La miseria y la misericordia
La misericordia de Dios es infinita e insondable. No tiene límites, casi podríamos decir que, cuando desconfiamos de ella por la magnitud y gravedad de nuestras culpas, él se entristece, porque ninguna falta puede ser tan grande que la Misericordia no pueda perdonar, si estamos sinceramente arrepentidos y convertidos.
Jesús, el Hijo unigénito de Dios, derramó hasta la última gota de su preciosa sangre, precisamente por nuestras faltas leves y graves.
Su amor no tiene final, aborrece, reprueba lo malo que hacemos, pero a nosotros con todo lo miserables que somos nos ama hasta el extremo de dejarse tratar como el peor de los malhechores, con el solo deseo de salvarnos y hacernos felices.
Su corazón se ensancha cada vez que un pecador vuelve suplicantes sus ojos hacia él, al instante queda "desarmado", su misericordia se derrama a chorros sobre esa alma arrepentida. Así nos ama Dios.
Nosotros somos hechura suya, tenemos su aliento de vida, somos sus criaturas, jamás deja sin respuesta a un alma que suplica su misericordia.
En el Evangelio de este quinto domingo de cuaresma, tenemos un ejemplo de nuestra miseria, y la misericordia divina.
Una mujer sorprendida en flagrante adulterio, que según la Ley de Moisés, debía morir apedreada.
Jesús, conocedor de la miseria humana y de lo suspicaces que somos, lanza un reto a los acusadores, quizás más miserables que la mujer que condenaban, y les dice "el que esté libre de culpa que le tire la primera piedra", y dice el relato que todos empezaron a retirarse iniciando los más viejos. Luego, ofreciendo su misericordia a la pecadora le dice que si ninguno la ha condenado, él tampoco, que en adelante no peque más.
Para Jesús el problema no es el pecador, sino lo que hace. En la medida en que el hombre se decida a seguir a Cristo y hacer todo lo que él le diga, tendrá voluntad para alejarse y rechazar el pecado.
A pesar de nuestra condición de pecadores, somos hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza, con dignidad de personas, herederos del Reino de los cielos, por la redención de Cristo en la cruz.
( arquinde@cableonda.net)
Jesús, el Hijo unigénito de Dios, derramó hasta la última gota de su preciosa sangre, precisamente por nuestras faltas leves y graves.
Su amor no tiene final, aborrece, reprueba lo malo que hacemos, pero a nosotros con todo lo miserables que somos nos ama hasta el extremo de dejarse tratar como el peor de los malhechores, con el solo deseo de salvarnos y hacernos felices.
Su corazón se ensancha cada vez que un pecador vuelve suplicantes sus ojos hacia él, al instante queda "desarmado", su misericordia se derrama a chorros sobre esa alma arrepentida. Así nos ama Dios.
Nosotros somos hechura suya, tenemos su aliento de vida, somos sus criaturas, jamás deja sin respuesta a un alma que suplica su misericordia.
En el Evangelio de este quinto domingo de cuaresma, tenemos un ejemplo de nuestra miseria, y la misericordia divina.
Una mujer sorprendida en flagrante adulterio, que según la Ley de Moisés, debía morir apedreada.
Jesús, conocedor de la miseria humana y de lo suspicaces que somos, lanza un reto a los acusadores, quizás más miserables que la mujer que condenaban, y les dice "el que esté libre de culpa que le tire la primera piedra", y dice el relato que todos empezaron a retirarse iniciando los más viejos. Luego, ofreciendo su misericordia a la pecadora le dice que si ninguno la ha condenado, él tampoco, que en adelante no peque más.
Para Jesús el problema no es el pecador, sino lo que hace. En la medida en que el hombre se decida a seguir a Cristo y hacer todo lo que él le diga, tendrá voluntad para alejarse y rechazar el pecado.
A pesar de nuestra condición de pecadores, somos hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza, con dignidad de personas, herederos del Reino de los cielos, por la redención de Cristo en la cruz.
( arquinde@cableonda.net)