La maldición del candidato oficialista
Desde el retorno al régimen democrático de gobierno se han celebrado tres elecciones y el candidato oficialista sucumbió en las tres ocasiones a manos del contendor representativo de la oposición. Pero el síndrome se extiende en el tiempo. La oposición también triunfó en 1989 y en 1984, pese a que los militares, por medio de sus cómplices civiles, anularon los resultados de una y cometieron un fraude en el conteo de votos de la otra -según confesó un alto oficial de la Guardia Nacional-, para birlarle el triunfo legítimo a sus rivales.
La elección directa del Presidente de la República estuvo constitucionalmente suspendida entre 1972 y 1984, así que el siguiente torneo a considerar en esta regresión histórica es el de 1968, torneo que también ganó el candidato opositor. En 1964 la victoria del oficialismo estuvo emasculada por múltiples irregularidades durante el proceso electoral y no constituye una referencia válida como ejercicio democrático. En 1960 también triunfó el candidato opositor sobre el ungido por el oficialismo. La última vez que encontramos un registro de elecciones limpias que concluyen con la legítima victoria del candidato oficialista fue en 1956, cuando la Coalición Patriótica llevó a Ernesto De La Guardia al solio presidencial, es decir hace 53 años.
¿Podrá romper la candidata del oficialismo esta larga tradición y repetir una circunstancia que no se ha producido en más de medio siglo, o continuaremos con la práctica reiterada de defenestrar a los inquilinos del poder cada vez que hacemos elecciones?