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La libertad como instrumento pedagógico


El verdadero sentido y expresión de la libertad, generalmente es mal interpretado por no pocas personas. El concepto popular de lo que es la libertad pareciera que consiste en alcanzar la mayoría de edad (cumplir 18 años), adquirir la ciudadanía y luego actuar como nos plazca., Este concepto equivocado se está arraigando lamentablemente en la conciencia de un elevado porcentaje de jóvenes que, mucho antes de llegar a la mayoría de edad, ya ejecutan hechos que consideran son propios del ejercicio del derecho de libertad: comienzan por acudir a lugares prohibidos para menores, fumar, libar licor, practicar toda clase de juegos, usar modismos vulgares, expresiones soeces y descomedidas, poses indiscretas, actitudes de irrespeto hacia los demás (inclusive a sus padres o tutores, familiares, maestros y profesores). Otros van más lejos: se convierten en consumidores de droga de toda índole, asumiendo entonces demostraciones de siete machos y hasta de matones.
Con las prácticas de estas actitudes negativas, supuestamente demuestran ser libres y "verdaderos hombres". Pero cuán lejos están de ejercer el derecho de libertad que consagra nuestra Constitución Nacional y reglamenta nuestras leyes. No son más que elementos de la especie que vegetan, pero que lo hacen en forma negativa en extremo; pues no evolucionan siquiera, y, por el contrario, degeneran su conducta de humanos y contribuyen a la desintegración de las instituciones sociales y, por consecuencia, a la degradación colectiva. Son estos muchos, jóvenes y adultos, en otras palabras, los que practican en vez de libertad, el "libertinaje".
Libertinaje es eso. La actitud negativa absoluta, que el individuo toma, al margen de todas las leyes sociales, para "hacer lo que le venga en ganas", sin más frenos que los que le imponen sus propias manifestaciones de conducta antisocial. Y son éstos mismos -los que así proceden- los que se autollaman libres. Se activan en su mundo bajo el manto de una felicidad ficticia, sin saber que son reos permanentes del "libertinaje"; es decir, vicios de toda índole de cuyos tentáculos muy pocas veces pueden librarse una vez caído en ellos: se sienten obligados, por ejemplo, a libar diariamente bebidas alcohólicas, fumar en exceso, consumir drogas, corresponder a las citas de juego y entregarse a ellos sin piedad y también, en algunos casos, cuando son empleados públicos, cometan con jactancia su condición de funcionarios públicos con "influencia", al amparo del partido político a que pertenecen o del jefe de turno.
Este tipo de individuo de conducta reprochable que aquí definimos, los hay en todas las capas sociales: en la clase pobre e ignorante, se manifiesta como un hábito de promiscuidad; en la clase media, se afianza el "servilismo intelectual" con el consiguiente sometimiento; y, en la clase potentada de solvencia económica, se crece el monstruo de la soberbia, la intolerancia y la imposición a toda costa.
Y lo que es peor, la práctica del libertinaje -muy arraigada en Panamá- induce a cometer cualquier falta grave: chantaje, calumnias e injurias, peculados, asaltos, robos, atentados criminales y hasta secuestros, y todo ello conlleva al estado de inseguridad pública que padecemos. Y puesto que nadie individualmente se ve en condiciones de defender sus legítimos derechos y fines frente a enemigos exteriores y rencillas internas, que son los enemigos de la libertad, la única finalidad del Estado panameño consistiría en garantizar la seguridad, es decir, la "certeza de la libertad acorde con las leyes". Porque los ciudadanos viven seguros en un Estado sólo cuando en el ejercicio de los derechos que le corresponden, bien estén éstos referidos a su persona o bien a su propiedad, no son perturbados por actos vandálicos de libertinaje o de violencia interno o por intervenciones foráneas.
Queda claro, pues, que todas las acciones que obstaculizan al ciudadano el ejercicio de sus obligaciones y derechos, especialmente la libertad, están en contra del Estado de Derecho, del Estado Docente. Las infracciones a la Constitución Nacional y a las leyes de la República, precisan de un poder para hacerle frente y contrarrestarlas. De ahí que sólo el Estado, a través de sus instituciones tutelares, esté en condiciones de crear y mantener aquellos requisitos que hacen posible a los asociados regular sus pasos y garantizar la paz social. Y es que, mediante la seguridad que el Estado hace posible, asegura el pleno goce de la libertad de los ciudadanos, es decir, fomenta el ejercicio de la libertad como instrumento pedagógico.

101 años de Panamá América

 
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