La magia de ver lo que otros no
El sentimiento más grato que el hombre puede experimentar es el de la libertad. La libertad no es casual, se hace posible como el fruto de un árbol que se cuida y riega con agua y fertilizantes todos los días; sus frutos aparecerán espontáneamente sin prisa...es un don natural.
Al verme desde lejos en una librería, un señor se me acerca con un manuscrito enrollado y me dice: "Esto es para usted, lo he esperado hace tiempo", y me entregó el facimil de la Constitución de 1904. "Sólo le costará diez balboas". Me sentí hechizado, halagado y sobre todo, desorientado.
Lo leí despacio, saboreando mieses extrañas para mí y digerí su valioso contenido. Era un suculento sancocho de mentes muy preclaras. Acababa yo de volver de Estados Unidos después de una ausencia de diez años. Lo que no sabía es que comenzaba mi embrujo en lo que sería una odisea homérica de catastróficas dimensiones. El hado (no muy ciego) me había ungido, con otros, para liberar una tierra considerada por muchos inmadura, pero era nuestro terruño.
Después de enero de 1964, una madrugada me puse a ojear la Constitución de 1946, y leyendo el segundo párrafo del Art. 30 donde "se reconocen nuestras limitaciones jurisdiccionales" me dije: "Estuve en tierra extranjera, ¿a quién podría reclamar si muría ahí?" Había que cambiar ese artículo y se cambió. Fue parte del sortilegio, había que conjurar el maleficio y escribí sin sutilezas "La Constitución Nacional, sortilegio jurídico" que se publicó el 24 de marzo de 1966 después de yacer oculto 62 años soñando.
Es triste ver esas familias en las que existe un foso profundo, una brecha tremenda entre las dos generaciones, donde no existe diálogo ni conversación ni mucho menos confianza.
Hagan tiempo para ganarse la confianza de sus hijos. Pero para ganarse esa confianza no los engañen ni les mientan. Créanme que con el tiempo ellos se darán cuenta y cuando esto suceda, no volverán a confiar en ustedes.
Amen a sus hijos, dedíquenles el tiempo necesario y vivan cerca de ellos manteniendo una relación profunda. Amen a sus hijos en todo momento y también en los casos en que experimenten fracasos o cuando hayan sucumbido a situaciones infortunadas. Todo error que cometa su hijo debe abrir la puerta a un mayor amor, a un mayor afecto.
¿Ustedes creen que porque su hijo ha cometido un error ya no merece su amor, qué les pasa? Si Dios actuara así con nosotros, hace tiempo nos hubiera borrado de la faz de la tierra.
¿Quién no ha caído en la vida? ¡Cuidado! No se conviertan en jueces implacables que no acepten sus errores. Su hijo no es infalible, no es Dios. ¡Sigan amándolo! Amen aún y a pesar de todo, como Dios nos ama.
Cuando ustedes no comprenden o no quieren comprender ni entender a su hijo, lo están empujando más a la desesperación y al fracaso. Sostengan a sus hijos amándolos y aceptándolos. Que ellos sepan, en los momentos de prueba y de fracaso, que tienen a su papá y a su mamá que no lo abandonarán no importa cuál haya sido el error o fracaso que han experimentado.
Amen a sus hijos, quieran mucho a esas criaturas y luchen por ellos. Sepan que en el juicio final, Dios les pedirá cuentas sobre cómo formaron a esos niños. ¿Les cuesta? Por supuesto que requiere esfuerzo y dedicación, pero con la ayuda del Señor todo se puede.
Dios tiene poder y fuerza para ayudarlos y para que puedan seguir adelante cargando sus cruces. Si quieren formar bien a sus hijos, pidan ayuda al Señor. Pidan a Jesucristo, el Señor, fortaleza espiritual y mucho amor, que es lo que sus hijos más necesitan. El Señor les ayudará, porque con Él, ustedes son. . . ¡INVENCIBLES!
Al verme desde lejos en una librería, un señor se me acerca con un manuscrito enrollado y me dice: "Esto es para usted, lo he esperado hace tiempo", y me entregó el facimil de la Constitución de 1904. "Sólo le costará diez balboas". Me sentí hechizado, halagado y sobre todo, desorientado.
Lo leí despacio, saboreando mieses extrañas para mí y digerí su valioso contenido. Era un suculento sancocho de mentes muy preclaras. Acababa yo de volver de Estados Unidos después de una ausencia de diez años. Lo que no sabía es que comenzaba mi embrujo en lo que sería una odisea homérica de catastróficas dimensiones. El hado (no muy ciego) me había ungido, con otros, para liberar una tierra considerada por muchos inmadura, pero era nuestro terruño.
Después de enero de 1964, una madrugada me puse a ojear la Constitución de 1946, y leyendo el segundo párrafo del Art. 30 donde "se reconocen nuestras limitaciones jurisdiccionales" me dije: "Estuve en tierra extranjera, ¿a quién podría reclamar si muría ahí?" Había que cambiar ese artículo y se cambió. Fue parte del sortilegio, había que conjurar el maleficio y escribí sin sutilezas "La Constitución Nacional, sortilegio jurídico" que se publicó el 24 de marzo de 1966 después de yacer oculto 62 años soñando.
Es triste ver esas familias en las que existe un foso profundo, una brecha tremenda entre las dos generaciones, donde no existe diálogo ni conversación ni mucho menos confianza.
Hagan tiempo para ganarse la confianza de sus hijos. Pero para ganarse esa confianza no los engañen ni les mientan. Créanme que con el tiempo ellos se darán cuenta y cuando esto suceda, no volverán a confiar en ustedes.
Amen a sus hijos, dedíquenles el tiempo necesario y vivan cerca de ellos manteniendo una relación profunda. Amen a sus hijos en todo momento y también en los casos en que experimenten fracasos o cuando hayan sucumbido a situaciones infortunadas. Todo error que cometa su hijo debe abrir la puerta a un mayor amor, a un mayor afecto.
¿Ustedes creen que porque su hijo ha cometido un error ya no merece su amor, qué les pasa? Si Dios actuara así con nosotros, hace tiempo nos hubiera borrado de la faz de la tierra.
¿Quién no ha caído en la vida? ¡Cuidado! No se conviertan en jueces implacables que no acepten sus errores. Su hijo no es infalible, no es Dios. ¡Sigan amándolo! Amen aún y a pesar de todo, como Dios nos ama.
Cuando ustedes no comprenden o no quieren comprender ni entender a su hijo, lo están empujando más a la desesperación y al fracaso. Sostengan a sus hijos amándolos y aceptándolos. Que ellos sepan, en los momentos de prueba y de fracaso, que tienen a su papá y a su mamá que no lo abandonarán no importa cuál haya sido el error o fracaso que han experimentado.
Amen a sus hijos, quieran mucho a esas criaturas y luchen por ellos. Sepan que en el juicio final, Dios les pedirá cuentas sobre cómo formaron a esos niños. ¿Les cuesta? Por supuesto que requiere esfuerzo y dedicación, pero con la ayuda del Señor todo se puede.
Dios tiene poder y fuerza para ayudarlos y para que puedan seguir adelante cargando sus cruces. Si quieren formar bien a sus hijos, pidan ayuda al Señor. Pidan a Jesucristo, el Señor, fortaleza espiritual y mucho amor, que es lo que sus hijos más necesitan. El Señor les ayudará, porque con Él, ustedes son. . . ¡INVENCIBLES!