La limosna
Los relatos de Cicala han resultado interesantes no solo a mi persona sino a muchos que me lo han hecho saber. Anuncio que sigo con otros aspectos comentables.
"La virtud de la limosna es en verdad la característica de los panameños". A mi pobre entender, y con los datos de hoy, una afirmación superlativa.
"No hay durante Semana Santa, ni Rosario cantado con música de instrumentos durante varios días de la semana, en fin, no hay catafalcos en el día de los Difuntos que no se costee con solas las limosnas de todos aquellos ciudadanos".
"Resultará muy difícil a los lectores creer que aquellos obreros, padres de familias numerosas que viven y mantienen con su trabajo y sudor de sus frentes, quitan buena parte de su comida para darla a los pobres mendigos: sin embargo así es". O así era. Hoy no podemos afirmar lo propio. Cicala lo prueba.
Predicaba su primer sermón un miércoles de cenizas, al subir al púlpito el sacristán le entregó una tarjeta que le enviaba el Superior en la que le pedía leyera al final del sermón una solicitud de limosna para una anciana necesitada tan pobre que no podía ir a misa.
Cuenta que al leer la esquela y motivar brevemente, ¿qué sucedió? Bajé del púlpito y un hombre sin mirarme puso la mano en mi pecho e inmediatamente la sacó y me dio la espalda. Pero entre aquella multitud de gente apiñada mientras me esforzaba por pasar pronto a la sacristía y de allí al aposento para cambiarme de camisa y sotana, empapadas de sudor, no me fijaba en lo que me sucedía, de manera que pasando por encima de aquella gran aglomeración, cogido por unos de un brazo y por otros del otro, por unos de una pierna, por otros de la otra, sentía que me ponían las manos en el bolsillo de la sotana, a veces en el pecho, pero juzgaba que esto sucedía por los apretujones de la gente: por último y con gran esfuerzo entré en la sacristía donde ya este y aquel otro caballero o comerciante me daba un papel bien envuelto diciéndome: Padre, no tengo más dinero en la bolsa: mañana por medio de mi esclavo le mandaré algo más. Pero como yo no conocía todavía aquellas personas y toda mi preocupación era irme inmediatamente al aposento para cambiarme de la cabeza a los pies, no les pedía ni sus nombres ni sus apellidos. Entre mí decía: no dais la limosna hoy, mucho menos la dareis mañana. No os conozco ni sé quienes sois ni cómo os llamais. Pero no fue así. Habiendo entrado en mi aposento al desatarme el cinturón cayeron sobre la madera del pavimento cerca de siete papeles y después de haberme cambiado miré los bolsillos de la sotana y encontré otros tantos que junto con los que me habían dado en la sacristía sumaron veintitrés papeles. Los abrí quedando estupefacto al ver en uno, uno; en otro, dos; en otro, tres doblones. El papel más miserable tenía un peso fuerte, es decir, un escudo, por lo que contándolo todo para entregar aquella limosna al Padre Rector encontré 76 escudos, cantidad más que suficiente para remediar la extrema necesidad de aquella pobre anciana señora". Un misionero de los días que vivimos oriundo de otras tierras, al contarle esta anécdota de Cicala como algo folclórico y un tanto desbordado, me confirmó, para sorpresa mía que así era el pueblo panameño en su limosna. Aun cuando algunos factores históricos geo politicos lo han dañado.
Pienso en las campañas de la Teletón, damnificados del Mitch, de Santa Ana etc...
Cicala sigue narrando cómo un río de personas trajeron trajes finísimos, y más contribuciones de dinero. El epifonema con que concluye estas descripciones sobre la generosidad y piedad del panameño: "La piedad hacia los templos y los pobres de los panameños es ciertamente su virtud característica, como esculpida en sus corazones desde que nacen".
Y añado yo de nuevo y con una micra de escepticismo: ¿Será verdad tanta belleza en nuestros días en que cuando te ponen la mano en el bolsillo no es para dar sino para restar?
"La virtud de la limosna es en verdad la característica de los panameños". A mi pobre entender, y con los datos de hoy, una afirmación superlativa.
"No hay durante Semana Santa, ni Rosario cantado con música de instrumentos durante varios días de la semana, en fin, no hay catafalcos en el día de los Difuntos que no se costee con solas las limosnas de todos aquellos ciudadanos".
"Resultará muy difícil a los lectores creer que aquellos obreros, padres de familias numerosas que viven y mantienen con su trabajo y sudor de sus frentes, quitan buena parte de su comida para darla a los pobres mendigos: sin embargo así es". O así era. Hoy no podemos afirmar lo propio. Cicala lo prueba.
Predicaba su primer sermón un miércoles de cenizas, al subir al púlpito el sacristán le entregó una tarjeta que le enviaba el Superior en la que le pedía leyera al final del sermón una solicitud de limosna para una anciana necesitada tan pobre que no podía ir a misa.
Cuenta que al leer la esquela y motivar brevemente, ¿qué sucedió? Bajé del púlpito y un hombre sin mirarme puso la mano en mi pecho e inmediatamente la sacó y me dio la espalda. Pero entre aquella multitud de gente apiñada mientras me esforzaba por pasar pronto a la sacristía y de allí al aposento para cambiarme de camisa y sotana, empapadas de sudor, no me fijaba en lo que me sucedía, de manera que pasando por encima de aquella gran aglomeración, cogido por unos de un brazo y por otros del otro, por unos de una pierna, por otros de la otra, sentía que me ponían las manos en el bolsillo de la sotana, a veces en el pecho, pero juzgaba que esto sucedía por los apretujones de la gente: por último y con gran esfuerzo entré en la sacristía donde ya este y aquel otro caballero o comerciante me daba un papel bien envuelto diciéndome: Padre, no tengo más dinero en la bolsa: mañana por medio de mi esclavo le mandaré algo más. Pero como yo no conocía todavía aquellas personas y toda mi preocupación era irme inmediatamente al aposento para cambiarme de la cabeza a los pies, no les pedía ni sus nombres ni sus apellidos. Entre mí decía: no dais la limosna hoy, mucho menos la dareis mañana. No os conozco ni sé quienes sois ni cómo os llamais. Pero no fue así. Habiendo entrado en mi aposento al desatarme el cinturón cayeron sobre la madera del pavimento cerca de siete papeles y después de haberme cambiado miré los bolsillos de la sotana y encontré otros tantos que junto con los que me habían dado en la sacristía sumaron veintitrés papeles. Los abrí quedando estupefacto al ver en uno, uno; en otro, dos; en otro, tres doblones. El papel más miserable tenía un peso fuerte, es decir, un escudo, por lo que contándolo todo para entregar aquella limosna al Padre Rector encontré 76 escudos, cantidad más que suficiente para remediar la extrema necesidad de aquella pobre anciana señora". Un misionero de los días que vivimos oriundo de otras tierras, al contarle esta anécdota de Cicala como algo folclórico y un tanto desbordado, me confirmó, para sorpresa mía que así era el pueblo panameño en su limosna. Aun cuando algunos factores históricos geo politicos lo han dañado.
Pienso en las campañas de la Teletón, damnificados del Mitch, de Santa Ana etc...
Cicala sigue narrando cómo un río de personas trajeron trajes finísimos, y más contribuciones de dinero. El epifonema con que concluye estas descripciones sobre la generosidad y piedad del panameño: "La piedad hacia los templos y los pobres de los panameños es ciertamente su virtud característica, como esculpida en sus corazones desde que nacen".
Y añado yo de nuevo y con una micra de escepticismo: ¿Será verdad tanta belleza en nuestros días en que cuando te ponen la mano en el bolsillo no es para dar sino para restar?