La modernización de la OEA
Una reciente propuesta de la delegación argentina ha vuelto a poner sobre la mesa este tema que, de tiempo en tiempo, y desde hace ya bastantes años, concita la atención de los estados miembros de la organización continental.
La Organización de los Estados Americanos nació formalmente en la Conferencia de Bogotá de 1948, poco después de creadas las Naciones Unidas en la Conferencia de San Francisco de 1945. Ambas organizaciones surgieron apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial y en respuesta a las circunstancias del momento y a la realidad de un mundo influenciado por dos grandes bloques de poder claramente establecidos en torno a los cuales giró la política mundial hasta el derrumbe de la Unión Soviética.
En el caso de la OEA, la finalidad esencialmente política de su creación se complementó con programas orientados al desarrollo económico y social de sus estados miembros, bajo la tutela de los Consejos Económico y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura, paralelos al Consejo Permanente.
Con el paso de los años, y debido a la pérdida de interés público por ventilar dentro de su seno los principales problemas regionales y también por falta de recursos económicos, la OEA hace mucho rato que vio pasar sus mejores días. Mas, sin embargo, la organización, por su estructura y membresía, sigue siendo, o debería ser, el foro por antonomasia para el diálogo continental. Pero, para devolverle esa condición, hace falta más que las meras transformaciones jurídicas.
Los Consejos Económicos y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura fueron reemplazados por el Consejo para el Desarrollo Integral que, a través de la nueva Agencia Interamericana para la Cooperación y el Desarrollo (AICD), tendrá la responsabilidad de concentrar los programas destinados a promover el mejoramiento de los países miembros, especialmente los de menor desarrollo relativo.
Ahora, bajo la égida de dos consejos, el Permanente, principalmente político, y el de Desarrollo Integral, se pretende que la OEA renazca con nuevo vigor, pero en la práctica esto no es tan fácil, pues se sigue careciendo de dos elementos fundamentales sin los cuales muy poco podrá avanzar en el camino de su regeneración: claros compromisos políticos y recursos económicos suficientes.
Para superar las carencias indicadas se requiere la renovación del compromiso interamericanista al más alto nivel o de lo contrario muy poco será lo que se puede lograr.
La esperanza de redención para el sistema interamericano, hacia la que certeramente apunta la iniciativa argentina, está en establecer una relación institucionalizada entre las "Cumbres de las Américas" y la Organización de los Estados Americanos.
Jurídicamente, como recuerda esta nueva propuesta de diálogo sobre la modernización de la OEA, nada en la carta de la organización impide que las delegaciones a la Asamblea General, su órgano máximo, sean presididas por los Jefes de Estado, pero el problema más que jurídico es de voluntad política y de recursos.
Es jurídicamente viable, por ejemplo, que cada tres o cuatro años, o con la regularidad que la conveniencia aconseje, las delegaciones a la Asamblea General sean presididas por los Jefes de Estado. Mediante este recurso, las Cumbres de las Américas, si las condiciones están dadas para ensayar una renovada intención de modernización, eso es, precisamente, lo que se tratará de explorar en este nuevo diálogo abierto por la iniciativa argentina que, en principio, ha contado con el apoyo general y, muy especialmente, de la delegación que me honro presidir.
A la próxima cumbre que se realizará en Québec, Canadá, en abril de 2001, debiéramos llegar con propuestas concretas que ya no sólo son necesarias sino urgentes.
La Organización de los Estados Americanos nació formalmente en la Conferencia de Bogotá de 1948, poco después de creadas las Naciones Unidas en la Conferencia de San Francisco de 1945. Ambas organizaciones surgieron apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial y en respuesta a las circunstancias del momento y a la realidad de un mundo influenciado por dos grandes bloques de poder claramente establecidos en torno a los cuales giró la política mundial hasta el derrumbe de la Unión Soviética.
En el caso de la OEA, la finalidad esencialmente política de su creación se complementó con programas orientados al desarrollo económico y social de sus estados miembros, bajo la tutela de los Consejos Económico y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura, paralelos al Consejo Permanente.
Con el paso de los años, y debido a la pérdida de interés público por ventilar dentro de su seno los principales problemas regionales y también por falta de recursos económicos, la OEA hace mucho rato que vio pasar sus mejores días. Mas, sin embargo, la organización, por su estructura y membresía, sigue siendo, o debería ser, el foro por antonomasia para el diálogo continental. Pero, para devolverle esa condición, hace falta más que las meras transformaciones jurídicas.
Los Consejos Económicos y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura fueron reemplazados por el Consejo para el Desarrollo Integral que, a través de la nueva Agencia Interamericana para la Cooperación y el Desarrollo (AICD), tendrá la responsabilidad de concentrar los programas destinados a promover el mejoramiento de los países miembros, especialmente los de menor desarrollo relativo.
Ahora, bajo la égida de dos consejos, el Permanente, principalmente político, y el de Desarrollo Integral, se pretende que la OEA renazca con nuevo vigor, pero en la práctica esto no es tan fácil, pues se sigue careciendo de dos elementos fundamentales sin los cuales muy poco podrá avanzar en el camino de su regeneración: claros compromisos políticos y recursos económicos suficientes.
Para superar las carencias indicadas se requiere la renovación del compromiso interamericanista al más alto nivel o de lo contrario muy poco será lo que se puede lograr.
La esperanza de redención para el sistema interamericano, hacia la que certeramente apunta la iniciativa argentina, está en establecer una relación institucionalizada entre las "Cumbres de las Américas" y la Organización de los Estados Americanos.
Jurídicamente, como recuerda esta nueva propuesta de diálogo sobre la modernización de la OEA, nada en la carta de la organización impide que las delegaciones a la Asamblea General, su órgano máximo, sean presididas por los Jefes de Estado, pero el problema más que jurídico es de voluntad política y de recursos.
Es jurídicamente viable, por ejemplo, que cada tres o cuatro años, o con la regularidad que la conveniencia aconseje, las delegaciones a la Asamblea General sean presididas por los Jefes de Estado. Mediante este recurso, las Cumbres de las Américas, si las condiciones están dadas para ensayar una renovada intención de modernización, eso es, precisamente, lo que se tratará de explorar en este nuevo diálogo abierto por la iniciativa argentina que, en principio, ha contado con el apoyo general y, muy especialmente, de la delegación que me honro presidir.
A la próxima cumbre que se realizará en Québec, Canadá, en abril de 2001, debiéramos llegar con propuestas concretas que ya no sólo son necesarias sino urgentes.