La mansión de Punta Mala
Hace meses, este diario solicitó a la Presidencia, autorización para fotografiar la polémica mansión de Punta Mala. Nuestro propósito era llevar a nuestro lector una imagen de un bien público hasta entonces velada. La misma es de interés de la ciudadanía en parte por el hecho de que el viejo caserón había sido restaurado para uso oficial.
Esperábamos que nuestros fotógrafos fueran escoltados por los custodios del inmueble y que se permitiera que el panameño común pudiera asomarse indirectamente a través de nuestras páginas a la mansión, a cuya conservación contribuye con sus impuestos. A fin de cuentas es un edificio público.
Lamentablemente el permiso solicitado nos fue denegado y la imponente mansión continuó sumida en el misterio, en un mar de especulaciones acicateados por el hermetismo y el ocultamiento de la información inexplicable, tratándose de un bien público. Como lacónica justificación de la negativa, se nos invocó “razones de seguridad”.
Pero es función de los medios y de los periodistas informar. Así se explica el frustrado intento de cuatro colegas por acceder con sus cámaras de largo alcance a la mansión, escudriñando desde su proximidad cada brecha del perímetro de seguridad de la casa. Hacían su trabajo, ver lo que el público quiere y se le impide ver. No buscaban atentar contra nada y contra nadie. Es más, uno de ellos fue desnudado, y no se encontró en su poder más que plumas y libretas de prensa, como únicas armas.
Con toda razón se acogió el habeas corpus por el Segundo Tribunal Superior de Justicia, ante la evidente ausencia de mala intención, salvo la vocación de informar, como lo exige su oficio.
Su sacrificio y ultraje no fue en vano. Las puertas de la mansión de Punta Mala han sido abiertas, por fin, aunque con mayores restricciones que la Casa Blanca y el Palacio de Buckingham, accesibles hasta para visitantes y turistas. Esas son señales de democracia y no de gobiernos imperiales ocultos tras las gruesas paredes y cerradas escoltas más propias de los palacios de Hussein.
Esperábamos que nuestros fotógrafos fueran escoltados por los custodios del inmueble y que se permitiera que el panameño común pudiera asomarse indirectamente a través de nuestras páginas a la mansión, a cuya conservación contribuye con sus impuestos. A fin de cuentas es un edificio público.
Lamentablemente el permiso solicitado nos fue denegado y la imponente mansión continuó sumida en el misterio, en un mar de especulaciones acicateados por el hermetismo y el ocultamiento de la información inexplicable, tratándose de un bien público. Como lacónica justificación de la negativa, se nos invocó “razones de seguridad”.
Pero es función de los medios y de los periodistas informar. Así se explica el frustrado intento de cuatro colegas por acceder con sus cámaras de largo alcance a la mansión, escudriñando desde su proximidad cada brecha del perímetro de seguridad de la casa. Hacían su trabajo, ver lo que el público quiere y se le impide ver. No buscaban atentar contra nada y contra nadie. Es más, uno de ellos fue desnudado, y no se encontró en su poder más que plumas y libretas de prensa, como únicas armas.
Con toda razón se acogió el habeas corpus por el Segundo Tribunal Superior de Justicia, ante la evidente ausencia de mala intención, salvo la vocación de informar, como lo exige su oficio.
Su sacrificio y ultraje no fue en vano. Las puertas de la mansión de Punta Mala han sido abiertas, por fin, aunque con mayores restricciones que la Casa Blanca y el Palacio de Buckingham, accesibles hasta para visitantes y turistas. Esas son señales de democracia y no de gobiernos imperiales ocultos tras las gruesas paredes y cerradas escoltas más propias de los palacios de Hussein.