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La maldita desconfianza


Una de las facetas en la crisis global actual, y no la menos importante, es el bajo nivel de confianza. No sólo se desconfía del otro, sino que aún con buena voluntad se piensa, a priori, que el otro tampoco confía en nosotros. Tanto da que sea en las relaciones personales, sociales, económicas o políticas, el resultado está a la vista. Nos domina la anarquía del individualismo egocéntrico, la prepotencia del más fuerte, la del más sabio y la del más rico y al decir de Weber, de la ética puritana sobre la moral católica.

Para que un sistema funcione debe basarse en dos principios fundamentales: Escoger reglas del juego que sean respetadas por todos y además, contar con jugadores que tengan un mínimo indispensable de buenos atributos. De nada serviría tener un sistema con reglas perfectas si los jugadores son malos o indeseables.

Numerosos artículos reflejan y fomentan esta desconfianza, particularmente en el rol que en el Estado juegan los individuos y el gobierno, pero escasean los que plantean soluciones concordantes para sacar a la sociedad de la confusión y la desesperanza en que se encuentra sumida.

Lo que nos ha revelado esta crisis es que su origen tiene menos que ver con las reglas del juego que con las cualidades humanas. Lo mismo que en el sistema capitalista actual sucedió en el sistema comunista. En ambos no se respetaron las reglas del juego porque dejaron de lado el factor humano. Para los comunistas la sociedad sustituía al individuo supeditando sus deseos, sus creencias y hasta sus instintos básicos en favor de la masa o del Estado omnipresente. Para el capitalismo neoliberal el fundamento del progreso y del bienestar económico radica en la ética del egoísmo, en la ganancia ilimitada y el control mínimo del Estado. Es decir, en el choque de intereses, génesis de la libre competencia en un mercado cuya libertad es regulada por una mano invisible demasiado obediente a los influjos desmedidos de los deseos humanos de riqueza y poder.

Fomentar el descrédito del Estado vulnerando el sistema republicano y menospreciando el valor de la democracia para cambiar un mal gobierno, revela pobreza intelectual e inadaptación social para una convivencia civilizada, además de una notoria ausencia de sentido solidario, el que a menudo se confunde con el sentimiento religioso de la compasión, cuando en realidad se quiere compartir con los otros las vicisitudes de la vida. Quien no experimenta sentido solidario jamás comprenderá qué es lo que une a la familia y enaltece al Hombre más allá de sus habilidades particulares, acercándolo a la dimensión real de la lucha por una vida mejor en la biosfera que habita y comparte.

En conclusión, e interpretando a E. Giannetti, la presencia de valores morales (no necesariamente religiosos) y la adhesión a normas de conducta éticas son requisitos indispensables para que el mercado se instaure como regla de convivencia civilizada y se convierta por el deseo individual de vivir mejor, en una interacción constructiva entre la creación de riqueza y el bienestar común.

101 años de Panamá América

 
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