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¡La ley del embudo!


Al abrir el periódico, me topé con un artículo en la sección de Opinión de El Panamá América, titulado: "Mira dónde pones los pies", escrito por el, aparentemente, polifacético Rafael Carles, usando su sombrero de comisionado de la CLICAC.
Para mi sorpresa y también para mi desilusión. Normalmente disfruto de los artículos del señor Carles, coincidiendo muchas veces con su forma de pensar, aunque sin dejar de darme cuenta que nuestro país no está a la altura de lo avanzadas de algunas de sus teorías. Pero no pierdo la esperanza que con trabajo y dedicación algún día, más cercano que lejano, lo estaremos.
Por el tono en que fue escrito este artículo en particular, no puedo más que pensar que el señor Carles o algún miembro cercano de su familia, ha tenido alguna mala experiencia recientemente con el tema que nos ocupa. Y que esto le impide ver la situación con objetividad.
La situación presentada no es nada sencilla, por lo que el tema no deja de ser algo personal, quizás tanto como pudiera serlo el precio de la canasta básica familiar, sobre el cual nuestro autor a menudo escribe, campo en el que, sin lugar a dudas, pudiera ser considerado como un experto. Pero bien reza el dicho "el que mucho abarca, poco aprieta...".
En lo que se refiere al mundo canino y a sus muchos detractores entre los que parece estar el señor Carles, el tema se vuelve un tanto turbio, difícil de comprender en el aspecto macro, y por ende, de justificar en el micro, como es el aspecto de cómo y cuándo realiza esta especie sus necesidades básicas.
Estoy segura que muchas personas amantes de los animales, coincidirán conmigo en que, al igual que cualquier niño, los perros son nobles cuando son criados con amor, respeto y en un ambiente seguro. Más aún, en un momento dado, los perros pueden llegar a representar muchas cosas buenas para un gran número de seres humanos, quizás difíciles de comprender para aquellos no amantes de los animales. Es más, para algunas personas, su perro forma parte de su canasta básica. Primer fenómeno digno de investigación para el señor Carles, aprovechando que ahora se encuentra interesado en este campo.
En el caso de este artículo en particular, la crítica y la ironía (bastante gráfica por presentarlo de una forma elegante) no van directamente dirigidas a los canes, sino más bien a sus dueños. Cabe destacar que si bien es cierto que, tal como el señor Carles expone, no existen estadísticas precisas, mi estimación es que dicho artículo va dirigido hacia buena parte de la población panameña, probablemente más de la que éste se imagina en sus sueños más remotos.
Estoy totalmente de acuerdo con lo que establece la Ley No. 30 de 12 de julio de 2000, publicada en la Gaceta Oficial del viernes 14 de julio de 2000. Es cierto que se torna necesario que los dueños de perros recojamos sus necesidades en lugares públicos. Pero no sin antes que el resto de la población (los no amantes de perros) dejen de tirar basura, también en los lugares públicos.
Tengo la suerte de vivir frente a un hermoso parque, y con toda seguridad puedo confirmarle al señor Carles (quien parece nos quiere aplicar la ley del embudo a nosotros, los dueños de perros), que a lo que él se refiere a lo largo y ancho de su extenso artículo, es lo menos alarmante entre la suerte de desechos que allí podemos encontrar bien temprano en la mañana, cuando sale el sol (mañana azul, o sol naciente). Me atrevo a asumir que esta situación, lamentablemente, ocurre por doquier.
Y sin entrar en mayores detalles sobre este aspecto, ni tampoco sobre el por qué un animal de cierto tamaño, no puede, ni debe (por su propio bienestar, no el de su amo) realizar sus necesidades básicas sobre un periódico encerrado en un apartamento, sino más bien al aire libre, quisiera invitar al señor Carles a que cuando mire donde pone sus pies, que mire muy bien y vea no sólo lo que le conviene ver. Tarea No. 2.
Por último, si por una parte encontramos adecuado que las partidas del Estado, las cuales representan fondos públicos, se inviertan en recoger cierta clase de desperdicios, no veo por qué no se puede incluir también en el paquete de basura ésta otra, que en el peor de los casos es biodegradable y fertilizante por lo cual contribuye al embellecimiento de los parques y las ciudades, ciertamente no en el corto, pero sí en el mediano y largo plazo.
La autora es dueña de un labrador llamado "Ignacio".

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