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La intolerancia y los presos de conciencia


La intolerancia es uno de los más odiosos y feos defectos del ser humano. A pesar de varios miles de años caminando el sinuoso trecho de la civilización, en pleno siglo XXI pareciera que la raza humana hubiese retrocedido enormemente en muchos sentidos. Y la intolerancia no se queda atrás. Bombas explotando en iglesias cristianas en Indonesia. Cruces gamadas pintarrajeadas en cementerios judíos en Francia. Demoliciones de hogares palestinos en Gaza o suicidas estallando en Tel Aviv. Niños masacrados en Rusia. Terrorismo a tutiplén, a diestra y siniestra, a nombre da causas absurdas o de viejos aborrecimientos y cuentas por saldar. El odio hace su agosto, sobre el fértil suelo de la injusticia, de la ignorancia, de la miseria y de los prejuicios, en un mundo paradójico que atraviesa la tercera revolución tecnológica y que ya pone pies en la cuarta. En un mundo cada vez más contradictorio y absurdo.
La intolerancia es algo terrible y lo sé por experiencia. Años atrás, luego de regresar de mis estudios universitarios en Cuba, me tocó sufrir insultos de toda clase por parte de propios y extraños: desde espía, guerrillero y terrorista hasta potencial asesino de niños y ancianas. Años después, regresando de mis estudios de postgrado en Estados Unidos, intolerantes del otro bando me endilgaron nuevos insultos: agente de la CIA, vendido al "imperialismo", y otras sandeces del mismo talante obtuso.
He vivido la grosera estupidez de la izquierda y de la derecha. Su intolerancia es su marca distintiva, ese denominador común de los extremistas contumaces, de los atorrantes, sean del signo ideológico que sean.
Estas reflexiones me vienen a la mente, luego de ver una noticia que no puedo obviar, pues me retrotrae emocionalmente a mis propias vivencias. En la edición del 11 de septiembre de El Miami Herald, mientras ese día se rememoraban aniversarios tristes como el vil ataque a las Torres Gemelas de Nueva York o el funesto y sangriento golpe de estado de Pinochet (hace ya 31 años), me tocó leer la vehemente petición de la esposa del poeta cubano Raúl Rivero, quien sufre cárcel en Cuba por enfrentar, desde el simple terreno de las ideas, al gobierno de su país. Ningún delito común ni de violencia ejercida o incitada pueden achacársele. Ni a Rivero ni a la inmensa mayoría de sus setentipico compañeros de causa, presos todos desde marzo de 2003. Ninguno es persona de pasado sanguinario o criminal, como Posada Carriles y sus secuaces. Su delito colectivo ha sido el pensar diferente, el ejercer el derecho a la crítica, el denunciar lo que no comparten. Estos son derechos humanos básicos que, en el mundo civilizado, se asumen como potestades inalienables de todo individuo. A Rivero, eso le ha significado una condena de 20 años de prisión.
En un ámbito global incierto como el actual, la defensa del derecho a disentir y de ejercer la desobediencia civil, inclusive, forma parte de lo más preciado y primordial que nos queda como ciudadanos y como personas dignas. De aquello que todavía resume nuestra humanidad y nuestra condición de seres inteligentes y civilizados. Actuar de manera indiferente ante la arbitrariedad, amparado en lealtades ideológicas fetichistas o en ortodoxias desfasadas y desacreditadas, no solo es incorrecto sino hasta moralmente repugnante. Eso lo han entendido gentes de mucha valía, de diferente signo ideológico. Incluso, personas que siempre guardaron cercanía al régimen cubano y que hoy, han puesto distancia entre ellos y estas infortunadas persecuciones, condenándolas. Hablo de gentes como el pianista Miguel Ángel Estrella, el cantautor Joan Manoel Serrat, el investigador social (y figura emblemática de la intelectualidad de izquierda latinoamericana) Eduardo Galeano y hasta el Premio Nóbel José Saramago.
Recuerdo muy bien que, hace 21 años atrás, millones de personas, sin ser necesariamente de izquierda, exigían la liberación de los presos detenidos por Pinochet y su despreciable dictadura. Recuerdo muy bien que firmé una petición para la libertad de Volodia Teitelboim, un importante intelectual comunista, preso por sus ideas. Superando el desgastado debate de las ideologías, es evidente que aquí tenemos, básicamente, la misma situación: presos de conciencia. Esto lo reconocen entidades de diferente color: desde Human Rights Watch, Amnesty International, Greenpeace y la American Civil Liberties Union hasta la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Sin embargo, la respuesta de muchos de mis amigos y colegas académicos e intelectuales no es la misma, algo que me aturde y entristece.
Por principio, no puedo compartir ese maniqueísmo hipócrita de quienes gritan a favor de la libertad de unos, pero no de otros. Raúl Rivero y todos los presos de conciencia del mundo (sean de izquierda o de derecha, ateos, cristianos o musulmanes, negros, rojos o verdes, estén en una ergástula en La Habana o en una jaula en Guantánamo) deben ser libres, ya. Su encarcelamiento es una mancha ultrajante a la dignidad y a la condición humanas. Con ellos están mi convicción más íntima en el valor inconfundible de la libertad y mi solidaridad más sincera.
(luis.wong@lycosmail.com)

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