces la memoria se nos queda en "blanco", o se nos esconde en los complejos vericuetos de la vida. Cuando mercantilizamos la vida, conviene quedarse sin memoria. Lo que sigue fue publicado en "Patas Arriba, la escuela del mundo al revés", obra de Eduardo Galeano.
¿La historia se repite?. ¿O se repite sólo como penitencia de quienes son incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca.
El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa. El derecho de recordar no figura entre los derechos humanos consagrados por las Naciones Unidas, pero hoy es más que nunca necesario reivindicarlo y ponerlo en práctica: no para repetir el pasado, sino para evitar que se repita; no para que los vivos seamos ventrílocuos de los muertos, sino para que seamos capaces de hablar con voces no condenadas al eco perpetuo de la estupidez y la desgracia. Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos; y ella, desde el aire, nos respira.
Olvidar el olvido: Don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América Latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia; pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron. La impunidad es hija de la mala memoria. Bien lo han sabido todas las dictaduras militares que en nuestras tierras han sido. En América Latina se han quemado cordilleras de libros, libros culpables de contar la realidad prohibida y libros culpables simplemente de ser libros, y también montañas de documentos. Militares, presidentes, frailes: es larga la historia de las quemazones, desde que en 1562, en Maní de Yucatán, fray Diego de Landa arrojó a las llamas los libros mayas, queriendo incendiar la memoria indígena. Por o citar más que algunas fogatas, baste recordar que en 1870, cuando los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay arrasaron al Paraguay, los archivos históricos del vencido fueron reducidos a cenizas. Veinte años después, el gobierno de Brasil quemó el papelerío que daba testimonio de tres siglos y medio de esclavitud negra. En 1983, los militares argentinos echaron al fuego los documentos de la guerra sucia contra sus compatriotas; y en 1995, los militares guatemaltecos hicieron lo mismo.

101 años de Panamá América

 
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