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La Independencia de América


Como se conoce, el 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa descubrió el Océano Pacífico desde una altura del Istmo de Panamá, según relata el historiador ecuatoriano Oscar Efrén Reyes. Panamá se había convertido a esa fecha en el centro de operaciones expedicionarias hacia el Reino del Tahuantinsuyo, esto es a las tierras que ahora corresponden a Ecuador y Perú, a cargo especialmente de Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Bartolomé Ruíz, que se habían establecido en Panamá y más tarde, desde ese mismo lugar por acción de otros intrépidos conquistadores españoles como Sebastián de Benalcázar, fundador de la ciudad de Quito.
A Bartolomé Ruiz le correspondió, al mando de un pequeño bergantín, avanzar desde Panamá por las costas de las actuales provincias ecuatorianas de Esmeraldas y Manabí y ser el primer español que cruzó la línea equinoccial en el Océano Pacífico, en el año 1526.
La importancia de Panamá como lugar de construcción de barcos, abastecimientos y proveedor de expedicionarios e indios para la conquista de Quito y del Cuzco fue decisiva. Se dio inicio a lo que constituyó la dominación española en la dilatada época colonial, que se extendió por casi 300 años. Se vivió en lo que hoy es el Ecuador, como en toda la América Latina, un colonialismo explotador que sumía en la miseria a los nativos, y de ello había que liberarse, buscando una autogestión política.
El 10 de agosto de 1809 constituyó la clarinada que dio paso a movimientos revolucionarios en los países de América Latina que culminaron en memorables batallas que sellaron la libertad de Ecuador, Perú, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina. Ese día, en la ciudad de Quito, que se había preparado desde años atrás mediante reuniones políticas que desembocaron en la fundación de la Sociedad Patriótica de Amigos del País y en la publicación del periódico Primicias de la Cultura de Quito en 1792, muy por la mañana, se comunicó al presidente de la Real Audiencia de Quito, Manuel Urriez, Conde Ruiz de Castilla, que había cesado en sus funciones. Acto seguido, la guarnición comandada por Juan Salinas, salió a la plaza principal, ahora denominada de La Independencia, en cuyo lado occidental se encuentra el Palacio de Carondelet, sede del gobierno ecuatoriano, victoreó a la junta que derrocó al mentado Conde Ruíz de Castilla, y tras unas cuantas prisiones de españoles y criollos y cambios inmediatos de personal en la administración pública, se aseguró, por la tarde, la Revolución de Quito. La Junta Soberana de Quito había decidido asumir poderes absolutos y nacionalizar los servicios públicos.
La luz que se prendió ese día, que abrió el camino de la emancipación de América, fue el resultado de una campaña larga en la cual muchos hombres de Quito y de otras ciudades del Ecuador como Guayaquil, Ambato, Riobamba, Cuenca, se habían comprometido y la venían ejecutando con esfuerzo y fortaleza, pese al hostigamiento que les causaban las fuerzas españolas. La campaña se realizaba también sobre la base de la mentalidad amplia de sus conductores, y por qué no decirlo, a la clarividencia de ellos, que asombra, dada la situación de ese entonces de franco aislamiento de la ciudad de Quito por su ubicación en el altiplano y por la dificultad de llegar a ella por deficiencias de comunicación y tránsito.
Pocos meses después del 10 de agosto de 1809, en el año 1810, toda América española ardía en la revolución: Caracas el 19 de abril, Buenos Aires el 25 de mayo, Santafe de Bogotá el 20 de julio, México y Chile el 10 y 18 de septiembre, respectivamente, habían depuesto completamente a los funcionarios españoles o los habían desterrado, organizado juntas que asumían, de hecho, la soberanía popular y la autonomía política y administrativa de sus territorios. Se iba consolidando la emancipación y se iban cumpliendo los pensamientos de los próceres sacrificados.
Pero aún faltaba recorrer un fatigoso y agitado camino para llegar a la ansiada liberación de la América colonizada, pues cien batallas habrían de librarse mancomunando fuerzas, personas y caudales, contrayendo ingentes deudas con países del viejo continente, para llegar a sentar las bases definitivas de nuestros estados en Carabobo, Boyaca, Pichincha y Ayacucho al mando del egregio Simón Bolívar, en tanto que desde el sur del continente, el otro gran prohombre de América José de San Martín, se reunieron en Guayaquil el 26 de julio de 1822, en el célebre encuentro de los dos más grandes Libertadores de América, para acordar la terminación de las campañas emancipadoras.
El gran acto del 10 de agosto de 1809 fue fruto de una etapa previa: idealista y pensante, y fue el inicio de una posterior estratégica y cruda. Ambas envueltas en sacrificios y patriotismos necesarios para generar, felizmente, el esplendor de la vida republicana que viven nuestras gentes y para la administración soberana de nuestros territorios.

101 años de Panamá América

 
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