"La maquinaria política"
En Panamá, acostumbramos a hablar en función de la toma de decisiones de la "maquinaria política". Es decir, a pesar de que buena parte de los ciudadanos y ciudadanas conocemos el sistema de gobierno por el cual nos regimos, aceptamos pasivamente lo que las dirigencias políticas deciden y que, de una manera u otra, afecta a todos los asociados.
Por ello, resulta necesario que comencemos señalando que la "maquinaria política" no actúa por sí misma. Desde el principio, los hombres, inclusive el vulgo, deben hacerla funcionar. No sólo requiere de la mera conformidad de los ciudadanos y ciudadanas, sino de su participación activa, y debe adaptarse a la capacidad y a las actitudes de los hombres y mujeres disponibles al efecto. Ello implica tres condiciones: el pueblo, al cual se destina una forma de gobierno que debe estar dispuesto a aceptarla, o cuando menos, no mostrarse tan renuente como para oponer un obstáculo insuperable a su establecimiento; debe mostrarse inclinado y capaz de hacer lo necesario para mantenerla en vigor y mostrar su disposición y aptitud para cumplir con todo aquello que se le demande, con el fin de que ese gobierno pueda satisfacer sus propósitos.
Debe entender, asimismo, que la palabra "hacer" incluye una actitud de indulgencia, así como la comisión de actos. El pueblo debe ser capaz de cumplir con las condiciones de acción y con las de moderación, necesarias tanto para mantener en vigor la forma de gobierno establecida, como para permitirse lograr sus objetivos, ya que el curso que se siga para alcanzarlos, constituye su recomendación. La falta de cualquiera de estas condiciones convierte a una forma de gobierno en impropia para el caso en particular, por más esperanzas favorables que ofrezca.
El primer obstáculo, que se refiere a la renuencia del pueblo por una forma particular de gobierno, requiere sólo una pequeña explicación, ya que en teoría jamás puede pasar inadvertido. En verdad, hay naciones que no se someten voluntariamente a ningún tipo de gobierno, a menos que éste se encuentre en manos de ciertas familias que desde tiempo inmemorial han tenido el privilegio de proporcionarles jefes. Salvo por conquistas extranjeras, algunos países no han tolerado una monarquía; otros, se muestran igualmente contrarios a la república. En algunas ocasiones, el obstáculo trasciende hasta lo irracionable.
En resumen, cuando se induce a un pueblo, en general, a que reconozca un orden social, o una institución política o de otra naturaleza, y los califiquen, en su caso, como buenos, o malos, convenientes o censurables, se avanza mucho para otorgar a uno, o despojar al otro, del predominio y la fuerza social que les permiten subsistir. Y la máxima que enuncia que el gobierno de un país es lo que las fuerzas sociales que privan lo obligan a hacer, resulta cierta, sólo en el sentido de que favorece, en lugar de desalentar, el esfuerzo de ejercer, entre las formas de gobierno que pueden establecerse en la situación social existente, una elección racional.