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La mentira, una verdad retorcida


En estos días observé por televisión un anuncio publicitario cuyo contenido del mensaje me pareció de lo más desatinado. La escena es en un hotel de playa y aparece un niño de aproximadamente 8 años contestando una llamada de su abuela a través de un celular, en que ésta pregunta por sus padres. Con la inocencia que caracteriza a cualquier niño, nuestro protagonista sale en la búsqueda de ellos. Al llegar donde su madre, la misma le responde con señas que le diga que no está. Igual actitud asume su padre, y el niño expresa: "abuelita, mi padre dice que no está". A las finales aparece nuestro personaje principal acompañado de sus progenitores celebrando la hazaña protagonizada por los tres.
¿Cuál es el mensaje del anuncio? Fácil. Incentivar la mentira, el engaño. ¿Qué aprendió el niño? Lo clásico. A mentir. ¿De quienes? Simple. De sus propios padres. ¿Hacia quién o quienes va dirigido el mensaje? Lo esperado. Hacia una teleaudiencia que incluye una inestimable cantidad de personas de todas las edades incluyendo niños y jóvenes. Luego, nos preguntamos el por qué de la mentira, del engaño, del fraude, de la calumnia e injuria que, por cierto, son males que nos llevan a la corrupción. Si desde pequeños se le enseña a las criaturas a mentir y en el preciso momento de su desarrollo piscoafectivo, emocional y mental que esperamos de ellos cuando adultos.
En el caso del ex fiscal Arquímedes Sáez, me sorprendió su actitud delictiva, precisamente cuando la jefatura del Ministerio Público se encuentra denunciando y separando de sus puestos a todo aquel que incurra en un delito. A sabiendas de esto el señor Sáez se arriesgó a cometer su fechoría y, lo triste del caso, es que, como persona y profesional se creó su propia estigma ante la sociedad; y, ofendió a su familia. Todo por unos cuantos dólares, en que se quiere tener más y más sin importar de dónde se obtenga. Pero, veamos una de las causas que hace que una persona juegue con el dolor humano, con su propia dignidad y la de su familia:
En nuestra sociedad parece que la mentira y el engaño dominan la mente de muchísimas personas. Skinner, psicólogo que basó sus teorías en el análisis de las conductas observables por medio del condicionamiento operante señala: "La mentira es un tipo de aprendizaje en que la conducta tiene consecuencia en su medio inmediato. El organismo "opera", por así decir, sobre el mundo que lo rodea y, aumenta su frecuencia de aparición luego de recibir algún estímulo reforzante". Recordemos al niño que le miente a su abuela y que luego junto con sus padres celebran la acción como algo agradable (estímulo reforzante) situación que determina que en el futuro dicha respuesta se repita (costumbre o hábito) y aparezca como algo común y corriente. En pocas palabras se plantó la semilla, y hay una predisposición para que ésta germine con el pasar del tiempo.
Hay tres tipos de farsantes que causan daño. El que miente o engaña esporádicamente a conciencia y, persiguiendo beneficios personales. El que miente, o calla verdades necesarias, por timidez, por vergüenza o, por falta de carácter. Y, los farsantes patológicos, que mienten con una facilidad pasmosa, ya sea por conveniencia, y cínica falta de respeto a la rectitud. Tan importante como el hecho de mentir o decir la verdad es la intención con que se hace una u otra cosa. He aquí el verdadero dilema moral de algunos cuantos.
De Vries se refiere a la mentira y al engaño de la forma siguiente: "El niño es mentiroso en la medida en que sus fantasías se hacen presentes para confundirlas con realidades. El adolescente lo es cuando su encuentro con el mundo real le causa frustraciones y no es capaz de afrontar las verdades que le contrarian. El adulto es mentiroso cuando no ha superado los obstáculos que le ha puesto la vida, y engaña para sentirse el triunfador que nunca ha sido. Y el anciano miente cuando no se perdona los errores que ha cometido a lo largo de su existencia".
Si queremos gozar de la confianza ajena, tendremos que olvidar la farsa, el engaño, la mentira. El crédito que tenemos es un tesoro frágil y no perenne, ya que se actualiza y revisa en cada acción, que acaba convirtiéndose en una constante prueba de confianza hacia uno mismo y ante los demás.
(gemiliani@cableonda.net)

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