La modernización educativa: Una asignatura pendiente del país
Al saludar que, finalmente, haya prevalecido el buen juicio en el manejo de la cuestión relativa al sistema de evaluación que el Ministerio de Educación busca instrumentar en los niveles primario y secundario, juzgo pertinente ensayar las siguientes reflexiones:
1-Es una lástima que el país haya desperdiciado no menos de tres lustros sin concretar, efectivamente, la modernización de la educación del país, una condición indivisible del ingreso exitoso de la sociedad panameña en el siglo veintiuno. Pese a las leyes y las promesas de toda índole, en los hechos, los resultados no pueden ser más escuálidos tanto en términos cuantitativos como cualitativos.
2-Aunque la sociedad panameña, en todas las formas posibles, ha exteriorizado su apoyo a una efectiva transformación del sistema educativo, voluntad obviamente nacida de la certeza de que las cosas en este terreno no pueden estar peor, el gobierno y las autoridades del ramo educativo han sido incapaces de explotar este ánimo de la ciudadanía para asumir un liderazgo eficaz y lúcido en este tema. Es más a todos los niveles, la tónica ha sido la desorientación, la prepotencia y la incapacidad para el diálogo y la negociación. Curiosamente, el ministerio que debiera ser un modelo en gestión democrática y aprovechamiento de consensos ha fracasado estrepitosamente en esta asignatura. Vez tras vez, hemos visto a esta institución poner en relieve lo que no se debe hacer a la hora de construir un entendimiento nacional en cuestiones cardinales para una sociedad.
3-Hace unos años, en un artículo de la revista oficial de UNICEF-Panamá, recibí con optimismo la aprobación de la nueva legislación del ramo educativo, más hoy debo admitir que tales expectativas eran infundadas. La vida y la práctica se han encargado de pulverizarlas. Naturalmente, a esta altura del problema, el viejo dilema entre revolución y reforma de la educación no tiene valor práctico alguno. Hace falta una verdadera revolución educativa. Para empezar, es menester desarrollar un mapa estratégico de este sistema que nazca de la precisa definición de su misión en el concierto nacional, uno que, indefectiblemente, reconozca que los educandos son la razón de ser del mismo y no la copiosa red de intereses y juegos de poder de los burócratas privados y públicos. Tal revolución, tras definir su misión, deberá fijar su visión, estrategias y modelo organizativo.
4-La sociedad panameña, sin más demora, deberá acometer el imperativo de iniciar la forja de un nuevo sistema educativo, empeño de tanta relevancia como el perfeccionamiento del Estado nacional que se verificará el mediodía del 31 de diciembre de este año. Y es así porque no se puede ser enteramente libre, moderno y desarrollado sin una población apta para asumir el control de su destino. Y no hablo sólo en términos científicos-técnicos, sino políticos, sociales, culturales, éticos y humanos. El estado de bienestar colectivo y de justicia social será una mera utopía sin un sistema educativo idóneo y modernizado; es decir, capaz de propiciar la preparación cierta y suficiente de la población en todos los niveles: primario, secundario y superior.
5-Tal revolución educativa deberá implicar, amén de los cambios correspondientes en la conformación de currículos, metodologías, evaluación y control, saber aprovechar la capacidad instalada nacional para articular una acción educativa sinérgica y multilateral. El sistema privado educativo, las empresas públicas y privadas, los medios de comunicación masiva, las organizaciones de la sociedad civil, el Estado, las expresiones religiosas y demás actores del entorno nacional, deberán ser integrados al sistema de forma comprometida y constructiva. A todos nos conviene un país educativamente próspero: es lo que hará exitosas las políticas económicas, sociales, sanitarias, comunitarias, de seguridad pública, penitenciarias, culturales y otras.
6-En cuanto al sistema de evaluación a utilizar, debe expresarse que su importancia no se reduce al objetivo de uniformar los criterios evaluativos a todos los niveles de la educación panameña, sino que el mismo es vital en la dinámica del sistema. Sin evaluación integral y correcta, nunca se podrá conocer el real impacto de la educación en la población. Así como en materia de salud el éxito de las políticas se mide por lo que revelan los indicadores, así mismo en materia educativa el éxito se medirá por el efectivo nivel educativo del pueblo panameño. Si proliferan los fracasos escolares, la deserción, el analfabetismo, la falta de textos, computadoras y laboratorios, los estudiantes desnutridos, la no concurrencia a clases de estudiantes, la falta de aulas y otras deficiencias, el Ministerio de Educación no debiera sentirse complacido. Sería evidente su fracaso.
Finalmente, debe decirse que las autoridades educativas no podrán transformar el sistema bajo su responsabilidad si no son capaces de gestar un movimiento ciudadano renovador del que sean indiscutidos líderes. Ojalá que la oportunidad que ahora se le presenta al país con el nuevo quinquenio gubernamental no se pierda en los laberintos del despropósito y la falta de visión. Sería una crasa inconsecuencia con el destino nacional encontrarnos en el 2004 haciendo un balance de la gestión educativa que sólo arrojará números en rojo.
1-Es una lástima que el país haya desperdiciado no menos de tres lustros sin concretar, efectivamente, la modernización de la educación del país, una condición indivisible del ingreso exitoso de la sociedad panameña en el siglo veintiuno. Pese a las leyes y las promesas de toda índole, en los hechos, los resultados no pueden ser más escuálidos tanto en términos cuantitativos como cualitativos.
2-Aunque la sociedad panameña, en todas las formas posibles, ha exteriorizado su apoyo a una efectiva transformación del sistema educativo, voluntad obviamente nacida de la certeza de que las cosas en este terreno no pueden estar peor, el gobierno y las autoridades del ramo educativo han sido incapaces de explotar este ánimo de la ciudadanía para asumir un liderazgo eficaz y lúcido en este tema. Es más a todos los niveles, la tónica ha sido la desorientación, la prepotencia y la incapacidad para el diálogo y la negociación. Curiosamente, el ministerio que debiera ser un modelo en gestión democrática y aprovechamiento de consensos ha fracasado estrepitosamente en esta asignatura. Vez tras vez, hemos visto a esta institución poner en relieve lo que no se debe hacer a la hora de construir un entendimiento nacional en cuestiones cardinales para una sociedad.
3-Hace unos años, en un artículo de la revista oficial de UNICEF-Panamá, recibí con optimismo la aprobación de la nueva legislación del ramo educativo, más hoy debo admitir que tales expectativas eran infundadas. La vida y la práctica se han encargado de pulverizarlas. Naturalmente, a esta altura del problema, el viejo dilema entre revolución y reforma de la educación no tiene valor práctico alguno. Hace falta una verdadera revolución educativa. Para empezar, es menester desarrollar un mapa estratégico de este sistema que nazca de la precisa definición de su misión en el concierto nacional, uno que, indefectiblemente, reconozca que los educandos son la razón de ser del mismo y no la copiosa red de intereses y juegos de poder de los burócratas privados y públicos. Tal revolución, tras definir su misión, deberá fijar su visión, estrategias y modelo organizativo.
4-La sociedad panameña, sin más demora, deberá acometer el imperativo de iniciar la forja de un nuevo sistema educativo, empeño de tanta relevancia como el perfeccionamiento del Estado nacional que se verificará el mediodía del 31 de diciembre de este año. Y es así porque no se puede ser enteramente libre, moderno y desarrollado sin una población apta para asumir el control de su destino. Y no hablo sólo en términos científicos-técnicos, sino políticos, sociales, culturales, éticos y humanos. El estado de bienestar colectivo y de justicia social será una mera utopía sin un sistema educativo idóneo y modernizado; es decir, capaz de propiciar la preparación cierta y suficiente de la población en todos los niveles: primario, secundario y superior.
5-Tal revolución educativa deberá implicar, amén de los cambios correspondientes en la conformación de currículos, metodologías, evaluación y control, saber aprovechar la capacidad instalada nacional para articular una acción educativa sinérgica y multilateral. El sistema privado educativo, las empresas públicas y privadas, los medios de comunicación masiva, las organizaciones de la sociedad civil, el Estado, las expresiones religiosas y demás actores del entorno nacional, deberán ser integrados al sistema de forma comprometida y constructiva. A todos nos conviene un país educativamente próspero: es lo que hará exitosas las políticas económicas, sociales, sanitarias, comunitarias, de seguridad pública, penitenciarias, culturales y otras.
6-En cuanto al sistema de evaluación a utilizar, debe expresarse que su importancia no se reduce al objetivo de uniformar los criterios evaluativos a todos los niveles de la educación panameña, sino que el mismo es vital en la dinámica del sistema. Sin evaluación integral y correcta, nunca se podrá conocer el real impacto de la educación en la población. Así como en materia de salud el éxito de las políticas se mide por lo que revelan los indicadores, así mismo en materia educativa el éxito se medirá por el efectivo nivel educativo del pueblo panameño. Si proliferan los fracasos escolares, la deserción, el analfabetismo, la falta de textos, computadoras y laboratorios, los estudiantes desnutridos, la no concurrencia a clases de estudiantes, la falta de aulas y otras deficiencias, el Ministerio de Educación no debiera sentirse complacido. Sería evidente su fracaso.
Finalmente, debe decirse que las autoridades educativas no podrán transformar el sistema bajo su responsabilidad si no son capaces de gestar un movimiento ciudadano renovador del que sean indiscutidos líderes. Ojalá que la oportunidad que ahora se le presenta al país con el nuevo quinquenio gubernamental no se pierda en los laberintos del despropósito y la falta de visión. Sería una crasa inconsecuencia con el destino nacional encontrarnos en el 2004 haciendo un balance de la gestión educativa que sólo arrojará números en rojo.